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lunes, 20 de junio de 2016

LA INIQUIDAD DE LAS SOMBRAS (31) por Daniel Barragán

CAPITULO XXIII
CAE LA MÁSCARA

Desconozco lo que me ha pasado, luego que perdiera el conocimiento en el cementerio. Solo sé que, cuando desperté, me hallaba acostado en la cama del cuarto en el que me había hospedado.

La oscuridad de la noche me envuelve ahora, como si se tratara de un negro sudario. Pero ahora mis ojos pueden ver más allá de las sombras. Más allá de estas paredes que me contienen. Más allá de todo.

Pues ahora se la verdad definitiva.

Cuando desperté, confundido y asustado, los recuerdos volvieron a agolparse desbocados en mi cabeza. Sintiéndome al borde de la locura, lo primero que hice fue dirigirme hacia la ventana, en un intento por tratar de calmar todo el espanto que iba creciendo en mí persona.

Imprudente de mí.

Ya no pude ver los frondosos árboles mecidos por el cálido viento estival. Tampoco las casas señoriales, exponiendo su antigua nobleza. Mucho menos a los seres humanos que habitaban en ellas.

La máscara por fin había caído.

Bajo un cielo de cambiantes colores de extraña naturaleza, un pueblo pocas horas atrás de naturaleza idílica se había convertido en un espectral panorama nocturno de árboles muertos y casas devastadas por el tiempo y la ruina. Mi mente, mis ojos del alma, captaron cada detalle de esa espantosa realidad con aterradora precisión.

... y por fin pude comprender la verdad que se escondía en San Blas, cuya belleza diurna es tan solo un engaño a los sentidos, una fachada que oculta a las terribles entidades que han vivido allí desde eras inmemoriales.

A los auténticos señores del lugar.

Ellos, los que caminan sin sus pies por esas lóbregas calles empedradas. 

Ellos, que sonríen con sus inmensas bocas ante el nuevo amanecer que ya está llegando. 

Ellos, cuyos ojos, sus múltiples ojos helados, están cargados de una feroz determinación. 

Ellos, con sus corruptos aromas y ensordecedores sonidos susurrantes. 

Ellos, cuyas presencias hieren todos mis sentidos, atiborrados por su terrible belleza y de su horrorosa realidad. 

Ellos, los deíficos Acechantes.

He intentado comunicarme con Annah, vía Overnet, a fin de alertarla. Debo avisarle que abandone ciudad Helios lo más pronto posible y que busque refugio en algún remoto lugar, lejos de la civilización. Pero mis intentos han sido totalmente inútiles. Una gran interferencia en el sistema me mantiene aislado del mundo exterior, como si este hubiera dejado de existir y tan solo fuese real este maldito pueblo al que jamás quisiera haber arribado.

Se también que no puedo escapar de aquí, de este espantoso valle que parece querer retenerme para su solaz. Se perfectamente que he comprado un boleto sin retorno.

¡Oh, mi querida Annah, temo tanto por tu futuro en este mundo que está desmoronándose tan rápidamente! ¿Qué será de ti cuando por fin se abran las puertas largo tiempo cerradas?

Si tan solo pudiera darte una señal de los terribles tiempos que se están acercando. Pero sé que es totalmente inútil. 

Jamás podría llegar a protegerla de esta realidad, aunque pudiera estar a su lado. La luz que esta nueva verdad traerá consigo irá más allá de las grandes ciudades y de nada valdrá esconderse.

Ellos, Los que acechan, finalmente se esparcirán por todos los rincones de la Tierra cual si fueran un miasma pestilente. Ellos, Los que acechan, han puesto sus ojos sobre nosotros. 

En nuestra estúpida presunción de creernos los reyes de la creación, nos hemos encargado de abrir incautamente las puertas para que sus terribles magnificencias puedan cebarse de nuestra carne y sangre. De nuestro corazones y almas.

Porque ahora sé la verdad que se escondía en el fondo de mis recuerdos. Ahora comprendo la naturaleza de las vastedades infinitas que moran mas allá de nuestra existencia.

Los viajes en el tiempo... el máximo logro de la humanidad y su peor perdición.

Como si se tratara de una marea devastadora, esa noche nefasta que había creído totalmente olvidada se ha hecho presente en mí.

Aun ahora, cuando cierro los ojos, puedo ver la deformada figura del sacerdote. Aún veo su mano, llagada por una enfermedad de naturaleza totalmente desconocida, levantarse por sobre las cabezas de mis infortunados compañeros. 

Aún puedo percibir, brillando ultraterrena, la maléfica Cruz Daga. 

Aún puedo oír, a la perfección, el sonido del afilado metal iridiscente destrozando los cráneos, como si estos fueran hojas de papel.

... y ahora también puedo recordar mucho más que eso.

Pues, para mi profundo horror, lejos de verse la sangre y los tejidos desgarrados de las inocentes víctimas de un antiguo y cruel ritual, lo que emergió de sus cabezas destrozadas superaba con creces a la peor de las pesadillas. 

