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sábado, 16 de abril de 2016

LA INIQUIDAD DE LAS SOMBRAS (28) por Daniel Barragán

CAPITULO XX
AL BORDE DEL ABISMO

-El pueblo de San Blas y sus habitantes están malditos- Me dijo, con voz cascada, el anciano de edad indefinida. Se calló unos instantes, mientras sus manos temblorosas servían por enésima vez un mate amargo- Ese lugar es malo hasta la médula de sus huesos… aun antes de que el hombre blanco habitara en estas tierras salvajes.

-¿Todavía existe? –Pregunté, animándolo a seguir- No encontré ningún registro que sea posterior a 1954...

Había llegado al pueblo de Villa Ruiz Días, luego de varios meses de dificultosa investigación por los vastos e inhóspitos parajes conocidos bajo el nombre genérico de Patagonia. Cuando el jet privado de Ulric me hubo dejado en un olvidado aeródromo cercano a la cordillera, emprendí una larga marcha que me llevó a través de varios miles de kilómetros en busca de algo que era poco menos que un fantasma. 

Munido únicamente con una mochila y mi computadora personal, había viajado por esas áridas tierras de las formas más variadas que un hombre del siglo 21 hubiera podido llegar a imaginar. Camiones de transporte robots. Un viejo tren de trocha angosta, accionado por combustible fósil. Vehículos de tierra de todo tipo, color y forma. Agotadora marcha a pie.

Estero Verde. Colonia Antares. Coronel Zapietro. Los Olmos. Cientos de pequeños poblados y villorrios, olvidados por el mundo moderno, fueron investigados concienzudamente en busca de alguna señal, aunque fuera muy pequeña, que me indicara el destino final de mis averiguaciones.

Muchas veces caí en la desesperación...

Muchas veces pensé en volver a Megabaires, para morir solo y olvidado...

Muchas veces pensé en Annah y ese simple pensamiento, ese amor idealizado que sentía por esa hermosa mujer de cálida mirada, hacía que redoblara los esfuerzos para continuar con mi búsqueda.

Esa inquebrantable determinación tuvo finalmente su recompensa. Poco a poco fui dándome cuenta que me hallaba cada vez más cerca de mi objetivo, cuando comencé a notar en el rostro de los lugareños un gesto de temor que no me pasó desapercibido. A mi paso fui dejando atrás gente inquieta y temerosa por hablar de más, sobre todo con alguien a quien no conocían en lo absoluto.

Por suerte, yo tenía buen oído para escuchar los susurros de aquellos que querían ser escuchados. Había muchos viejos pobladores, versados en las olvidadas tradiciones, que estaban deseosos porque alguien les prestara alguna atención, aunque se tratara de un desconocido. 

Siguiendo una invisible senda de cuentos, mitos y tradiciones orales, había arribado por fin a Villa Ruiz Díaz, una amalgama de casas pequeñas que no iban más allá de las 10 manzanas y cuya historia se remontaba a los inicios de la colonización española en América, ocurrida 600 años atrás. 

Fue allí donde encontré a Don Terencio, su más antiguo poblador.

-Mi bisabuelo me habló sobre la noche del resplandor súbito... –Dijo Don Terencio, sin atender la pregunta que le había hecho- Era muy chico cuando pasó, pero lo recordaba con todo detalle. Me lo contó tantas veces que hasta me parece haberlo vivido yo mismo.

El anciano dio un largo sorbo a la caliente infusión.

-¿La noche del resplandor súbito? No leí nada de eso en Overnet.

-¡No todo se halla en las tan amadas computadoras de estos tiempos! –Respondió, fastidiado por la interrupción. Al momento, como perdonando mi tonta pregunta, me alcanzó un mate- Yo fui profesor de historia en Caleta Olivia y le puedo asegurar que no todo lo que en ellas se encuentra es la pura verdad. Lamentablemente, se perdió mucha información escrita luego de la crisis del papel... ¡¡Muchísima!!

-Por favor Don Terencio, ¿Me puede decir que fue esa noche del resplandor...

-Resplandor súbito... - Dijo el anciano, retomando su narración- Una noche de 1954, nuestro pueblo fue sacudido por un estremecimiento del suelo. Temerosos de que se tratara de un terremoto, todos los habitantes salieron a las calles y pudieron ver, hacia donde se encontraba situado San Blas, un resplandor de extraños colores que parecían pulsar como si tuviera vida propia. Pero eso no fue lo más aterrador.

“A pesar de la distancia, pudieron ser escuchados horrendos gritos que parecían ser emitidos por gargantas humanas que se hallaban inmersas en una terrible y espantosa agonía. Varios de nuestros pobladores murieron esa misma noche y al día siguiente, víctimas del miedo y de una rara enfermedad que deformó sus cuerpos hasta hacerlos irreconocibles.

