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sábado, 2 de julio de 2016

LEYENDAS DE LA CIENCIA FICCION, EL TERROR Y LA FANTASIA (3)

LA TERCERA GRAN INVASION ARGENTA

A lo largo de su historia moderna, Argentina sufrió tres grandes invasiones extraterrestres.

La primera ocurrió en 1957, con una nevada mortal y el ataque de los misteriosos Ellos.
-Ilustr. Francisco Solano López-

La segunda fue en 1970,  cuando los poderosos Antartes reclamaron Sudamérica para sí.
-Ilustr. León Napo-

La tercera, acaecida un año después de la anterior, fue la llevada a cabo por los malvados Plutonios y los traicioneros Saturninos.

Antes de que vayan corriendo a los libros de historia, si es que tienen alguno, para ver de qué estoy hablando, les cuento que dichas invasiones (afortunadamente) nunca ocurrieron en nuestro mundo real sino que las mismas se dieron en algunos ámbitos de nuestra cultura popular como lo fueron las revistas de historietas y las figuritas coleccionables.
-Héctor Germán Oesterheld-

Estas invasiones apócrifas sufridas por el pueblo argentino tienen algo que de cierta manera las unifica y es que las mismas se debieron a la mente creativa de uno de los iconos de la historieta nacional como lo fue el gran Hector German Oesterheld.

Este geólogo devenido a escritor tuvo entre sus bazas más fuertes las historias englobadas dentro del género de la ciencia ficción, entre las que podemos nombrar Sherlock Time, Rolo el Marciano Adoptivo, Rul de la Luna, Bull Rockett, Marcianeros y Galac Master. Tampoco podemos dejar de lado su etapa como editor de la revista de ciencia ficción Más Allá, en donde incluso aportaría algunos cuentos englobados dentro de esa temática.

Dentro de este género, Oesterheld creo una serie de inolvidables argumentos sobre invasiones extraterrestres a nuestro terruño, como lo fueron El Eternauta y La Guerra de los Antartes. En esas historias, dichos ataques se transformarían en una suerte de parábola de la lucha del ciudadano común y corriente contra la subyugación imperialista arribada desde más allá de nuestras fronteras. 

Tanto Los Ellos como los Antartes eran representaciones inequívocas de las potencias que deseaban apoderarse de nuestras riquezas y, de paso, someternos cual esclavos a sus crueles designios.

La tercera gran invasión, que se hizo presente en formato de figuritas coleccionables conocidas como PLATOS VOLADORES AL ATAQUE!!, no fue la excepción a esta regla creativa y la misma se encargó de marcar a toda una generación de chicos que, asombrados, fueron los únicos testigos de esta desenfrenada y artera incursión extraterrestre.

En el año 1971 hicieron su aparición la colección de figuritas “Super Fútbol”, unos cartoncitos redondos en los cuales aparecían los jugadores de este y otros deportes que eran famosos por aquellos tiempos. Pero lo novedoso no era precisamente eso, ya que era muy común este tipo de material, sino el valor agregado que contenía el paquete.

Junto a los deportistas de moda había una tarjeta de 9 por 6 centímetros que no tenía nada que ver con lo que promocionaba el sobre. Las mismas narraban, en un ritmo que resultaba ser muy de historieta, una invasión a nuestro planeta por parte de seres provenientes del planeta Plutón (con el fin de agenciarse los corazones humanos para poder vivir eternamente) y, posteriormente, por los traicioneros habitantes de Saturno. Tan solo un grupo de simples seres humanos, el famoso héroe colectivo de Oesterheld, en este caso el Bocha y un grupo de chicos muy jóvenes, tendrá el valor suficiente para enfrentarse a la eminente destrucción de la Tierra. 

Si bien la historia estaba dirigida hacia el universo infantil, con una más que evidente influencia de las figuritas yankis Marte Ataca!, el mensaje implícito en la misma tiene las inconfundibles improntas políticas de izquierda que tanto admiraba su creador. En esos tiempos, Juan Domingo Perón estaba por regresar a la Argentina con el fin de volver a ganar el liderazgo que le había sido quitado a mediados de los 50 y la izquierda revolucionaria comenzaba a campar a sus anchas. 

Todo ello puede verse reflejado en esos 100 coloridos cartoncitos que casi ni llamaron la atención de los vigilantes padres. El espíritu de sacrificio del ciudadano común por un ideal libertario, los cohetes “Montonera” y el mensaje de un mundo mejor lejos de las destruidas civilizaciones occidentales son claros ejemplos de todo eso. 

Como es típico de Oesterheld, ese panfleto político estaba adornado de manera acertada por la más pura y delirante aventura de ciencia ficción, caracterizados por atrayentes conceptos de naturaleza fantástica como rayos de superneutrinos, rayos agigantadores, gas de la locura, plantas carnívoras, proyector de terror, computadoras de cristal, Señores de la Guerra de Plutón, dinosaurios, rayos de antimateria reforzada y un arrasador anillo alrededor de la Tierra, los cuales atrajeron de inmediato ese sentido de lo maravilloso que habita en cada uno de nosotros.

