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domingo, 22 de mayo de 2011

HISTORIAS del BUENOS AIRES SECRETO

Por Daniel Barragán (alias Terraman)


LOS QUE ACECHAN

“… y se abrirán portales donde antes moraba la nada para que las sombras se apoderen de la luz.
“Y se alzarán desde sus oscuros rincones aquellos a quienes nunca deberías de encontrarte, para devorarte con dientes”
Textos de L´tor

Tal como reza este antiguo texto herético, extrañas puertas pueden ser abiertas en las protervas oscuridades de las callejuelas que pueblan nuestra ciudad de Buenos Aires. Extrañas presencias, que acechan ansiosas nuestra realidad, deseando nuestra carne, nuestra sangre y nuestros pensamientos,  se esconden en los laberínticos vericuetos de la ciudad que nos alberga y se amparan tras la ignorancia y la desidia de nuestras autoridades, a las que poco les importamos.

Tal es el caso de Los Acechantes, Seth-Ballath en el idioma secreto de la dinastía Ghunti, seres tan antiguos como la existencia misma de la humanidad. Criaturas ciegas que pueden oler tus miedos… tus alegrías… toda la realidad que representas, y devorarla.

Los Acechantes han aparecido en diferentes oportunidades a lo largo de la historia, asociados a la magia arcana y a la demonología. Adorados y temidos por muchos pueblos, han sabido sobrevivir al olvido, aun en nuestro siglo 21.

Los sumerios, los asirios y los egipcios ya hablaban de los Seth-Ballath con terror y respeto. En su tratado sobre las maldades del mundo antiguo, el filosofo griego Praximenes de Samos (340-299 A. C.) los asoció equivocadamente con las Lamias, los demonios devoradores de sangre, pero destacó con acierto su extrema voracidad por aquellos incautos que se aventuraban durante la noche en los páramos y pueblos abandonados.

Durante la edad media, la sola mención de Los Acechantes (que por esos tiempos proliferaban con total impunidad) era castigada por la Santa Inquisición, pues consideraban al testigo como poseído por la malignidad de diablo. Es por eso que han sido encontradas muy pocas referencias durante esos tiempos, afianzando la creencia de que nunca existieron. Según algunos estudiosos, la única prueba de esta realidad yace en una biblioteca secreta de la sede vaticana en donde se encontraría un minucioso registro de estas actividades demoníacas.

En 1850, Sir Francis Connelly, famoso antropólogo cultural y paleontólogo de la Real Sociedad de Ciencias Naturales de Londres, describe en sus diarios de viaje la presencia de estos seres en algunas regiones del este europeo. En los mismos, comenta los extraños fenómenos acontecidos en los pueblos de Bröntsky y Zarbat, en Hungría, donde desaparecieron misteriosamente todos sus habitantes, luego de haberse recibido numerosas denuncias sobre la presencia de extraños seres que parecían salir de las paredes. La casa real húngara se encargó de que la noticia no viera la luz, debido a las consecuencias implicadas en la desaparición de tanta gente. La única prueba que queda sobre este acontecimiento fueron los comentarios realizados por Connelly en sus escritos.

Los informes sobre la presencia de los Seth-Ballath a lo largo de todo el mundo son muchos y la ciudad de Buenos Aires no ha sido la excepción.

En 1932, el periodista y escritor Rodrigo Vivar Araoz (1889-1945) tuvo la oportunidad de poder observar a una de estas bestias, la cual había sido cazada en la quinta Los Perales, que se hallaba situada en la zona de Mataderos.

Según lo narrado por el quintero Robustiano Sosa, la criatura había aparecido de manera súbita, emitiendo una serie de gorgoteantes sonidos. Sin perder el aplomo ante la espeluznante visión, el quintero disparó dos certeros disparos de escopeta en la boca abierta del monstruo, el cual se desplomó pesadamente a pocos pasos de quien iba a ser su víctima.

Aun no repuesto del susto, Sosa llamó a las autoridades y al periodismo, siendo únicos testigos algunos vecinos de la zona, el sargento Gonzalo Pedraza y el mismísimo Araoz. Los malos métodos de conservación y el horror generado entre los presentes, hicieron que el quintero decidiera su inmediata eliminación.

“Su terrible presencia impregnaba de horror las mentes de los testigos, yo incluido –Escribiría el periodista en sus memorias- Su cuerpo globoso, de casi 3 metros de altura, estaba lleno de una serie de excrecencias tentaculares y se hallaba sustentado por un par de poderosas patas de 3 dedos, armadas con afiladas garras corneas. Poseía una fuerte cola, similar a la de los reptiles prehistóricos descritos por los paleontólogos. No tenía una cabeza visible, ni siquiera ojos o fosas nasales. Tan solo había una enorme boca en la parte delantera, que se abría en una suerte de diabólica sonrisa.

“Pero lo más atemorizante de la misma eran los enormes dientes correosos, que parecían un grotesco remedo de los humanos”

El conocido profesor de antropología cultural José Gizelli hace mención en uno de sus escritos sobre una aparición de Los Acechantes que databa de los tiempos de la fundación de la ciudad. En 1536, el cronista Ulrico Schmidl nos describe la presencia de feroces tigres en los alrededores del asentamiento en donde desarrollaban sus penosas vidas. Al amparo de la noche, dichos animales traspasaban la empalizada para cebarse de sus habitantes.

Según el libro de Raúl L. Carman, “De la fauna bonaerense”, nos describe al mentado tigre como el felino conocido como Yaguar o tigre americano. Una muy coherente teoría, propia del racionalismo científico.
Lamentablemente, hay un punto oscuro en esta lógica explicación.
En una de las páginas de la primera edición del libro “Derrotero y viaje a España y Las Indias” de Ulrico Schmidl puede encontrarse una ilustración poco conocida, en donde puede observarse a una extraña criatura, que se halla apoyada sobre dos robustas patas traseras y que no se parecen a un tigre, la cual se encuentra acechando en la periferia de la naciente Buenos Aires. En posteriores ediciones, dicho grabado sería totalmente eliminado.

No existen en la actualidad pruebas concluyentes sobre la existencia de Los Acechantes. Los restos de la criatura de la quinta Los Perales fueron quemados y enterrados en un sitio solo conocido por Robustiano Sosa. Desgraciadamente, el desafortunado quintero fue encontrado muerto a los pocos días del acontecimiento, en una acequia del lugar.

… y su cuerpo exhibía extrañas y horrendas marcas de gigantescos dientes humanos.

Material consultado
- Todo es Historia Año 4 Vol. 11
- Mitografías Contemporáneas –José Gizelli -1991- Ed. Mandrágora, España
- Bestiario Mitológico de Iberoamérica –Juan Alfonso Echearri -1956- Ed. Ramón  Sopena, Argentina
- Derrotero y Viaje a España y Las Indias –Ulrico Schmidl
- Anales de la Real Sociedad de Ciencias Naturales de Londres Tomo XXXIV