Manando y arrastrándose a través de los cráneos hendidos, unas entidades multiformes y plásticas, ciclópeas masas protoplasmáticas similares a sombras entrevistas, habían salido del interior de los mismos. Monstruos primigenios, llenos de babeantes bocas de innumerables dientes correosos, tentáculos con espinas supurantes, garras reptiloides, excrecencias poliposas y fríos ojos sin pupilas, habían emergido desde el interior de los cuerpos de la capitana Molina y Andersen, como si estos fueran unas simples vasijas que hubieran estado conteniendo pobremente a esas increíbles existencias.

Aun ahora, en la oscura soledad del cuarto que se ha transformado en mi último refugio, puedo escuchar esas voces que nunca deberían haber sido escuchadas. Puedo oler sus corruptos aromas. Puedo presentir sus colores, que no son para nada los conocidos por el ser humano.

Ante toda esta espantosa verdad, por fin comprendo que la Infección Cronal no es ningún tipo de enfermedad sino que se trata de la manifestación del Gran Advenimiento... y que nuestra humanidad ha sido tan solo un simple receptáculo para esas terribles potestades acechantes.

Tal como me habían dicho Arthus y los elusivos espectros y que, en mi limitada mortalidad, no había llegado a comprender.

-La verdad está aquí adentro...

¡Dentro de todos los seres humanos de este planeta condenado! 

Debo ser, mientras mi enfermo cuerpo aun persista. Debo aferrarme a mi pobre existencia, mientras me quede un hilo de razón.

Soy (es) Dewan Bars. Soy (es) más que eso.

Siento que la sangre corre espesa por mis fosas nasales. Por mis ojos. Por mi boca. Por cada poro de mi piel.

Escucho (escuchas) el ominoso arrastrar de increíbles inmensidades que se mueven por los pasillos (del tiempo) del hotel de un pueblo que es mucho más de lo que aparenta. Los sonidos secretos por fin me son comprensibles. Formas y conceptos imposibles se corporizan en lo que ha sido mi mente.

¡Ellos, Los que Acechan, ya están aquí!

Soy… yo soy… no logro ya recordar que soy exactamente.

Siento que mi cuerpo ya no es (tu) mi cuerpo. Mi carne (La carne) parece disgregarse hacia todos los ángulos, que son muchos, de la habitación.

Y la cruz ardiendo en las sombras, con un fuego hiriente que devora todos mis sentidos que alguna vez supieron existir.

Mi yo…

...Deíficas formas ardiendo en la oscuridad...


…comienza a disolverse y alejarse de todo lo que conocía.

Tan solo el recuerdo de una dulce muchacha de largos cabellos negros y ojos de intensa ternura, mi Annah, es el último anclaje que me ata a esta realidad.

Pero las voces (nuestras voces) son poderosas y me llaman... me susurran… me cantan...

Tan antiguas...


                                      Tan feroces...



Tan terriblemente duras...


... la puerta de la habitación se abre lentamente y nada puedo hacer para evitarlo, tan cansado está mi cuerpo mortal ante la inútil lucha. A través del resquicio puedo ver que una iridiscente luminosidad comienza a invadir la habitación. 

La carne, mi carne (nuestra carne) que ha contenido por tanto tiempo a la durmiente deidad comienza a desgarrarse… cual si fuera una frágil envoltura imposible de contener tanta grandeza.

... todo mi ser ya siente la luz de la canción cósmica y por fin me proyecto más allá. Mucho más allá.


Ia Ia Thoy kansara Meight kansara Thoy Mhalyoght... 

Ia Ia Thoy kansara Meight kansara Thoy Mhalyoght... 

Ia Ia Thoy kansara Meight kansara Thoy Mhalyoght...

No me sorprende comprobar que son mis labios, que ya no me pertenecen, los que pronuncian esas malditas palabras.

¡Querida Annah yo...


FIN


LA INIQUIDAD DE LAS SOMBRAS –GUIA DE LECTURA-

Este relato tiene una larga historia, ya que el mismo había sido soñado hace bastante más de 30 años. En dicho sueño me encontraba con un grupo de amigos recorriendo un extraño y sombrío pueblo, sintiendo a nuestras espaldas la sensación de estar siendo vigilados por una diabólica entidad invisible. Este extraño y más que inquietante pesadilla terminó transformándose en un cuento de no más de ocho páginas cuyo título, evidentemente influenciado por la obra de H. P. Lovecraft, era "Los que acechan en los abismos del tiempo".

Muchos años después, lo volví a encontrar metido entre un montón de papeles y, al volver a leerlo, le vi un interesante potencial. Ya más adulto en mis maneras de escribir, rehice casi en su totalidad el cuento para transformarlo en una novela de aproximadamente 150 páginas. Fue así como vieron la luz nuevos personajes (como lo fue el interés romántico del personaje principal, la amada Annah) y situaciones (como el espantoso encuentro entre Dewan y Arthus en el hospital neuropsiquiátrico). Una versión, algo resumida, hizo su aparición en una revista barrial conocida como Floresta y su Mundo, bajo el título de Los que Acechan.

Ante el evidente interés de muchos de mis lectores por este relato en el que se amalgama el terror y la ciencia ficción, con un evidente homenaje a la obra de H. P. Lovecraft, pongo ante ustedes una guía de capítulos con el correspondiente enlace. Espero que lo disfruten, tal como yo he disfrutado escribirlo.


