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lunes, 20 de junio de 2016

LA INIQUIDAD DE LAS SOMBRAS (31) por Daniel Barragán

CAPITULO XXIII
CAE LA MÁSCARA

Desconozco lo que me ha pasado, luego que perdiera el conocimiento en el cementerio. Solo sé que, cuando desperté, me hallaba acostado en la cama del cuarto en el que me había hospedado.

La oscuridad de la noche me envuelve ahora, como si se tratara de un negro sudario. Pero ahora mis ojos pueden ver más allá de las sombras. Más allá de estas paredes que me contienen. Más allá de todo.

Pues ahora se la verdad definitiva.

Cuando desperté, confundido y asustado, los recuerdos volvieron a agolparse desbocados en mi cabeza. Sintiéndome al borde de la locura, lo primero que hice fue dirigirme hacia la ventana, en un intento por tratar de calmar todo el espanto que iba creciendo en mí persona.

Imprudente de mí.

Ya no pude ver los frondosos árboles mecidos por el cálido viento estival. Tampoco las casas señoriales, exponiendo su antigua nobleza. Mucho menos a los seres humanos que habitaban en ellas.

La máscara por fin había caído.

Bajo un cielo de cambiantes colores de extraña naturaleza, un pueblo pocas horas atrás de naturaleza idílica se había convertido en un espectral panorama nocturno de árboles muertos y casas devastadas por el tiempo y la ruina. Mi mente, mis ojos del alma, captaron cada detalle de esa espantosa realidad con aterradora precisión.

... y por fin pude comprender la verdad que se escondía en San Blas, cuya belleza diurna es tan solo un engaño a los sentidos, una fachada que oculta a las terribles entidades que han vivido allí desde eras inmemoriales.

A los auténticos señores del lugar.

Ellos, los que caminan sin sus pies por esas lóbregas calles empedradas. 

Ellos, que sonríen con sus inmensas bocas ante el nuevo amanecer que ya está llegando. 

Ellos, cuyos ojos, sus múltiples ojos helados, están cargados de una feroz determinación. 

Ellos, con sus corruptos aromas y ensordecedores sonidos susurrantes. 

Ellos, cuyas presencias hieren todos mis sentidos, atiborrados por su terrible belleza y de su horrorosa realidad. 

Ellos, los deíficos Acechantes.

He intentado comunicarme con Annah, vía Overnet, a fin de alertarla. Debo avisarle que abandone ciudad Helios lo más pronto posible y que busque refugio en algún remoto lugar, lejos de la civilización. Pero mis intentos han sido totalmente inútiles. Una gran interferencia en el sistema me mantiene aislado del mundo exterior, como si este hubiera dejado de existir y tan solo fuese real este maldito pueblo al que jamás quisiera haber arribado.

Se también que no puedo escapar de aquí, de este espantoso valle que parece querer retenerme para su solaz. Se perfectamente que he comprado un boleto sin retorno.

¡Oh, mi querida Annah, temo tanto por tu futuro en este mundo que está desmoronándose tan rápidamente! ¿Qué será de ti cuando por fin se abran las puertas largo tiempo cerradas?

Si tan solo pudiera darte una señal de los terribles tiempos que se están acercando. Pero sé que es totalmente inútil. 

Jamás podría llegar a protegerla de esta realidad, aunque pudiera estar a su lado. La luz que esta nueva verdad traerá consigo irá más allá de las grandes ciudades y de nada valdrá esconderse.

Ellos, Los que acechan, finalmente se esparcirán por todos los rincones de la Tierra cual si fueran un miasma pestilente. Ellos, Los que acechan, han puesto sus ojos sobre nosotros. 

En nuestra estúpida presunción de creernos los reyes de la creación, nos hemos encargado de abrir incautamente las puertas para que sus terribles magnificencias puedan cebarse de nuestra carne y sangre. De nuestro corazones y almas.

Porque ahora sé la verdad que se escondía en el fondo de mis recuerdos. Ahora comprendo la naturaleza de las vastedades infinitas que moran mas allá de nuestra existencia.

Los viajes en el tiempo... el máximo logro de la humanidad y su peor perdición.

Como si se tratara de una marea devastadora, esa noche nefasta que había creído totalmente olvidada se ha hecho presente en mí.

Aun ahora, cuando cierro los ojos, puedo ver la deformada figura del sacerdote. Aún veo su mano, llagada por una enfermedad de naturaleza totalmente desconocida, levantarse por sobre las cabezas de mis infortunados compañeros. 

Aún puedo percibir, brillando ultraterrena, la maléfica Cruz Daga. 

Aún puedo oír, a la perfección, el sonido del afilado metal iridiscente destrozando los cráneos, como si estos fueran hojas de papel.

... y ahora también puedo recordar mucho más que eso.

Pues, para mi profundo horror, lejos de verse la sangre y los tejidos desgarrados de las inocentes víctimas de un antiguo y cruel ritual, lo que emergió de sus cabezas destrozadas superaba con creces a la peor de las pesadillas. 