Pero seamos sinceros, esta colección no habría quedado en el recuerdo si, como complemento creativo, no hubiera estado implicado en la misma uno de los más grandes dibujantes que han podido desarrollar su tremenda creatividad en nuestras tierras… y, por supuesto, me estoy refiriendo al maestro Alberto Breccia.
-Alberto Breccia-

Este uruguayo de nacimiento y argentino por opción supo deleitar a varias generaciones de fans que supieron admirar todos y cada uno de sus trabajos. Junto a Oesterheld tuvo la oportunidad de realizar una gran cantidad de trabajos de calidad insuperable, entre los que podemos nombrar la nueva versión de El Eternauta y la magnífica Mort Cinder, que los transformaron en los dos mayores iconos representativos del quehacer “historietístico” nacional.

Los dibujos de Breccia en esta bizarrísima colección se caracterizan por la cruda sencillez y la línea clara presente en sus imágenes. A diferencia de sus trabajos en el campo de la historieta, casi no hay sombras, pero no por ello resultan menos inquietantes las terribles escenas de destrucción presentes en las mismas. 

Visiones de una La Plaza de la República atacada por los Plutonios y sus rayos de neutrinos o las de un atribulado niño agigantado artificialmente luchando a los manotazos contra los platos voladores, son imágenes muy difíciles de ser olvidadas por quienes tuvimos la oportunidad de disfrutarlas. Estas figuritas son un Breccia hecho y derecho por donde las mires.

Mientras buscaba información en algunas páginas de Internet, leí que “El viejo” había recibido ayuda de varias manos para la realización de la colección y que incluso algunas ni las había dibujado. Intrigado ante esa observación, ya que tiendo a ser bastante desconfiado con algunos comentarios “off the record”, me puse en contacto con su hija Patricia que, desafiando a los “Brecciologos” que pululan por ahí, me contó la única y autentica verdad de todo este asunto.

“Las historietas de mi viejo, las dibujaba mi viejo. Mi hermana hizo la guía de color, que se realizaba en papel de calcar, y mi hermano colaboró con los platos voladores. Nadie metía mano en los dibujos de mi viejo. No era idiota… no iba a dejar que alguien arruinara su laburo.”

Si bien ha sido un trabajo menor realizado por encargo por parte del tanden Oesterheld-Breccia, esta suerte de arte secuencial en formato de figuritas que fue conocida como Platos Voladores al Ataque!! ya forma parte de la historia de la historieta argentina.


-GALERIA DE IMÁGENES-

En el año 2002, Editorial Ancares publicó un libro dedicado a esta casi desconocida colección de figuritas a las que acompañaban las 100 tarjetas obtenidas gracias al coleccionista Rafael Bitrán y el editor Javier Doeyo.

A continuación, a modo de cebadora muestra, les dejo las que considero las mejores ilustraciones realizadas por el maestro Alberto Breccia, a los que agrego algunos textos que fueron escritos por Hector German Oesterheld.

-¡Un plato volador, Roberto! ¡Pará el auto, quiero sacarle una foto!
-¡No puedo parar Susana! ¡El coche va cada vez más ligero!
Roberto Casas hace un último, desesperado intento por frenar. Pero el coche, dominado por el haz que irradia el plato volador, acelera aún más, ya van a más de trescientos kilómetros por hora.
-¡La curva, Roberto! ¡Socorro!...
Fuera de control, el bólido salta fuera de la autopista, derriba una fila de árboles, por fin se detiene.
Cuando las ruedas del destrozado coche dejan de girar hace ya un rato que Roberto y Susana, su mujer, han dejado de existir.
Con un ligero silbido el Plato Volador desciende junto a los restos del vehículo.

Ya en Plutón, el corazón de la desdichada Susana es trasplantado al cuerpo pleno de vida de un Plutonio: el corazón humano palpita ahora junto al corazón del Plutonio, ayudándolo en sus funciones.
Gracias a los rayos Z los científicos observan cuanto ocurre dentro del Plutonio. Una Supercomputadora a Cristal estudia cómo funciona el cuerpo con el corazón extra. Los resultados de la Supercomputadora aturden a los científicos, han obtenido un éxito superior a todo lo imaginado.
¡Porque el corazón humano agregado al cuerpo del Plutonio lo ha hecho inmortal! ¡En lugar de vivir 120 años, como todos los Plutonios, el operado podrá vivir 1.000, 10.000, todos los años que quiera, hasta que se canse de vivir…!