1° PARTE






























2° PARTE
























3° PARTE












-CAPITULO 23: CAE LA MASCARA

sábado, 4 de junio de 2016

LA INIQUIDAD DE LAS SOMBRAS (30) por Daniel Barragán

CAPITULO XXII
SAN BLAS

La sorprendente visión me dejó totalmente paralizado, pues el lugar al que había llegado no era precisamente lo que había esperado encontrar.

Totalmente diferente al terrible páramo que había dejado atrás, el pueblo se parecía más a una idílica visión del paraíso que a un sitio habitado por unos supuestos demonios sedientos de sangre. Alejado del ajetreado andar de finales del siglo 21, el mismo adolecía de las típicas modernidades otorgadas por nuestros tiempos modernos.

Casas señoriales, que extendían sus barrocas estructuras victorianas sobre una serie de colinas bajas que se perdían hacia la bruma de un día bochornoso, cuyos amplios ventanales parecían querer invitar al visitante casual a espiar un tiempo remoto y olvidado.

Árboles centenarios, que formaban parte de ese maravilloso todo, abrían sus ramas hacia un límpido cielo sin nubes. Un gran parque, bordeado por un caudaloso río, otorgaba un delicado aire bucólico a un lugar que parecía haber sido olvidado por el paso inexorable del tiempo. Todo mi ser dudó ante lo que estaba viendo, luego de todos los horrores vividos en los últimos dos años. 

¿Este era el sitio tan temido por todas los pueblos de los alrededores?

Mientras observaba azorado ese paisaje de ensueño, fui bajando por el camino empedrado hacia el valle. No me llevó mucho tiempo llegar a los lindes de la villa, la cual permanecía envuelta en un anormal y expectante silencio.

Volví a detenerme y traté de ver más allá de esa visión idílica, esperando encontrar una falla o una sombra que empañara tanta belleza y me indicara la maldad que pudiera esconderse tras las antiguas paredes de las altas mansiones.

Recosté mí agotada humanidad contra un monolito de piedra, una suerte de gárgola deforme que se hallaba a la vera del camino, con el fin de aclarar mis confusos sentimientos.

-El hotel se encuentra a no más de cinco cuadras...

Me sobresalté ante la voz que se dejó escuchar en medio del gran silencio. Tan claro y frío fue ese sonido, que actuó como una especie de baldazo de agua helada en mis agotados nervios. Inmediatamente me tranquilicé, cuando pude comprobar quien me había dirigido la palabra.

Un niño, de apenas 10 años, asomaba su cabeza por sobre el cerco de madera de una de las casas cercanas. Era un muchacho sumamente delgado y pálido, como si estuviera recuperándose de una larga enfermedad. Sus largos dedos descarnados aferraban con fuerza los bordes de la cerca. Si bien no encontré nada raro en él, por el contrario era bastante bien parecido, no pude evitar sentirme inquieto ante su presencia.

Le sonreí amistoso, pero el pequeño no me devolvió el gesto y continuó mirándome con fijeza durante algunos segundos.

-Hola pibe... –Dije algo nervioso por esos ojos abismales, poco comunes en un niño de esa edad- ¿Me podés decir si este pueblo es San Blas?

-El hotel se encuentra a no más de cinco cuadras... –Repitió el niño con voz monótona, mientras señalaba había un punto determinado que se hallaba situado al otro lado de un gran puente que cruzaba el río de aguas oscuras.

Agradeciéndole con un confuso balbuceo, dirigí mis pasos hacia el lugar que me indicara el muchacho. No me di vuelta en ningún momento, pero aun así pude sentir que la mirada del mismo seguía posada sobre mí. Apresuré el paso, crucé el gran puente de piedra granítica, que parecía estar tallado del suelo mismo, y me dirigí hacia lo que suponía era el centro de San Blas.

Sentí como si una puerta invisible se cerraba tras de mí, aislándome del resto del mundo, y que ya no había ningún modo en que pudiera volver sobre mis pasos. Para bien o para mal, estaba indefectiblemente atrapado en las redes del misterioso poblado.

El llamado hotel no difería en nada con el resto de las antiguas mansiones, a excepción de un sencillo cartel que lo identificaba como tal. Examiné atentamente toda la estructura edilicia, intentando descubrir alguna señal que pudiera alertarme sobre algún potencial peligro, pero no pude percibir nada. Absolutamente nada.

Juntando coraje, traspuse el magnífico portal hacia la fresca soledad del interior del hotel. A pesar de lo que pudiera parecer, el lugar que obraba como recepción no estaba tan solitario como creía.

-Buenos días señor... sea bienvenido a San Blas- Dijo una voz escondida en las sombras- Su habitación lo está esperando.

-¿Cómo sabe que...?- Pregunté, confuso e inquieto, sin saber exactamente donde se encontraba parado mi interlocutor- Apenas acabo de llegar.

Me acerqué a un mostrador de roble, en donde se podía adivinar la silueta de una persona.

-Me avisaron que un forastero estaba viniendo hacia aquí- La sombra no se movió del lugar en el que se había apostado- No recibimos muchos visitantes, por lo que su llegada es un verdadero acontecimiento Dew... –Se interrumpió bruscamente y luego agregó en un susurro- Perdone... ¿Cuál es su apellido?