Manando y arrastrándose a través de los cráneos hendidos, unas entidades multiformes y plásticas, ciclópeas masas protoplasmáticas similares a sombras entrevistas, habían salido del interior de los mismos. Monstruos primigenios, llenos de babeantes bocas de innumerables dientes correosos, tentáculos con espinas supurantes, garras reptiloides, excrecencias poliposas y fríos ojos sin pupilas, habían emergido desde el interior de los cuerpos de la capitana Molina y Andersen, como si estos fueran unas simples vasijas que hubieran estado conteniendo pobremente a esas increíbles existencias.

Aun ahora, en la oscura soledad del cuarto que se ha transformado en mi último refugio, puedo escuchar esas voces que nunca deberían haber sido escuchadas. Puedo oler sus corruptos aromas. Puedo presentir sus colores, que no son para nada los conocidos por el ser humano.

Ante toda esta espantosa verdad, por fin comprendo que la Infección Cronal no es ningún tipo de enfermedad sino que se trata de la manifestación del Gran Advenimiento... y que nuestra humanidad ha sido tan solo un simple receptáculo para esas terribles potestades acechantes.

Tal como me habían dicho Arthus y los elusivos espectros y que, en mi limitada mortalidad, no había llegado a comprender.

-La verdad está aquí adentro...

¡Dentro de todos los seres humanos de este planeta condenado! 

Debo ser, mientras mi enfermo cuerpo aun persista. Debo aferrarme a mi pobre existencia, mientras me quede un hilo de razón.

Soy (es) Dewan Bars. Soy (es) más que eso.

Siento que la sangre corre espesa por mis fosas nasales. Por mis ojos. Por mi boca. Por cada poro de mi piel.

Escucho (escuchas) el ominoso arrastrar de increíbles inmensidades que se mueven por los pasillos (del tiempo) del hotel de un pueblo que es mucho más de lo que aparenta. Los sonidos secretos por fin me son comprensibles. Formas y conceptos imposibles se corporizan en lo que ha sido mi mente.

¡Ellos, Los que Acechan, ya están aquí!

Soy… yo soy… no logro ya recordar que soy exactamente.

Siento que mi cuerpo ya no es (tu) mi cuerpo. Mi carne (La carne) parece disgregarse hacia todos los ángulos, que son muchos, de la habitación.

Y la cruz ardiendo en las sombras, con un fuego hiriente que devora todos mis sentidos que alguna vez supieron existir.

Mi yo…

...Deíficas formas ardiendo en la oscuridad...


…comienza a disolverse y alejarse de todo lo que conocía.

Tan solo el recuerdo de una dulce muchacha de largos cabellos negros y ojos de intensa ternura, mi Annah, es el último anclaje que me ata a esta realidad.

Pero las voces (nuestras voces) son poderosas y me llaman... me susurran… me cantan...

Tan antiguas...


                                      Tan feroces...



Tan terriblemente duras...


... la puerta de la habitación se abre lentamente y nada puedo hacer para evitarlo, tan cansado está mi cuerpo mortal ante la inútil lucha. A través del resquicio puedo ver que una iridiscente luminosidad comienza a invadir la habitación. 

La carne, mi carne (nuestra carne) que ha contenido por tanto tiempo a la durmiente deidad comienza a desgarrarse… cual si fuera una frágil envoltura imposible de contener tanta grandeza.

... todo mi ser ya siente la luz de la canción cósmica y por fin me proyecto más allá. Mucho más allá.


Ia Ia Thoy kansara Meight kansara Thoy Mhalyoght... 

Ia Ia Thoy kansara Meight kansara Thoy Mhalyoght... 

Ia Ia Thoy kansara Meight kansara Thoy Mhalyoght...

No me sorprende comprobar que son mis labios, que ya no me pertenecen, los que pronuncian esas malditas palabras.

¡Querida Annah yo...


FIN


LA INIQUIDAD DE LAS SOMBRAS –GUIA DE LECTURA-

Este relato tiene una larga historia, ya que el mismo había sido soñado hace bastante más de 30 años. En dicho sueño me encontraba con un grupo de amigos recorriendo un extraño y sombrío pueblo, sintiendo a nuestras espaldas la sensación de estar siendo vigilados por una diabólica entidad invisible. Este extraño y más que inquietante pesadilla terminó transformándose en un cuento de no más de ocho páginas cuyo título, evidentemente influenciado por la obra de H. P. Lovecraft, era "Los que acechan en los abismos del tiempo".

Muchos años después, lo volví a encontrar metido entre un montón de papeles y, al volver a leerlo, le vi un interesante potencial. Ya más adulto en mis maneras de escribir, rehice casi en su totalidad el cuento para transformarlo en una novela de aproximadamente 150 páginas. Fue así como vieron la luz nuevos personajes (como lo fue el interés romántico del personaje principal, la amada Annah) y situaciones (como el espantoso encuentro entre Dewan y Arthus en el hospital neuropsiquiátrico). Una versión, algo resumida, hizo su aparición en una revista barrial conocida como Floresta y su Mundo, bajo el título de Los que Acechan.

Ante el evidente interés de muchos de mis lectores por este relato en el que se amalgama el terror y la ciencia ficción, con un evidente homenaje a la obra de H. P. Lovecraft, pongo ante ustedes una guía de capítulos con el correspondiente enlace. Espero que lo disfruten, tal como yo he disfrutado escribirlo.


1° PARTE






























2° PARTE
























3° PARTE












-CAPITULO 23: CAE LA MASCARA

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