Los Grandes Señores de la Guerra son llamados por los Tres Mandatarios.
Cada uno es el jefe de un poderosísimo ejército, al que ha provisto de armas especiales, inventadas por él mismo. Armas probadas en crueles guerras contra Venus, Contra Marte, contra Saturno…
Los Tres Mandatarios están seguros del éxito de la invasión: el ataque se desencadenara con tal cantidad de armas diferentes que la Tierra no podrá resistir.
La idea de conseguir un corazón humano para hacerse inmortal enardece a los Plutonios: noche y día trabajan las Grandes Fábricas Atómicas, pronto todo está listo para la invasión.
Cada uno de los Señores de la Guerra está ya al frente de su Gran Flotas Espacial.
Los Tres Mandatarios dan la orden de partir.

Cientos de Platos Voladores artillados forman la vanguardia de la Gran Flota. Detrás van las pesadas naves de transporte que conducen a millones de guerreros de choque; llevan inmensas cantidades de armas y todas las máquinas necesarias para reponerlas a medida que se vayan gastando si la guerra contra la Tierra llega a prolongarse.
Cosa en la que nadie cree: todos, desde Los Señores de la Guerra hasta el último guerrero, están convencidos de que en tres días terrestres la invasión habrá triunfado. Y que enseguida podrán empezar con la Cosecha de Corazones.

Makkara, el más anciano de los Señores de la Guerra, tiene el privilegio del primer ataque.
Dispone de un arma pavorosa, con la que paralizó de terror a los habitantes del Volcán Negro, cuando el exterminio de los venusinos.
Diez Platos Voladores se despliegan sobre Buenos Aires, la capital de la zona elegida para iniciar la gran invasión. Cada uno de los platos tiene un Proyector de Terror que sirve para proyectar sobre las nubes imágenes de pesadilla.
Por los Platos de Observación que durante años estudiaron la Tierra los Plutonios saben cuáles son las imágenes que pueden aterrar a los humanos.
Makkara, Gran Señor de la Guerra, piensa que la población de Buenos Aires quedará enseguida paralizada por el terror, que se entregarán sin intentar resistencia alguna.
Pero aquella no es la primera invasión que enfrenta Buenos Aires, ya conoció otras en su remoto pasado, Buenos Aires no es de entregarse porque le muestren fantasmas, por aterradores que sean…
Se abren silos subterráneos, poderosos cohetes “Montonera” rugen al encuentro de los platos voladores que el radar descubre detrás de las imágenes de pesadilla.
Rayos de Superneutrinos parten de los Platos Voladores, hacen estallar a los cohetes antes de que lleguen a destino.
Por detrás de cada “Montonera” vienen otros tres, cada uno antes de estallar llega más cerca de los Platos Voladores.
La última ola de cohetes da en el blanco, estallidos enceguecedores iluminan el cielo por una fracción de segundo. ¡Ya no existen los Platos Voladores!
Se apagan en las nubes las imágenes de terror.
Pero la invasión recién ha comenzado.
Makkara, el Gran Señor de la Guerra, se suicida al ver el fracaso de sus Proyectores de Terror. Pero ya acometen los Platos Voladores de Raaga, el plutonio que diezmó a medio marte.
Se acabaron los cohetes “Montonera”, Buenos Aires está indefensa. Un Plato Volador vuela ya a lo largo de la calle Corrientes, se detiene sobre la Plaza de la República. Son pocos los que alcanzan a verlo. Porque el Rayo de Superneutrino mata a cuantos alcanza, no da tiempo ni para el terror ni el grito.
-¿Y esa luz en la calle?- Se oye preguntar en las oficinas, en las casas, en los negocios.
La gente se asoma. Y ya está muerta. 
Desde la Plaza de la Republica, como una monstruosa araña de muerte, los Platos Voladores se dispersan sobre toda la ciudad. Llevan la muerte instantánea del Rayo de Superneutrino, descubierto por Raaga, el Gran Señor de la Guerra.

Todo ha ocurrido en muy pocos minutos, la aviación todavía no ha tenido tiempo de actuar contra la invasión.
Pero cuando se produce su contraataque es violentísimo, nubes de “jets” se lanzan contra los invasores, ningún piloto mide los riesgos.
Rayos de neutrinos barren el cielo, los jets estallan al ser alcanzados. Pero siguen llegando más y más jets, alguno logra incendiar un Plato Volador.
Entonces Raaga, Gran Señor de la Guerra de Plutón, apela a una de sus superarmas: el Rayo Magnético, capaz de imantar todo lo que toca.
Los “jets” alcanzados por el Rayo Magnético se convierten en superimanes, se atraen entre sí con fuerza irresistible, chocan, pronto son un confuso montón de metal que se precipita al suelo.
Algunos pilotos consiguen lanzarse en paracaídas.
No imaginan el fin que les espera…

-¡Señor profesor! ¡Hay que hacer algo! ¡Toda la ciudad está  muriendo! ¡Los Platos Voladores andan por todas partes!- El que habla es Bocha, un chico mendocino que está pasando unos días en casa de sus tíos, en Palermo.
Bocha ha oído que en aquel galpón trabaja un hombre extraño, el profesor Markus, dicen que es un verdadero sabio, por eso ha saltado la tapia para pedirle que haga algo.
-Llegas a tiempo, muchacho- Sonríe el profesor Markus, mientras mueve los diales y las palancas de un raro aparato- Sostén esta palanca mientras yo regulo la pantalla del televisor… ¡Pediremos ayuda a Saturno! ¡Los Saturninos son los únicos que pueden ayudarnos! Los conozco bien, hace mucho que me comunico con ellos…

