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lunes, 7 de septiembre de 2015

LA INIQUIDAD DE LAS SOMBRAS (19) por Daniel Barragán

CAPITULO XIV
ARTHUS

El otoño en la ciudad de Nueva York ya se anunciaba en el dorado rojizo de las hojas del salvaje bosque asentado en el Central Park y en la ligera llovizna que caía sobre la urbe, tratando de limpiar inútilmente sus sucias calles.

Alejada de las grandes tecno-urbes como Megabaires, Singapur, Texas Capital o la mismísima ciudad Helios, la otrora gigantesca metrópoli y centro económico del imperio estadounidense de principios del siglo 21 iba agostándose lentamente en el olvido. Como si se tratara de una decadente Babilonia, el tiempo se había encargado de transformarla en una suerte de enorme pueblo fantasma, habitado únicamente por varios miles de personas indigentes que trataban de escapar al hambre y al olvido.

Un lugar más que apto para guardar secretos.

Aprovechando ciertas estructuras edilicias abandonadas, que resistirían el paso del tiempo durante varios decenios, el Gobierno Central había instalado allí algunos complejos y laboratorios de investigación que debían permanecer convenientemente alejados de la opinión pública. 

Entre todos ellos se encontraba, en lo que había sido el edificio Crysler, el Hospital Neuropsiquiátrico Central, el sitio en donde permanecía internado mi amigo Arthus desde hacía casi un año.

Mis cansinos pasos me dirigieron hacia ante la puerta de acceso del nosocomio, la cual se se hallaba custodiada por dos unidades de rastreo robot armadas con cañones conmocionadores. 

me sentía terriblemente inseguro de lo que debía hacer a continuación, ya que luego de varios meses de tensa espera, finalmente había llegado el momento de poder ver a mi amigo de toda la vida... 

Pero en mi interior no me sentía para nada feliz por ese reencuentro.

-“¿Cuál será tu condición, querido amigo?-Pude sentir que una gran pesadumbre se abatía, poderosa, sobre todo mi ser- ¿Qué será de ti?”.
Juntando coraje, me dirigí hacia el lector de entrada e introduje la identificación magnética que me habían entregado las autoridades gubernamentales. Las puertas se abrieron silenciosamente hacia un amplio y cálido salón de recepción. Las antiguas ornamentaciones estilo art-decó de la amplia estancia lograron maravillarme hasta el punto de hacerme olvidar, por un breve instante, el motivo de mi presencia en ese sitio.

No había avanzado más que un par de metros, cuando salió a mi encuentro un hombre de constitución sumamente delgada, de aproximadamente unos cuarenta años de edad, que se hallaba vestido con una ceñida bata blanca. Sus exagerados gestos de recibimiento evidenciaban una gran ansiedad por mi presencia en ese lugar.

-¡Buenas tardes doctor Bars!... soy Ogost Roswel, médico en jefe de esta institución- Me dijo, al tiempo que estrechaba con entusiasmo mi mano- Su trayectoria dentro del campo de la investigación neo-genética sobre las disfunciones mentales de los primates superiores lo precede y me siento orgulloso de...

-Le agradezco sus palabras doctor Roswel... –Interrumpí amablemente, pero con firmeza. No me sentía con deseos de hablar de mi mismo o mis supuestos logros- pero el motivo de mi presencia en este lugar no son mis investigaciones, sino las suyas. Si más adelante quiere recibir información sobre lo que estoy investigando, estaré encantado de mandarle mis estudios vía Overnet.

-Sí… entiendo- Me contestó algo decepcionado- Su pase de prioridad 01-A le permitirá ingresar al sector 25 de nuestro complejo. Permítame acompañarlo.

El viaje en ascensor me pareció excesivamente largo, producto quizá de mi ansiedad por encontrarme con Arthus... y no era para menos.

Habíamos sido amigos desde temprana edad, en un colegio secundario de Megabaires, e inmediatamente habíamos congeniado, a pesar de ser bastante diferentes en nuestras maneras de pensar y sentir. Él era una persona analítica y fría, en cambio yo era más imaginativo y soñador. Aun así, nuestra amistad había crecido a lo largo de los años, a pesar de que nuestras profesiones nos habían llevado por diferentes caminos.

-“¡Pensar que me presentó a mi primera novia! –Pensé, esbozando una tenue sonrisa- Quizá, cuando se cure, podamos irnos de joda a ese boliche de mala muerte que tanto le gusta”.