-“¿Estoy algo paranoico o casi dice mi nombre?”- Pensé, mientras sentía estremecerme con un inexplicable temor.

Haciendo un enorme esfuerzo, para que en mi voz no pudiera notarse el miedo que estaba sintiendo, finalmente contesté:-

-Mi nombre es Dewan Bars- Esbocé la mejor de mis sonrisas, la cual se hallaba muy alejada de mi verdadero estado de ánimo- Me hablaron mucho de este pueblo y, como estoy de vacaciones, decidí visitarlo. Pero usted tiene toda la razón del mundo... necesito una habitación. La caminata hasta acá fue muy agotadora.

-Los caminos hasta San Blas parecen cortos, hasta que uno los recorre- Fue la críptica respuesta del misterioso recepcionista, el cual parecía obstinado por permanecer entre las sombras- Por favor, escriba sus datos en el libro de registro.

A pesar del temblor de mis manos, logré firmar en una forma bastante clara el gran libraco que me había sido señalado por el conserje.

-Primer piso, habitación 6- Me dijo, una vez que me hubo entregado la llave- El baño se halla al fondo del pasillo.

Subí por una amplia escalera de madera hacia el cuarto que me fuera asignado. Mientras lo hacía volví a tener la misma sensación de estar siendo observado con fijeza por unos extraños ojos invisibles. Tal como lo había hecho con el niño detrás de la cerca, no dirigí ni la más mínima mirada hacia la recepción.

El cuarto era sencillo, pero cómodo, con un amplio ventanal que daba hacia el lado oeste del pueblo y a las montañas cercanas. La tranquilidad otorgada por el panorama que tenía ante mí, sosegó un poco mi atormentado espíritu. Lanzando un profundo suspiro, abandoné ese remanso de paz y me puse a sacar las cosas que tenía en la mochila.

Mientras me cambiaba la ropa sucia por otras en mejor estado, nuevamente las dudas volvieron a hacerse presentes.

¿Habían estado erradas las investigaciones realizadas por Ulric?

¿Sería este el San Blas que estaba buscando?

¿Dónde estaba el horror cósmico, los dioses dormidos y la extraña Cruz Daga que poblaban mis pesadillas?

No podía darle importancia a las extrañas sensaciones que venía teniendo desde mi llegada al pueblo, ya que probablemente eran producto de los preconceptos que había traído conmigo. Era muy normal que estos pueblos alejados de la civilización fueran muy reservados con los foráneos y no siempre se hallaban dispuestos a abrir sus brazos así como así. El mundo que se hallaba fuera de sus límites era un lugar mucho más duro, brutal y frío que esas miradas que se habían posado sobre mí.


(Los que acechan)

A mis espaldas pude captar un movimiento solapado, un pozo de oscuridad que comenzó a hacerse corpóreo. Me pareció escuchar el murmullo de una voz que parecía provenir de un lejano lugar que se hallaba más allá de la realidad del cuarto.

Sin atreverme a enfrenar lo que pudiera estar manifestándose, guardé mi mochila y mi computadora en un cajón bajo llave y salí de la habitación lo más rápido que pude. De nada valía quedarme allí, a la espera de ser alcanzado por un destino que ya consideraba inexorable. Debía recorrer las calles de San Blas. Debía descubrir el oculto secreto que yacía en el fondo de mi mente.

Mientras terminaba de bajar las escaleras, sentí que un escalofrío asaltaba todo mi cuerpo, cuando volví a escuchar la invisible voz del encargado del hotel.

-¿Usted ya estuvo por aquí, no?

-“¿Realmente estuve aquí alguna vez?”- Me pregunté yo mismo.

Traté de ver el rostro de mi interlocutor, pero la oscuridad en la cual se refugiaba era tan cerrada que mi intento fue totalmente inútil. Como única respuesta a la pregunta, hice un silencioso gesto de negación.

-Si quiere conocer la verdadera historia del pueblo, le recomiendo ir al cementerio- Su inquietante presencia fue intensificándose aún más- Creo que le va a resultar, digamos, interesante.

Apenas dirigiéndole un saludo con la mano, salí rápidamente. El sol de la incipiente tarde acarició mi rostro, animándome a deambular por las calles centenarias que formaban parte del pueblo.

Con aire ausente, aunque con la mente alerta ante alguna señal que me resultara conocida, fui vagando sin rumbo determinado. El instinto fue mi único guía en esa suerte de viaje hacia un pasado que se me antojaba remoto e irreal. 

Las calles empedradas se deslizaron bajo mis pies, en una serie de lomadas suaves y amplias curvas, y la bella calidez del paisaje que las flanqueaba fue aposentándose como si se tratara de un suave bálsamo.

Solamente una cosa me molestaba en toda esa placentera expedición de búsqueda y era lo solitario que estaba todo. Muy de vez en cuando podía ver alguno que otro movimiento furtivo detrás de las cercas y enrejados, como si los habitantes de las casas estuvieran apartándose de mi camino por motivos que me eran absolutamente incomprensibles. 