Hasta Saturno llega el desesperado mensaje del profesor Markus. Minutos más tarde Uaur III, el Emperador de Saturno, imparte las órdenes para ayudar a la Tierra: el disciplinado ejército saturnino, que desde hace muchos años se arma en secreto, está listo para intervenir. Hace veinte años las flotas de Plutón destruyeron en los llanos de Marte una gran armada saturnina; desde entonces Uaur III y su pueblo sueñan con el desquite.
Bocha cree estallar de alegría cuando el profesor lo pone al tanto de todo aquello.
-Hace mucho que hablo con Saturno- termina el profesor- Son seres generosos, de coraje extraordinario… ¡Verás como ellos salvan a la Tierra de los Plutonios!

Entre tanto Xuri, otro de los Grandes Señores de la Guerra, el especialista en infantería, lanza sus tropas contra los cuarteles de Palermo.
Enjambres de Plutonios, armados de lanzarrayos e impulsados por micromotores, descienden sobre los cuarteles.
Pero la resistencia es decidida, heroica.
Las ametralladoras y los cañones antiaéreos barren del cielo a los atacantes, las bajas plutonias son incontables.
Son también muchos los muertos entre los defensores, pero por cada artillero que cae hay diez hombres ansiosos de ocupar su puesto.

En el televisor del profesor Markus asiste Bocha a escenas de grandiosidad terrible: agiles naves con forma de “cigarros” entablan furiosos combates contra los Platos Voladores de Plutón que patrullan las vecindades de la Tierra.
-¡Estos “cigarros” son Platos Voladores de Saturno!- Exclama triunfante el profesor Markus- ¡Cumplieron su promesa, los Saturninos acuden en ayuda de la Tierra!
-¡Pero… ¿Podrán vencer a los Plutonios?- Conteniendo el aliento, Bocha contempla la tremenda batalla.
-¡Por supuesto!- El profesor Markus estalla de entusiasmo- ¡Mira! ¡Los “cigarros” ya se abren paso! Aunque, desde luego, la batalla decisiva se librará aquí, en la Tierra…

Los Plutonios saben que la Tierra ha recibido ayuda de Saturno. Por eso redoblan el ataque, para doblegar el planeta antes de que le llegue el apoyo masivo del nuevo aliado.
Platos Voladores se entierran en los descampados de Villa Lugano, en Buenos Aires. Media hora más tarde están a cien metros de profundidad, debajo de Plaza de Mayo…
Encienden los desintegradores.
Una vasta área del centro de la ciudad se hunde de pronto, jamás terremoto alguno produjo catástrofe igual.
Todavía no se ha asentado el polvo del derrumbe cuando los platos sobrevuelan rasantes sobre las ruinas, irradiándolas con el implacable rayo de Neutrino.

Gerfko, otro de los Grandes Señores de la Guerra, ha dominado con sus flotas los mares de Venus y de Marte, y está resuelto a repetir la hazaña en la Tierra.
Sus platos penetran como dardos en el mar, decidido a adueñarse de las profundidades.
Pero ya entran en acción los “cigarros” de Saturno, también ellos desciendes bajo las olas, enseguida se entablan durísimas batallas submarinas a más de mil metros de profundidad. La lucha parece pareja, hay victorias y derrotas para ambos lados, pero por algo Gerfko, el Plutonio, ha conquistado océanos más difíciles aún que los terrestres…

Gerfko hace hundir en el centro mismo de la zona de la gran batalla submarina una invención suya, la boya-trampa que gira y gira en el fondo del mar produciendo en minutos un remolino irresistible.
Otros minutos más y el remolino culmina en una tromba colosal que se alza por sobre la superficie hasta los dos mil metros de altura: naves plutonias y saturninas son destrozadas por la tromba. Pero a Gerfko no le importa sacrificar unas cuantas naves con tal de quedar dueño del mar.
Y por cierto triunfa; los pocos “cigarros saturninos que escapan a la gran tromba deben refugiarse bajo el helado casquete polar ártico. ¡Gerfko, Gran Señor de la Guerra, domina por fin los mares de la Tierra!

Los Plutonios no les interesa negociar con los gobernantes terrestres, por eso no lanzan ningún mensaje, ningún ultimátum. Lo que ellos quieren es desatar el terror en la Tierra.
Cuando el pánico reine en el mundo, la cosecha de corazones humanos sea facilísima.
Los jefes plutonios quieren que cada uno de sus guerreros inspire a los humanos un terror total. Para ello los guerreros plutonios tienen orden de conducirse como criminales crueles, despiadados.
Obedeciendo a sus jefes, los guerreros plutonios matan, incendian, roban mujeres y chicos, aniquilan sin piedad a todo el que intente oponerse.

