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sábado, 4 de junio de 2016

LA INIQUIDAD DE LAS SOMBRAS (30) por Daniel Barragán

CAPITULO XXII
SAN BLAS

La sorprendente visión me dejó totalmente paralizado, pues el lugar al que había llegado no era precisamente lo que había esperado encontrar.

Totalmente diferente al terrible páramo que había dejado atrás, el pueblo se parecía más a una idílica visión del paraíso que a un sitio habitado por unos supuestos demonios sedientos de sangre. Alejado del ajetreado andar de finales del siglo 21, el mismo adolecía de las típicas modernidades otorgadas por nuestros tiempos modernos.

Casas señoriales, que extendían sus barrocas estructuras victorianas sobre una serie de colinas bajas que se perdían hacia la bruma de un día bochornoso, cuyos amplios ventanales parecían querer invitar al visitante casual a espiar un tiempo remoto y olvidado.

Árboles centenarios, que formaban parte de ese maravilloso todo, abrían sus ramas hacia un límpido cielo sin nubes. Un gran parque, bordeado por un caudaloso río, otorgaba un delicado aire bucólico a un lugar que parecía haber sido olvidado por el paso inexorable del tiempo. Todo mi ser dudó ante lo que estaba viendo, luego de todos los horrores vividos en los últimos dos años. 

¿Este era el sitio tan temido por todas los pueblos de los alrededores?

Mientras observaba azorado ese paisaje de ensueño, fui bajando por el camino empedrado hacia el valle. No me llevó mucho tiempo llegar a los lindes de la villa, la cual permanecía envuelta en un anormal y expectante silencio.

Volví a detenerme y traté de ver más allá de esa visión idílica, esperando encontrar una falla o una sombra que empañara tanta belleza y me indicara la maldad que pudiera esconderse tras las antiguas paredes de las altas mansiones.

Recosté mí agotada humanidad contra un monolito de piedra, una suerte de gárgola deforme que se hallaba a la vera del camino, con el fin de aclarar mis confusos sentimientos.

-El hotel se encuentra a no más de cinco cuadras...

Me sobresalté ante la voz que se dejó escuchar en medio del gran silencio. Tan claro y frío fue ese sonido, que actuó como una especie de baldazo de agua helada en mis agotados nervios. Inmediatamente me tranquilicé, cuando pude comprobar quien me había dirigido la palabra.

Un niño, de apenas 10 años, asomaba su cabeza por sobre el cerco de madera de una de las casas cercanas. Era un muchacho sumamente delgado y pálido, como si estuviera recuperándose de una larga enfermedad. Sus largos dedos descarnados aferraban con fuerza los bordes de la cerca. Si bien no encontré nada raro en él, por el contrario era bastante bien parecido, no pude evitar sentirme inquieto ante su presencia.

Le sonreí amistoso, pero el pequeño no me devolvió el gesto y continuó mirándome con fijeza durante algunos segundos.

-Hola pibe... –Dije algo nervioso por esos ojos abismales, poco comunes en un niño de esa edad- ¿Me podés decir si este pueblo es San Blas?

-El hotel se encuentra a no más de cinco cuadras... –Repitió el niño con voz monótona, mientras señalaba había un punto determinado que se hallaba situado al otro lado de un gran puente que cruzaba el río de aguas oscuras.

Agradeciéndole con un confuso balbuceo, dirigí mis pasos hacia el lugar que me indicara el muchacho. No me di vuelta en ningún momento, pero aun así pude sentir que la mirada del mismo seguía posada sobre mí. Apresuré el paso, crucé el gran puente de piedra granítica, que parecía estar tallado del suelo mismo, y me dirigí hacia lo que suponía era el centro de San Blas.

Sentí como si una puerta invisible se cerraba tras de mí, aislándome del resto del mundo, y que ya no había ningún modo en que pudiera volver sobre mis pasos. Para bien o para mal, estaba indefectiblemente atrapado en las redes del misterioso poblado.