Mi lánguida marcha me llevó de acá para allá, mientras mi mente divagaba por senderos que estaban muy alejados del soleado lugar que estaba recorriendo. El silencio fue penetrando poco a poco dentro de mí y ya no fui el doctor Dewan Bars, el paleobiólogo del siglo 21, sino un simple y asustado ser humano deambulando por un paisaje de incongruente belleza, no acorde con los tiempos que se estaban viviendo.

Cansado por la larga caminata, detuve mis pasos en un hermoso parque de pastos prolijamente cortados y majestuosos árboles, llenos de flores de los más variados colores. Como hipnotizado por la visión paradisíaca, me recosté bajo la sombra de un poderoso y mayestático arce blanco de frondosa estructura, que susurraba tenuemente merced al cálido viento que en esos momentos estaba soplando.

-“¿Qué voy a hacer ahora?”- Me pregunté, mientras elevaba mi vista al cielo azulado.

Me puse a pensar en los pasos a seguir y mi confusión fue en aumento. Era evidente que, a pesar de lo extraños que pudieran ser sus habitantes, este San Blas no era lo que esperaba encontrar. Ninguno de los sitios que había recorrido me habían resultado remotamente parecidos al pueblo que probablemente había visitado durante la expedición cronal 9.

-“Creo que lo mejor sería olvidar esta locura y volver a Ciudad Helios lo antes posible- Pensé, tomando finalmente una resolución- Tengo que ir en busca de Annah y encontrar un refugio, bien alejado de esta civilización en decadencia. Un lugar en donde podamos pasar juntos el poco tiempo que pueda quedarnos. Nunca debí abandonarla.”

No sé cuándo me quedé dormido, ni por cuanto tiempo, pero el sueño se abatió sobre mí como un velo oscuro que se apoderó de todos mis sentidos y mi conciencia. Un sueño demencialmente oscuro. Como un abismo terriblemente insondable. Y ese abismo gritaba…

Ia Ia Thoy kansara, Meight kansara Thoy Malyoght…


Ia Ia Thoy kansara, Meight kansara Thoy Malyoght…


Ia Ia Thoy kansara, Meight kansara Thoy Malyoght…

Cuando desperté, me di cuenta que ya no me hallaba en el mismo lugar en el que me había dormido. El sol ya caía, rojo como la sangre, en el horizonte. Una progresiva oscuridad iba creciendo a medida que el astro rey iba desapareciendo tras un grupo de altos pinos. 

El  frondoso árbol, en el que había estado descansando, había dejado su lugar a un tronco desnudo y quemado, carente de toda vida. Mis sobreexcitados sentidos se alertaron aún más, cuando me di cuenta que me hallaba en un sitio al que conocía perfectamente.

Inhiestos y poderosos mausoleos, cargados de intrincados ornamentos. Pesadas cruces. Gárgolas estáticas y vigilantes... siempre vigilantes. El profundo susurro de voces antiguas. El gusano royendo bajo mis pies. La presencia de la muerte anegando todos mis sentidos.

Merced a un desconocido sortilegio, me hallaba nuevamente en el cementerio que había visitado tiempo atrás, en un pasado que se antojaba terriblemente remoto.

Con dificultad me fui levantando del suelo, mientras sentía que me invadía una irrefrenable oleada de horror. Cuando intenté alejarme de allí, un tremendo dolor de cabeza hizo latir mis sienes de forma tal que imposibilitó mi huida.

-Dewan…- Clamó una voz desde la oscuridad- Dewan…

Parada sobre una elevación de terreno, la capitana Molina extendía sus brazos, invitadores, hacia mí. Sus largos cabellos y tenues ropajes, que apenas cubrían su cadavérica desnudez, ondeaban sobrenaturalmente al compás de un viento arribado desde más allá de las dimensiones conocidas. 

Tras ella, creí adivinar las tenues presencias de mis otros compañeros de expedición. Espectros devastados por la misma corrupción que presentaba la otrora hermosa mujer.

El teniente Rotera.

El lingüista Serkis.

El incrédulo Andersen.

Arthus... mi más querido amigo.

-Dewan... la verdad está acá adentro- Dijo la feroz presencia femenina. 

-Dewan... la verdad está acá adentro- Pareció repetir un coro de voces oscuras.

Sin meditar el porqué de semejante transformación ocurrida a mí alrededor, corrí como un poseso tras los sombríos fantasmas, que parecieron desvanecerse entre las monolíticas estatuas e inclinadas cruces.

Entumecido por un frío indecible, me arrastre con los brazos y las piernas por una elevación del terreno. Sabía que, aunque enloqueciera, debía enfrentarme a los recuerdos que se habían negado a hacerse presentes hasta ese momento. 

A mis pies, en una hondonada desnuda de ornamentos mortuorios, se hallaba el negro altar de sacrificios. A su alrededor se alzaban unas enormes estatuas, como si fueran unos hieráticos custodios, que representaban a las blasfemas criaturas infernales que habían habitado cada una de mis pesadillas.


(Los que acechan)

Mi mente se abrió por fin a esos recuerdos olvidados.


... ¡¡Y grité!!