No solo sobre los animales actúa el Rayo Feroz… ¡También afecta a los hombres!
Un Plato Volador sobrevuela Córdoba, barre la ciudad con el Rayo Feroz.
Cuando se aleja, la ciudad se convierte en un campo de batalla, los hombres luchan entre sí, se combaten con el primer arma que encuentran, con palos, con cuchillos, con uñas y dientes…
Pero los Plutonios no abusan del Rayo Feroz. No les interesa que los seres humanos se aniquilen entre sí. Su propósito es otro.

No solo semillas siembran los Platos Voladores de Plutón.
También lanzan paracaídas con pequeños animales que recuerdan inofensivas lagartijas. Pero que, al poco tiempo de respirar la atmósfera terrestre, crecen y crecen hasta convertirse en gigantescos dinosaurios carniceros. Todo el desarrollo se realiza en menos de ocho horas.
Retumba ya el suelo bajo las patas de los monstruos.
Un hambre feroz los empuja, nada puede contenerlos.
Les resulta tan fácil cazar Saturninos. O seres humanos.
Muchas zonas del globo no han sido visitadas aún por los Platos Voladores del invasor.
El tránsito en la autopista Osaka-Tokio es casi normal; aunque la tragedia sacude al mundo, el industrioso pueblo nipón tiene que continuar con su trabajo.
Hasta que tremendas moles de enormes cabezas con bocas erizadas de agudos dientes aparecen en el quieto paisaje.
Para los dinosaurios, los autos son cáscaras que corren. Cáscaras muy fácil de cazar, dentro hay siempre un alimento cálido, sabroso.
Pronto en las carreteras quedan solo restos destrozados, los dinosaurios deben saciar en alguna otra parte el hambre atroz que los atormenta.

José Márquez, maestro de escuela en La Rioja, acompaña a sus casas a un grupo de alumnos, las clases acaban de suspenderse por tiempo indefinido.
Es aquel un valle quieto y apartado, pero hasta allí llega la invasión: una sombra se mueve en el filo de la sierra, es un dinosaurio de tamaño colosal.
El monstruo los ha visto, ya se viene a la carrera.
José Márquez, el maestro, no pierde la calma: hace esconder en una acequia a los pequeños. Y él se planta en el camino, bien visible, para atraer la atención del hambriento dinosaurio. No tiene escapatoria, pero consigue salvar a los niños. Que llegan a sus casas temblando por el horror que han vivido. Pero queriendo y admirando más que nunca al heroico maestro que se sacrificó por ellos.

Las armas más refinadas pueden resultar inútiles ante las armas de un pueblo primitivo.
Un Plato Volador de Plutón ha descendido en plena sabana africana: conduce científicos que desean estudiar la vegetación. Unos cuanto guerreros les dan protección con sus lanzarrayos.
Los aparatos detectores del plato vigilan sin cesar el cielo, descubrirán en el acto si se aproxima algún “jet” terrestre o algunos “cigarros” saturninos.
Tan refinados son los detectores electrónicos que no pueden descubrir el silencioso ataque que se acerca por entre la maleza…
Flechas y lanzas derriban a los Plutonios. Los que consiguen salvarse del primer ataque son rematados a golpes de maza.
No todo sale bien en los planes de Loon, el Señor de la Guerra que ataca con plantas carnívoras y dinosaurios. El nitrógeno de la atmósfera terrestre afecta a las plantas carnívoras, las hace crecer desmesuradamente. Y les despierta un apetito incontenible por la carne de dinosaurio.
Las plantas carnívoras dejan de perseguir a hombres y Saturninos, ahora atacan solo a los dinosaurios. Los monstruos se defienden, por todas partes se desatan combates desesperados.
Es un desastre que sorprende a los Plutonios: ya no podrán contar ni con las plantas ni con los dinosaurios, están demasiado ocupados en devorarse mutuamente.
Pero todavía les queda a los Plutonios tantas y tan terribles armas…
Un país europeo había desarrollado desde tiempo atrás una formidable arma secreta, un supertanque de más de quinientas toneladas, alto como un edificio grande, artillado con cañones atómicos.
Toda una escuadra de supertanques es lanzada al ataque, hay que batir de una vez a los Platos Voladores que dominan el cielo.
Pronto se entabla la batalla, en minutos la certera artillería de los supertanques aniquila a más de 50 platos. El rayo de neutrino de los platos, en cambio, no penetra el grueso blindaje de los supertanques.
Más Platos Voladores son lanzados al ataque, pero los supertanques los siguen barriendo del cielo como si se tratara de un ejercicio de tiro.
¿Serán los supertanques el arma capaz de derrotar a la invasión? ¿Lograrán ellos lo que no lograron los “cigarros” saturninos?