Las pesadas puertas metálicas del ascensor se abrieron chirriantes hacia un salón que era un poco más reducido que el de la planta baja. En el centro del mismo había una gran consola altamente sofisticada, detrás de la cual estaba sentado un empleado administrativo enfrascado en la tarea de controlar una serie de pantallas plásmicas.

No pude dejar de reparar en la presencia de dos guardias de seguridad fuertemente armados con rifles de choque, los cuales custodiaban una puerta de acceso de lo que probablemente sería el misterioso sector 25.

-Hasta acá llego en mi tarea de guía turístico- Dijo Roswel con gran amabilidad, mientras el empleado verificaba mis acreditaciones- Espero que su visita pueda ayudar al bienestar de su amigo... el caso del doctor Cedis es el más complejo de todos los que se encuentran internados en este sector- Me estrechó la mano con cierta frialdad- ¡Buena suerte!


-Tiene que ir por ese pasillo hasta la habitación 15- Dijo el empleado, una vez que se hubo retirado el médico en jefe- Ya han colocado una silla frente a la puerta de la habitación. Debo también informarle que no está permitido ningún contacto físico con el paciente, ni siquiera puede tocar la puerta, y todo lo que se diga en la reunión será grabado.

Murmurando apenas unas palabras de asentimiento, traspuse con paso lento las puertas de acceso, las cuales se cerraron de manera automática a mis espaldas. Mientras avanzaba por el largo pasillo, pude observar una serie de puertas de polimetal transparente, que en otras épocas habían correspondido a los departamentos del edificio, que en esos momentos permanecían veladas a mi inquisitiva atención.

-“Tan solo es una tenue barrera la que me separaba de los pacientes que estaban siendo tratados aquí- Sentí que un viboreante estremecimiento recorría mí espalda.

A pesar del silencio reinante, mi yo interior podía adivinar que tras esas puertas, convenientemente polarizadas había presencias que vigilaban con fríos ojos cada uno de mis movimientos por el pasillo.

Pude sentir que esas miradas invisibles estaban posadas sobre mí y, por unos instantes, me pareció escuchar murmullos, como un cántico o una salmodia, entonados en un idioma que me resultó totalmente incomprensible.

Una suerte de sopor hipnótico fue ganando insidiosamente todo mi ser. En esa especie de entresueño en el que me iba sumergiendo, me pareció que las sombras ya no eran tan oscuras como en un principio me habían parecido y que esas palabras apenas percibidas no me resultaban tan desconocidas. Un fuerte dolor de cabeza logró, por fin, sacarme del inquietante embotamiento en el que estaba sumido.
Sumamente nervioso ante esas turbadoras sensaciones, me acerqué vacilante a la silla que se hallaba frente a una de las puertas. A diferencia de las otras, esta no se encontraba polarizada y por ende me permitía ver lo que había del otro lado. 

Inútilmente, traté de discernir algo pero el interior de la habitación permanecía sumido en una total oscuridad.

Una serie de sentimientos contradictorios batallaban entre sí. Por un lado deseaba ver a mi amigo, no importaba el estado en que se encontrara, y por el otro deseaba huir de toda la locura que amenazaba con apoderarse de mi persona. 

El hombre primitivo que habitaba en mí interior me imploraba que huyera de allí. Que volviera al desapacible clima que imperaba fuera de ese nefasto lugar y que la lluvia cayera sobre mí, lavando ese horroroso hedor que había caído sobre mi atribulada mortalidad.

Deseaba tener a Annah a mi lado, para poder consolar mis penas.

Haciendo un último esfuerzo, finalmente me senté en la dura silla. Sabía que ya no podía echarme atrás. El abismo se hallaba frente a mí y estaba obligado a enfrentarlo... o enloquecer.

Aún no había terminado de acomodarme, cuando algo llamó mi atención. Me sentí envarado cuando, desde la habitación a oscuras, me llegó un apagado sonido que me resultó aterradoramente conocido.

Era el mismo que había escuchado en la antigua biblioteca más de un año atrás.

Me invadió el pánico, ya que por nada del mundo quería ver la entidad que se escondía en la sombras. Estaba seguro que la indestructible puerta de polimetal no podría contener en lo absoluto a lo que estuviera escondiéndose detrás de ella.

El dolor de cabeza volvió a hacerse presente y, envuelto en el extraño sopor, creí escuchar nuevamente el murmullo de gargantas inhumanas entonando la monótona letanía que me resultaba inquietantemente conocida. Agité mi cabeza, tratando de aclarar mis pensamientos, y volví a enfocarme en la habitación ante la cual me hallaba.

Arthus estaba parado frente a la puerta, envuelto en un mortal silencio.


CONTINUA...

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