Grité como nunca antes lo había hecho, cuando la verdad se hizo presente, ya no como un vago recuerdo sino como una espantosa realidad. La nada se abatió sobre mí, sumiéndome en una terrible oscuridad.

sábado, 30 de abril de 2016

LA INIQUIDAD DE LAS SOMBRAS (29) por Daniel Barragán

CAPITULO XXI
EL PÁRAMO SOMBRÍO

-Maestro... ya llegamos- Dijo de súbito el taxista - Es lo más cerca que puedo llevarlo. A partir de acá tiene que seguir ese sendero de tierra unos dos kilómetros y va a llegar a San Bla... ¿Está usted bien? Le está sangrando la nariz.

Mi atención volvió a enfocarse en la realidad que me rodeaba. El chofer estaba dado vuelta y me miraba con fijeza. Su rostro estaba pálido, producto quizá del aspecto que debía tener yo en ese momento.

-Si... si, estoy bien- Murmuré confundido, mientras trataba de limpiarme lo mejor que podía.

Le pagué al taxista la suma acordada y salí lo más rápido que pude del vehículo hacia el exterior. Un fuerte y helado viento terminó por despejar esa suerte de aterradora ensoñación en la cual había estado sumido pocos instantes atrás. 

Al mirar a mi alrededor, pude observar un agreste páramo lleno de matorrales achaparrados y montículos pedregosos. A pesar de faltar un par de horas para el mediodía, el cielo se hallaba inmerso en un lóbrego crepúsculo, que apenas me permitía vislumbrar el sendero que debía tomar. 

Cuando dirigí mi atención hacia la ruta, me di cuenta que no había la menor señal del automóvil que me había traído hasta ese sitio y que ya no tenía la menor posibilidad de dar marcha atrás.

Estaba totalmente solo en ese sombrío páramo.

Cargué mi mochila al hombro y comencé a andar por un camino de tierra apenas apisonada, mientras mi mente comenzaba a divagar nuevamente por los intrincados senderos de los recuerdos.

El rostro de Annah volvió a hacerse presente, tan presente como los fantasmas que me venían acompañando desde mi huida de la civilización. Pero esa presencia, lejos de ser  espantosamente deseable, emanaba una dulce calidez y un amor tal que embargó mi cansada alma con una dicha muy difícil de ser descripta.

¿Qué sería de ella en este presente tan aterrador?

A pesar de saber que era lo más acertado que podía haber hecho, muchas veces me había arrepentido por la decisión de apartarla de mi lado. Afortunadamente, la cordura siempre terminaba ganándole a los deseos del corazón. El haberla tenido a mi lado la habría destruido y la amaba demasiado como para que eso pudiera suceder. Ese era mi único consuelo, pero servía de muy poco ya que mis dudas crecían a cada instante. Cuando más lejos me hallaba de ella, más cerca la sentía en mi corazón.

¡Terrible maldición la que se cernía sobre aquellos que todavía se atrevían a creer en el amor!


(Los que acechan)

La realidad del camino que había tomado me asaltó con toda su ferocidad, apartándome súbitamente de mis pensamientos.

Un frío abismal caló en lo más hondo de mi ser, haciéndome estremecer. Pero lo que realmente me aterró fue el omnipresente silencio, como si un súbito hálito mortal se hubiera abatido sobre la vida del lugar. Me dio la sensación de estar parado en el centro mismo de una maldad que estaba más allá de lo que mis pobres sentidos podían llegar a percibir. Un devorador agujero de oscuridad que iba creciendo con cada paso que daba. 

Aun así, helado y espantado, continué caminando, tal era el insano deseo por arribar a mi ignoto destino.

El árido terreno fue dando paso a una zona baja de fétidas aguas pantanosas. Una cerrada neblina lo invadía todo y mi corazón se paralizó cuando escuché un susurrante sonido que era tan inquietante como el silencio que poco antes imperara. Ese sonido me resultó aterradoramente conocido.

¡Era el mismo que había escuchado durante la fatídica expedición al pasado y que volviera a hacerse presente durante mi visita al neuropsiquiátrico de Nueva York, ocurrida casi un año atrás!

Ese ruido, mezcla de burbujeo gorgoteante y el arrastrar de una inmensidad inimaginable, parecía encontrarse muy cerca. Traté de descubrir su procedencia, pero la pesada cerrazón del lugar me lo impidió. 

Mis miedos atávicos, ese asustado hombre primitivo que hay en todos nosotros, dispararon mi instinto de conservación y huí desesperadamente por el fangoso terreno que, con tenacidad, intentaba atrapar mis cansadas piernas. 

Al borde del pánico, me lancé por entre un seto de arbustos hacia una elevación del terreno. Las agudas espinas desgarraron mi ropa y mi carne, pero no lograron impedir mi alocada carrera. 

Con lo último que me quedaba de aliento, llegué por fin a la parte más alta y caí de rodillas, tratando de recuperar el resuello. Cuando logré recobrarme, eché una ojeada hacia los pantanos que había dejado atrás, en busca de lo que había estado persiguiéndome. El pesado mar de niebla aún permanecía allí, sólido y nuevamente sumido en el silencio, como si estuviera acechando a una pieza muy codiciada. 
A pesar del terror que aún me embargaba, me di cuenta que me encontraba arrodillado sobre un camino de piedra que evidenciaba una tremenda antigüedad. El mismo se perdía en un recodo cerrado y se hallaba flanqueado por un raquítico bosque de árboles, cuyas ramas desnudas se alzaban hacia el cielo como implorando por algún nutrimento que les permitiera seguir sustentando sus terribles existencias. Aún vacilante, me levanté del suelo y comencé a avanzar por ese sendero durante un tiempo que pareció casi infinito.