Los Platos Voladores de Gerfko, el Conquistador de los Mares, arman en el fondo del océano un inmenso rompecabezas.
Cada plato trae una pieza, plutonios-ranas las colocan en posición, con rapidez crece una enorme cúpula, en su interior se levantan vastas casamatas y retorcidas estructuras.
Es una fantástica ciudad submarina que construyen los Plutonios en el fondo del mar.
Allí, fuera del alcance de los “cigarros” saturninos, se inicia la fabricación acelerada y en masa de nuevos Platos Voladores. Para reemplazar a todos los que han sido destruidos desde que comenzó la invasión.
Gerfko contempla satisfecho la colosal obra. No sabe que pronto correrá un grave peligro.

En el cielo de Buenos Aires, y poderosamente escoltado, aparece un extraño Plato Volador, macizo y erizado de ondulantes antenas.
-¿Con que nueva arma atacaran ahora los Plutonios?- Por medio del televisor Bocha y el profesor Markus ven la llegada del plato misterioso.
-Y a propósito. Profesor- Continúa Bocha- ¿No le extraña a usted la poca eficacia de los saturninos? ¡Algo han hecho, pero la invasión continúa! ¡Y cada vez es más poderosa!
-Los Plutonios son demasiado poderosos… -Suspira el profesor- Pero… ¡Mira! ¡El plato misterioso se pone incandescente!

El Rayo del Tamaño funciona apenas, solo algunos chispazos llegan a la Tierra. Pero sus efectos son tremendos.
Una de las chispas del Rayo del tamaño toca a un caracol que devora una hoja en un jardín de san Isidro.
En pocos segundos el caracol crece hasta ocupar él solo todo el cantero., el perrito de la casa lo ataca pero el caracol es demasiado grande, ya se apoya en el ángulo de chalet, ya lo hace vacilar, ya lo derrumba.
Estirándose, el supercaracol invade el terreno vecino, su “casa” es tan alta como un edificio de seis pisos…
¡Y sigue creciendo!
Un último chispazo del Rayo del Tamaño produce el más inesperado de los efectos. A través de la ventana el rayo toca a Cirilo Cáceres, de doce años, que está desayunando.
-¡Cirilo!- Aterrada, la madre ve de pronto como Cirilo toca el techo con la cabeza.
El desventurado Cirilo sigue creciendo, ya la casa le queda chica, la revienta.
¡Y Cirilo sigue creciendo!
Espantado por lo que ocurre, Cirilo echa a andar. Ni se da cuenta de que, con cada paso que da, aplasta una manzana entera.
Ya ha crecido tanto que de un solo vistazo domina el río, la costa uruguaya, los verdes campos más allá de los suburbios. Y continúa creciendo, algo le nubla la vista.
Son nubes… ¡El desdichado Cirilo tiene ya más de tres mil metros de altura!
¡Y sigue creciendo!
Cirilo continúa aumentando de tamaño, ya su cabeza llega mucho más allá de las nubes.
Dos Platos Voladores se acercan a examinarlo. Cirilo los mira con odio incontenible. Cirilo los mira con odio incontenible: ¡Los platos son culpables de toda la tragedia que envuelve al mundo, por culpa de los Plutonios el mismo ha crecido tanto que ya nunca podrá apoyar la cabeza en el pecho de su madre!
Sabe también que los Platos Voladores pueden matarlo con sus rayos… ¡Lo sabe, pero el valeroso Cirilo no vacila!
Con rápido ademán estira los brazos, se apodera de los platillos, los estrella uno contra otro, los hace pedazos.
Respirando con dificultad, porque ya es tan alto que apenas si encuentra oxígeno, Cirilo Cáceres ve venir más platos voladores.
No los espera, va a su encuentro, los derriba con manotazos resueltos, es como cazar moscas. Solo que estas son moscas de terrible poder, armadas de un rayo quemante capaz de causar la muerte de cualquier ser viviente, por descomunal que sea su tamaño.
Cirilo sabe que su combate solo puede terminar con su muerte, pero igual continúa atacando, más platos sucumben bajo sus golpes enconados.
Por un momento se acaban los platos, ya no quedan más, Cirilo los ha vencido.
Pero Cirilo no se hace ilusiones, sabe que enseguida vendrán más, muchos más.

Llegan más platos voladores…
Cirilo sabe que pagará con la vida pero los acomete igual, sigue abatiendo a manotazos a cuanto plato se le acerca.
Hasta que recibe el impacto simultáneo de muchos Rayos de Neutrinos, los Platos Voladores lo “fusilan” desde la distancia.
Ya sin vida, el heroico Cirilo Cáceres se desploma sobre la ciudad, sepultando con el cuerpo centenares de manzanas.
Allí queda, con la cabeza cerca de la Plaza del Congreso y los pies más allá de la Avenida General Paz.
Las grandes ciudades son el blanco principal del ataque plutonio. Nueva York, la mayor ciudad del mundo, es demolida, arrasada, como si los Plutonios quisieran borrar su memoria para siempre. Funcionando como arietes, los platos voltean monumentos, rascacielos, puentes.
En pocas horas de ataque quedan reducidas a escombros obras que eran el orgullo de la ingeniería humana.
El plan de los Plutonios de dominar a los humanos por el terror se continúa cumpliendo.
Ya falta tan poco para que empiece la Cosecha Final…