El llamado hotel no difería en nada con el resto de las antiguas mansiones, a excepción de un sencillo cartel que lo identificaba como tal. Examiné atentamente toda la estructura edilicia, intentando descubrir alguna señal que pudiera alertarme sobre algún potencial peligro, pero no pude percibir nada. Absolutamente nada.

Juntando coraje, traspuse el magnífico portal hacia la fresca soledad del interior del hotel. A pesar de lo que pudiera parecer, el lugar que obraba como recepción no estaba tan solitario como creía.

-Buenos días señor... sea bienvenido a San Blas- Dijo una voz escondida en las sombras- Su habitación lo está esperando.

-¿Cómo sabe que...?- Pregunté, confuso e inquieto, sin saber exactamente donde se encontraba parado mi interlocutor- Apenas acabo de llegar.

Me acerqué a un mostrador de roble, en donde se podía adivinar la silueta de una persona.

-Me avisaron que un forastero estaba viniendo hacia aquí- La sombra no se movió del lugar en el que se había apostado- No recibimos muchos visitantes, por lo que su llegada es un verdadero acontecimiento Dew... –Se interrumpió bruscamente y luego agregó en un susurro- Perdone... ¿Cuál es su apellido?

-“¿Estoy algo paranoico o casi dice mi nombre?”- Pensé, mientras sentía estremecerme con un inexplicable temor.

Haciendo un enorme esfuerzo, para que en mi voz no pudiera notarse el miedo que estaba sintiendo, finalmente contesté:-

-Mi nombre es Dewan Bars- Esbocé la mejor de mis sonrisas, la cual se hallaba muy alejada de mi verdadero estado de ánimo- Me hablaron mucho de este pueblo y, como estoy de vacaciones, decidí visitarlo. Pero usted tiene toda la razón del mundo... necesito una habitación. La caminata hasta acá fue muy agotadora.

-Los caminos hasta San Blas parecen cortos, hasta que uno los recorre- Fue la críptica respuesta del misterioso recepcionista, el cual parecía obstinado por permanecer entre las sombras- Por favor, escriba sus datos en el libro de registro.

A pesar del temblor de mis manos, logré firmar en una forma bastante clara el gran libraco que me había sido señalado por el conserje.

-Primer piso, habitación 6- Me dijo, una vez que me hubo entregado la llave- El baño se halla al fondo del pasillo.

Subí por una amplia escalera de madera hacia el cuarto que me fuera asignado. Mientras lo hacía volví a tener la misma sensación de estar siendo observado con fijeza por unos extraños ojos invisibles. Tal como lo había hecho con el niño detrás de la cerca, no dirigí ni la más mínima mirada hacia la recepción.

El cuarto era sencillo, pero cómodo, con un amplio ventanal que daba hacia el lado oeste del pueblo y a las montañas cercanas. La tranquilidad otorgada por el panorama que tenía ante mí, sosegó un poco mi atormentado espíritu. Lanzando un profundo suspiro, abandoné ese remanso de paz y me puse a sacar las cosas que tenía en la mochila.

Mientras me cambiaba la ropa sucia por otras en mejor estado, nuevamente las dudas volvieron a hacerse presentes.

¿Habían estado erradas las investigaciones realizadas por Ulric?

¿Sería este el San Blas que estaba buscando?

¿Dónde estaba el horror cósmico, los dioses dormidos y la extraña Cruz Daga que poblaban mis pesadillas?

No podía darle importancia a las extrañas sensaciones que venía teniendo desde mi llegada al pueblo, ya que probablemente eran producto de los preconceptos que había traído conmigo. Era muy normal que estos pueblos alejados de la civilización fueran muy reservados con los foráneos y no siempre se hallaban dispuestos a abrir sus brazos así como así. El mundo que se hallaba fuera de sus límites era un lugar mucho más duro, brutal y frío que esas miradas que se habían posado sobre mí.