Una inmensa sombra se perfiló entre la bruma, haciéndome detener asombrado. Frente a mí se erguía una incongruente estructura que se alzaba varios metros por sobre el camino empedrado. Se trataba de un megalítico y arcaico portal de oscuro granito, que elevaba su solitaria existencia entre la niebla. Su imponente presencia, tallada con incomprensibles jeroglíficos y serpenteantes figuras, evidenciaba un perverso poderío difícil de ser entendido por el común de los mortales.

Cuando pude apartar mi vista de la inquietante construcción, reparé en que el camino bajaba hacia un profundo valle, en donde se extendían gran cantidad de edificaciones que evidenciaban una gran antiguedad.

Finalmente, tras muchos horrores y penurias, había logrado llegar al pueblo de San Blas.


CONTINUA...

sábado, 16 de abril de 2016

LA INIQUIDAD DE LAS SOMBRAS (28) por Daniel Barragán

CAPITULO XX
AL BORDE DEL ABISMO

-El pueblo de San Blas y sus habitantes están malditos- Me dijo, con voz cascada, el anciano de edad indefinida. Se calló unos instantes, mientras sus manos temblorosas servían por enésima vez un mate amargo- Ese lugar es malo hasta la médula de sus huesos… aun antes de que el hombre blanco habitara en estas tierras salvajes.

-¿Todavía existe? –Pregunté, animándolo a seguir- No encontré ningún registro que sea posterior a 1954...

Había llegado al pueblo de Villa Ruiz Días, luego de varios meses de dificultosa investigación por los vastos e inhóspitos parajes conocidos bajo el nombre genérico de Patagonia. Cuando el jet privado de Ulric me hubo dejado en un olvidado aeródromo cercano a la cordillera, emprendí una larga marcha que me llevó a través de varios miles de kilómetros en busca de algo que era poco menos que un fantasma. 

Munido únicamente con una mochila y mi computadora personal, había viajado por esas áridas tierras de las formas más variadas que un hombre del siglo 21 hubiera podido llegar a imaginar. Camiones de transporte robots. Un viejo tren de trocha angosta, accionado por combustible fósil. Vehículos de tierra de todo tipo, color y forma. Agotadora marcha a pie.

Estero Verde. Colonia Antares. Coronel Zapietro. Los Olmos. Cientos de pequeños poblados y villorrios, olvidados por el mundo moderno, fueron investigados concienzudamente en busca de alguna señal, aunque fuera muy pequeña, que me indicara el destino final de mis averiguaciones.

Muchas veces caí en la desesperación...

Muchas veces pensé en volver a Megabaires, para morir solo y olvidado...

Muchas veces pensé en Annah y ese simple pensamiento, ese amor idealizado que sentía por esa hermosa mujer de cálida mirada, hacía que redoblara los esfuerzos para continuar con mi búsqueda.

Esa inquebrantable determinación tuvo finalmente su recompensa. Poco a poco fui dándome cuenta que me hallaba cada vez más cerca de mi objetivo, cuando comencé a notar en el rostro de los lugareños un gesto de temor que no me pasó desapercibido. A mi paso fui dejando atrás gente inquieta y temerosa por hablar de más, sobre todo con alguien a quien no conocían en lo absoluto.

Por suerte, yo tenía buen oído para escuchar los susurros de aquellos que querían ser escuchados. Había muchos viejos pobladores, versados en las olvidadas tradiciones, que estaban deseosos porque alguien les prestara alguna atención, aunque se tratara de un desconocido. 

Siguiendo una invisible senda de cuentos, mitos y tradiciones orales, había arribado por fin a Villa Ruiz Díaz, una amalgama de casas pequeñas que no iban más allá de las 10 manzanas y cuya historia se remontaba a los inicios de la colonización española en América, ocurrida 600 años atrás. 

Fue allí donde encontré a Don Terencio, su más antiguo poblador.

-Mi bisabuelo me habló sobre la noche del resplandor súbito... –Dijo Don Terencio, sin atender la pregunta que le había hecho- Era muy chico cuando pasó, pero lo recordaba con todo detalle. Me lo contó tantas veces que hasta me parece haberlo vivido yo mismo.

El anciano dio un largo sorbo a la caliente infusión.

-¿La noche del resplandor súbito? No leí nada de eso en Overnet.

-¡No todo se halla en las tan amadas computadoras de estos tiempos! –Respondió, fastidiado por la interrupción. Al momento, como perdonando mi tonta pregunta, me alcanzó un mate- Yo fui profesor de historia en Caleta Olivia y le puedo asegurar que no todo lo que en ellas se encuentra es la pura verdad. Lamentablemente, se perdió mucha información escrita luego de la crisis del papel... ¡¡Muchísima!!

-Por favor Don Terencio, ¿Me puede decir que fue esa noche del resplandor...