Concentrarse en el aeródromo… concentrarse en el aeródromo…
Una sola frase, repetida por todas partes y en todos los idiomas.
Es la primera orden que los Platos Voladores venidos de Plutón imparten a los seres humanos.
Tan vencidos, tan sin voluntad ni esperanza están todos que la orden es obedecida sin vacilar.
Larguísimas filas de aturdidos sobrevivientes convergen hacia los aeródromos, pronto se agolpan multitudes inmensas que aguardan pacientemente alguna orden. Cualquier cosa con tal de dejar atrás el terror.
Ninguno lo imagina, pero la Gran Cosecha de corazones humanos está por comenzar…

Desde su escondite, Bocha asiste a la conferencia entre Uaur III, Emperador de Saturno y Markus, el ex profesor…
-¡Por fin llegó el momento que tanto esperamos, Markus!- Dice Uaur.
-Los Plutonios tienen casi todos sus ejércitos empeñados en la Tierra… ¡Ahora mismo atacaremos Plutón con nuestras nuevas armas! ¡Arrasaremos Plutón, no dejaremos piedra sobre piedra! Después…
El Emperador hace una pausa, Markus continúa por él.
-¡Después atacaremos la Tierra, ya casi destruida por los Plutonios! ¡No quedará con vida ni un solo animal, ni una sola planta!
-¡Sí! ¡Plutón y la Tierra serán nuestras! Con ellas en nuestro poder nos será facilísimo conquistar todo el Sistema Solar.
Mudo de horror, Bocha se repite una frase… “Ni un solo animal, ni una sola planta”… ¡Ni un solo ser humano!

Una flota formidable parte de Saturno, el bello planeta del anillo multicolor.
En poco tiempo salva la distancia que la separa de Plutón, ya están frente a frente las dos flotas, la gran armada saturnina y la flota defensiva de Plutón.
Las naves plutonianas se baten con valor desesperado, pero los “cigarros saturninos atacan ahora con rayos de Antimateria Reforzada.
La flota defensiva es barrida del espacio, en poco tiempo Plutón, el planeta de los hielos eternos, queda a merced del atacante que aprovecha en el acto la gran victoria sobre el milenario enemigo.

Los tres mandatarios indiscutidos, los gobernantes de Plutón, son sorprendidos por guerreros saturninos cuando intentan llegar a un plato volador, para escapar.
Locos de terror, los ancianos suplican misericordia, ofrecen todos los tesoros del planeta a cambio de sus vidas. No piden clemencia para la población de Plutón, solo ruegan por sus vidas, por sus tres pobres vidas de ancianos que llegaron al final de su tiempo.
Pero los Saturninos no los escuchan.
Un solo Disco Cegador basta para terminar con las súplicas de los otrora altos mandatarios indiscutidos de Plutón.

Otra señal, hay todavía más potencia en los proyectores de Antimateria que abrasan Plutón.
La agonía del planeta llega a su fin.
Huracanes de fuego braman en las calles, estallan los depósitos de combustible, revientan las cañerías de gas, las estatuas se derriten, ni un solo Plutonio queda ya con vida: los últimos, los que habían conseguido refugiarse en profundas cavernas, son aniquilados por el creciente calor de las rocas, ya incandescentes.
Plutón, el orgulloso, el despiadado conquistador de tantos mundos, el planeta que llego a tocar la inmortalidad, ha muerto.

El poderío de los Plutonios que están en la Tierra es muy grande: cuentan con miles de Platos Voladores y con millones de guerreros dispuestos a todo.
Gerfko, Raaga, Krakoa, los Grandes Señores de la Guerra, están ansiosos de vengar la muerte atroz de su planeta.
Pero ahora si los Saturninos se emplean a fondo: velocísimos “cigarros” fumigan el aire con el Gas de la Locura, un gas que enloquece a cuanto Plutonio toca. Contra los seres humanos no tiene efecto alguno.
Los millones de guerreros Plutonios, enloquecidos por el gas, se ponen a bailar y a gritar y a hacer cabriolas, solo los detiene la muerte por agotamiento.

Enloquecidos por el Gas de la Locura, los pilotos de los Platos Voladores estrellan sus naves contra el suelo. Todo el poderío de los Plutonios, que tan fácilmente derrotaran a la Tierra, es anulado en cuestión de horas.
Queda solo la débil resistencia que aun pudieran ofrecer los terrestres, pero los Saturninos no la tienen en cuenta: saben que los seres humanos ya nada pueden hacer.
Maniobrando con sincronización perfecta, las gigantescas naves de empuje ajustan el anillo en torno a la Tierra; el filo interno penetra en el suelo hasta un metro bajo el nivel del mar.