No pude evitar recordar a Arthus y el terrible mal que lo había afectado de tal forma que lo había llevado a una muerte espantosa. Tampoco pude evitar pensar en la terrible infección que se estaba extendiendo por todo el mundo.

-Las autoridades sanitarias de la provincia arribaron algunos días después –Continuó diciendo el viejo- Lamentablemente nada pudieron hacer por los afectados, excepto evitar que sufrieran y darles cristiana sepultura. Ante el insistente pedido de todos los vecinos, se organizó un grupo de investigación, conformado por médicos y soldados, que dirigió sus pasos hacia San Blas. Los resultados nunca fueron revelados, pero los rostros de quienes habían ido allí fueron más elocuentes que cualquier informe oficial.

-¿Qué pasó entonces?

Don Terencio sorbió su mate con fuerza, como queriendo impregnarse de un valor que creía estar perdiendo. 

-Los investigadores se asustaron mucho con lo que habían descubierto. Se habló de gente rara de inquietante presencia. Se habló de sombras y extraños sonidos reptantes. Pero fue mucho peor lo que callaron, a pesar de las insistentes preguntas realizadas por los atemorizados pobladores de Villa Ruiz Díaz. Lo único que se supo después es que el caso había sido cerrado y así San Blas, junto a su oscura maldición, desapareció de nuestra existencia- Señaló hacia el norte- Pero todavía sigue allí...

-¿Cómo puedo ir hasta allá?

-Tiene prisa en morir, joven- Me dijo con grave seriedad- Aunque viendo como está yendo el mundo, no sé si es tan mala esa idea- Miró a todos lados, para ver si éramos observados por algún ocasional transeúnte- Tómese el taxi del Ercilio. Tres cuadras derecho y luego a la izquierda. Si está de buenas, seguro que lo acerca... siempre y cuando se ponga con una buena cantidad de billetes- Se rió, mientras volvía a servirse un mate- Sino va a tener que caminar un largo rato y no le recomiendo que llegue a San Blas de noche.

El mentado Ercilio era un hombre bastante gordo, dueño de un desvencijado automóvil de combustión a gas, una auténtica reliquia de los tiempos del petróleo natural que no servía ni como pieza de museo. Su avaricioso rostro me alertó que ese individuo se hallaba más que dispuesto a cebarse del incauto extranjero que veía en mí.

-¿A San Blas?- Me preguntó, demostrando cierto grado de temor cuando le hice la proposición para que me llevara a ese sitio- ¿Está seguro maestro? Hay muchas cosas raras alrededor de ese pueblo... y ninguna es buena.

-En todos lados están pasando cosas raras y muy malas- Le contesté secamente, mientras agitaba frente a sus ojos un fajo de billetes- A San Blas, por favor.

Mientras el vehículo se deslizaba traqueteante por un camino rural medianamente asfaltado, sentí como si nuevamente estuviera viajando hacia el pasado. Con una nitidez estremecedora, Volvieron a mí los recuerdos de los momentos vividos en la expedición de la Juan Salvo. Recordé a cada uno de mis compañeros. El teniente Rotera. El físico Andersen. El lingüista Serkis Dakaris. La capitana Molina. Mi amigo Arthus. Una oscura sensación de terror embargó mi alma.

Una fría mano rozó la mía.

Ahogando un grito, observé que a mi lado se hallaba sentada la capitana Molina. Se la veía más hermosa y deseable que nunca, pero totalmente inalcanzable… como si se tratara de una helada diosa invernal cuya belleza enceguecía todos mis sentidos. El terrible deseo por poseerla invadió cada parte de mí.

Notando mi insana excitación, la mujer me miró a los ojos y sonrió.

Mi cabeza comenzó a dolerme con una terrible y constante presión, cuando pude adivinar lo que se escondía bajo esa supuesta perfección. Sus dientes amarillos y correosos brillaron a la luz del día. Su piel, poco antes tersa, se desprendió en jirones malolientes.

Y sus ojos de fuego. Sus terrible ojos...
-La verdad está acá adentro- Graznó, mientras se tocaba la frente. Su podrida lengua chasqueó ominosamente- La verdad estuvo siempre acá adentro... la verdad... la única verdad.

Cerré los ojos, intentando alejar de mí un horror que solamente yo podía ver. Pero sabía que era inútil tratar de alejar esas terribles visiones.

Pues la sonrisa siniestra y esa férrea zarpa aún permanecían allí, en mi cabeza.


CONTINUA...

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