-Resplandor súbito... - Dijo el anciano, retomando su narración- Una noche de 1954, nuestro pueblo fue sacudido por un estremecimiento del suelo. Temerosos de que se tratara de un terremoto, todos los habitantes salieron a las calles y pudieron ver, hacia donde se encontraba situado San Blas, un resplandor de extraños colores que parecían pulsar como si tuviera vida propia. Pero eso no fue lo más aterrador.

“A pesar de la distancia, pudieron ser escuchados horrendos gritos que parecían ser emitidos por gargantas humanas que se hallaban inmersas en una terrible y espantosa agonía. Varios de nuestros pobladores murieron esa misma noche y al día siguiente, víctimas del miedo y de una rara enfermedad que deformó sus cuerpos hasta hacerlos irreconocibles.

No pude evitar recordar a Arthus y el terrible mal que lo había afectado de tal forma que lo había llevado a una muerte espantosa. Tampoco pude evitar pensar en la terrible infección que se estaba extendiendo por todo el mundo.

-Las autoridades sanitarias de la provincia arribaron algunos días después –Continuó diciendo el viejo- Lamentablemente nada pudieron hacer por los afectados, excepto evitar que sufrieran y darles cristiana sepultura. Ante el insistente pedido de todos los vecinos, se organizó un grupo de investigación, conformado por médicos y soldados, que dirigió sus pasos hacia San Blas. Los resultados nunca fueron revelados, pero los rostros de quienes habían ido allí fueron más elocuentes que cualquier informe oficial.

-¿Qué pasó entonces?

Don Terencio sorbió su mate con fuerza, como queriendo impregnarse de un valor que creía estar perdiendo. 

-Los investigadores se asustaron mucho con lo que habían descubierto. Se habló de gente rara de inquietante presencia. Se habló de sombras y extraños sonidos reptantes. Pero fue mucho peor lo que callaron, a pesar de las insistentes preguntas realizadas por los atemorizados pobladores de Villa Ruiz Díaz. Lo único que se supo después es que el caso había sido cerrado y así San Blas, junto a su oscura maldición, desapareció de nuestra existencia- Señaló hacia el norte- Pero todavía sigue allí...

-¿Cómo puedo ir hasta allá?

-Tiene prisa en morir, joven- Me dijo con grave seriedad- Aunque viendo como está yendo el mundo, no sé si es tan mala esa idea- Miró a todos lados, para ver si éramos observados por algún ocasional transeúnte- Tómese el taxi del Ercilio. Tres cuadras derecho y luego a la izquierda. Si está de buenas, seguro que lo acerca... siempre y cuando se ponga con una buena cantidad de billetes- Se rió, mientras volvía a servirse un mate- Sino va a tener que caminar un largo rato y no le recomiendo que llegue a San Blas de noche.

El mentado Ercilio era un hombre bastante gordo, dueño de un desvencijado automóvil de combustión a gas, una auténtica reliquia de los tiempos del petróleo natural que no servía ni como pieza de museo. Su avaricioso rostro me alertó que ese individuo se hallaba más que dispuesto a cebarse del incauto extranjero que veía en mí.

-¿A San Blas?- Me preguntó, demostrando cierto grado de temor cuando le hice la proposición para que me llevara a ese sitio- ¿Está seguro maestro? Hay muchas cosas raras alrededor de ese pueblo... y ninguna es buena.

-En todos lados están pasando cosas raras y muy malas- Le contesté secamente, mientras agitaba frente a sus ojos un fajo de billetes- A San Blas, por favor.

Mientras el vehículo se deslizaba traqueteante por un camino rural medianamente asfaltado, sentí como si nuevamente estuviera viajando hacia el pasado. Con una nitidez estremecedora, Volvieron a mí los recuerdos de los momentos vividos en la expedición de la Juan Salvo. Recordé a cada uno de mis compañeros. El teniente Rotera. El físico Andersen. El lingüista Serkis Dakaris. La capitana Molina. Mi amigo Arthus. Una oscura sensación de terror embargó mi alma.

Una fría mano rozó la mía.

Ahogando un grito, observé que a mi lado se hallaba sentada la capitana Molina. Se la veía más hermosa y deseable que nunca, pero totalmente inalcanzable… como si se tratara de una helada diosa invernal cuya belleza enceguecía todos mis sentidos. El terrible deseo por poseerla invadió cada parte de mí.

Notando mi insana excitación, la mujer me miró a los ojos y sonrió.

Mi cabeza comenzó a dolerme con una terrible y constante presión, cuando pude adivinar lo que se escondía bajo esa supuesta perfección. Sus dientes amarillos y correosos brillaron a la luz del día. Su piel, poco antes tersa, se desprendió en jirones malolientes.

Y sus ojos de fuego. Sus terrible ojos...
-La verdad está acá adentro- Graznó, mientras se tocaba la frente. Su podrida lengua chasqueó ominosamente- La verdad estuvo siempre acá adentro... la verdad... la única verdad.

Cerré los ojos, intentando alejar de mí un horror que solamente yo podía ver. Pero sabía que era inútil tratar de alejar esas terribles visiones.

Pues la sonrisa siniestra y esa férrea zarpa aún permanecían allí, en mi cabeza.


CONTINUA...