(Los que acechan)

A mis espaldas pude captar un movimiento solapado, un pozo de oscuridad que comenzó a hacerse corpóreo. Me pareció escuchar el murmullo de una voz que parecía provenir de un lejano lugar que se hallaba más allá de la realidad del cuarto.

Sin atreverme a enfrenar lo que pudiera estar manifestándose, guardé mi mochila y mi computadora en un cajón bajo llave y salí de la habitación lo más rápido que pude. De nada valía quedarme allí, a la espera de ser alcanzado por un destino que ya consideraba inexorable. Debía recorrer las calles de San Blas. Debía descubrir el oculto secreto que yacía en el fondo de mi mente.

Mientras terminaba de bajar las escaleras, sentí que un escalofrío asaltaba todo mi cuerpo, cuando volví a escuchar la invisible voz del encargado del hotel.

-¿Usted ya estuvo por aquí, no?

-“¿Realmente estuve aquí alguna vez?”- Me pregunté yo mismo.

Traté de ver el rostro de mi interlocutor, pero la oscuridad en la cual se refugiaba era tan cerrada que mi intento fue totalmente inútil. Como única respuesta a la pregunta, hice un silencioso gesto de negación.

-Si quiere conocer la verdadera historia del pueblo, le recomiendo ir al cementerio- Su inquietante presencia fue intensificándose aún más- Creo que le va a resultar, digamos, interesante.

Apenas dirigiéndole un saludo con la mano, salí rápidamente. El sol de la incipiente tarde acarició mi rostro, animándome a deambular por las calles centenarias que formaban parte del pueblo.

Con aire ausente, aunque con la mente alerta ante alguna señal que me resultara conocida, fui vagando sin rumbo determinado. El instinto fue mi único guía en esa suerte de viaje hacia un pasado que se me antojaba remoto e irreal. 

Las calles empedradas se deslizaron bajo mis pies, en una serie de lomadas suaves y amplias curvas, y la bella calidez del paisaje que las flanqueaba fue aposentándose como si se tratara de un suave bálsamo.

Solamente una cosa me molestaba en toda esa placentera expedición de búsqueda y era lo solitario que estaba todo. Muy de vez en cuando podía ver alguno que otro movimiento furtivo detrás de las cercas y enrejados, como si los habitantes de las casas estuvieran apartándose de mi camino por motivos que me eran absolutamente incomprensibles. 

Mi lánguida marcha me llevó de acá para allá, mientras mi mente divagaba por senderos que estaban muy alejados del soleado lugar que estaba recorriendo. El silencio fue penetrando poco a poco dentro de mí y ya no fui el doctor Dewan Bars, el paleobiólogo del siglo 21, sino un simple y asustado ser humano deambulando por un paisaje de incongruente belleza, no acorde con los tiempos que se estaban viviendo.

Cansado por la larga caminata, detuve mis pasos en un hermoso parque de pastos prolijamente cortados y majestuosos árboles, llenos de flores de los más variados colores. Como hipnotizado por la visión paradisíaca, me recosté bajo la sombra de un poderoso y mayestático arce blanco de frondosa estructura, que susurraba tenuemente merced al cálido viento que en esos momentos estaba soplando.

-“¿Qué voy a hacer ahora?”- Me pregunté, mientras elevaba mi vista al cielo azulado.

Me puse a pensar en los pasos a seguir y mi confusión fue en aumento. Era evidente que, a pesar de lo extraños que pudieran ser sus habitantes, este San Blas no era lo que esperaba encontrar. Ninguno de los sitios que había recorrido me habían resultado remotamente parecidos al pueblo que probablemente había visitado durante la expedición cronal 9.

-“Creo que lo mejor sería olvidar esta locura y volver a Ciudad Helios lo antes posible- Pensé, tomando finalmente una resolución- Tengo que ir en busca de Annah y encontrar un refugio, bien alejado de esta civilización en decadencia. Un lugar en donde podamos pasar juntos el poco tiempo que pueda quedarnos. Nunca debí abandonarla.”

No sé cuándo me quedé dormido, ni por cuanto tiempo, pero el sueño se abatió sobre mí como un velo oscuro que se apoderó de todos mis sentidos y mi conciencia. Un sueño demencialmente oscuro. Como un abismo terriblemente insondable. Y ese abismo gritaba…

Ia Ia Thoy kansara, Meight kansara Thoy Malyoght…


Ia Ia Thoy kansara, Meight kansara Thoy Malyoght…


Ia Ia Thoy kansara, Meight kansara Thoy Malyoght…

Cuando desperté, me di cuenta que ya no me hallaba en el mismo lugar en el que me había dormido. El sol ya caía, rojo como la sangre, en el horizonte. Una progresiva oscuridad iba creciendo a medida que el astro rey iba desapareciendo tras un grupo de altos pinos. 

El  frondoso árbol, en el que había estado descansando, había dejado su lugar a un tronco desnudo y quemado, carente de toda vida. Mis sobreexcitados sentidos se alertaron aún más, cuando me di cuenta que me hallaba en un sitio al que conocía perfectamente.

Inhiestos y poderosos mausoleos, cargados de intrincados ornamentos. Pesadas cruces. Gárgolas estáticas y vigilantes... siempre vigilantes. El profundo susurro de voces antiguas. El gusano royendo bajo mis pies. La presencia de la muerte anegando todos mis sentidos.

Merced a un desconocido sortilegio, me hallaba nuevamente en el cementerio que había visitado tiempo atrás, en un pasado que se antojaba terriblemente remoto.

Con dificultad me fui levantando del suelo, mientras sentía que me invadía una irrefrenable oleada de horror. Cuando intenté alejarme de allí, un tremendo dolor de cabeza hizo latir mis sienes de forma tal que imposibilitó mi huida.

-Dewan…- Clamó una voz desde la oscuridad- Dewan…

Parada sobre una elevación de terreno, la capitana Molina extendía sus brazos, invitadores, hacia mí. Sus largos cabellos y tenues ropajes, que apenas cubrían su cadavérica desnudez, ondeaban sobrenaturalmente al compás de un viento arribado desde más allá de las dimensiones conocidas. 

Tras ella, creí adivinar las tenues presencias de mis otros compañeros de expedición. Espectros devastados por la misma corrupción que presentaba la otrora hermosa mujer.

El teniente Rotera.

El lingüista Serkis.

El incrédulo Andersen.

Arthus... mi más querido amigo.

-Dewan... la verdad está acá adentro- Dijo la feroz presencia femenina. 

-Dewan... la verdad está acá adentro- Pareció repetir un coro de voces oscuras.

Sin meditar el porqué de semejante transformación ocurrida a mí alrededor, corrí como un poseso tras los sombríos fantasmas, que parecieron desvanecerse entre las monolíticas estatuas e inclinadas cruces.

Entumecido por un frío indecible, me arrastre con los brazos y las piernas por una elevación del terreno. Sabía que, aunque enloqueciera, debía enfrentarme a los recuerdos que se habían negado a hacerse presentes hasta ese momento. 

A mis pies, en una hondonada desnuda de ornamentos mortuorios, se hallaba el negro altar de sacrificios. A su alrededor se alzaban unas enormes estatuas, como si fueran unos hieráticos custodios, que representaban a las blasfemas criaturas infernales que habían habitado cada una de mis pesadillas.


(Los que acechan)

Mi mente se abrió por fin a esos recuerdos olvidados.


... ¡¡Y grité!!

Grité como nunca antes lo había hecho, cuando la verdad se hizo presente, ya no como un vago recuerdo sino como una espantosa realidad. La nada se abatió sobre mí, sumiéndome en una terrible oscuridad.

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