Desplazándose a más de veinte kilómetros por hora, el “anillo-topadora” sigue nivelando la superficie del globo.
Venecia, Berlín, Roma, las hermosas, milenarias ciudades de Europa corren la misma suerte que Moscú, hasta los más profundos cimientos son removidos por la ineludible hoja.
Tampoco París escapa; las famosas perspectivas de la Torre Eiffel, del Arco del Triunfo, del Louvre, desaparecen devoradas por la ola de rocas y tierra que precede al anillo-topadora.
Siempre a veinte kilómetros por hora la hoja de supermetal continúa avanzando.

Las aldeas en el corazón de la selva africana sufren el mismo destino de las grandes ciudades de Europa.
Oleadas de animales de todas clases corren para escapar del cataclismo, leones y gaceles huyen juntos, pronto se agotarán, la monstruosa ola de tierra los sepultará.
Salvajes bantúes bailaron danzan rituales en homenaje al nuevo dios que aniquila al mundo, ahora se postran con la fuente en el suelo, esperan cantando la muerte.

Al descubrir la traición del profesor Markus, que resulta ser un espía saturnino, Bocha sale desesperado a la calle, comprende que la Tierra está perdida.
Pero… ¿Qué pasa allí?
¡Dos Saturninos han derribado a un hombre, están por rematarlo!
Bocha no vacila, recoge un hierro de un montón de escombros, con un par de certeros golpes pone fuera de combate a los Saturninos.
Bocha no puede imaginar que, con esos dos golpes, comienza para él la aventura más fantástica que jamás vivió muchacho alguno.

-¿Qué averiguaron de los Saturninos, Mario?- Atrás queda el ganado embravecido, el jeep corre ahora por un camino con escombros, deben reducir la marcha.
-Descubrimos que… -Mario Vélez no termina la frase: de un pastizal sale media docena de Plutonios; saltan sobre el jeep, tratan de quitarle el volante a Mario.
Bocha los barre con el lanzarrayos, pero otros Plutonios saltan a sus espaldas, lo inmovilizan.
Mario pierde el control del vehículo, vuelcan en una zanja.
Vienen más Plutonios, es imposible resistirse…
-¿Me dirás ahora, Mario, que cosa tan importante descubrieron sobre los Saturninos?- Otra vez el jeep corre a gran velocidad.
Por toda respuesta Mario clava los frenos, lo que parecía una colina se alza de pronto, resulta un inmenso dinosaurio…
La enorme boca erizada de dientes se precipita sobre el jeep. Bocha no vacila: con pulso firme dispara el lanzarrayos contra el rojizo fondo de la hambrienta garganta.
Moribundo, el dinosaurio queda retorciéndose en la polvareda del jeep que se aleja.

El laboratorio del doctor Lanús, en Bahía Blanca, parece sacado de un relato de ciencia ficción. Junto al vasto galpón ya está en posición la cosmonave que llevará hasta Saturno el supermotor inventado por el sabio.
-¡Aquí tiene, doctor, la cinta para el piloto automático! ¡Contiene todos los datos para llegar hasta Saturno!- Anuncia Mario Vélez apenas llegan- Costó conseguirla, Buenos Aires está llena de Saturninos. Y aquí viene el comandante de la expedición… ¡Mi amigo Bocha!
Bocha mira sin comprender al doctor, pero este le señala a otros cinco chicos con trajes espaciales:
-Estos serán tus compañeros Bocha… pero váyanse de una vez, que no hay tiempo que perder.

Diez minutos más tarde, con ululante rugido, la cosmonave se lanza al espacio, proa al infinito.
A un costado lleva el nombre: “Esperanza”
Va al mando de Bocha, el muchacho que ya demostró coraje de sobra. El resto de los tripulantes, cinco chicos en total, todavía deben pasar por el bautismo de fuego. Pero Bocha confía en ellos, está seguro de que el doctor supo elegirlos.
La cosmonave había sido construida con la idea de explorar Marte, antes de la invasión. Según las computadoras, para que pudiera llegar mucho más lejos, hasta Saturno, debía llevar tripulantes de muy poco peso.
Por eso el doctor decidió tripularla con chicos.

Ya están en pleno espacio, atrás va quedando la Tierra, embellecida por el anillo que la está matando.
Unos minutos más y ya el planeta es solo un punto más entre los millones de estrellas y galaxias.
La “Esperanza” navega a velocidad enorme, pronto llegarán a Saturno.
Hay que aprovechar el tiempo, deben estudiar a fondo todas las instrucciones que le dio el doctor Lanús antes de partir.
-¡A estudiar muchachos!- Ordena Bocha- ¡En este examen no podemos salir aplazados!

El anillo-topadora, entre tanto, ha pasado sobre el océano, llega ya a las costas de Sudamérica.
Desaparece la bahía más hermosa del mundo, Río de Janeiro. Son nivelados los rascacielos de la industriosa San Pablo.
En el corazón de Brasil la multitud trata en vano de dejar atrás el nuevo terror. Ya están condenadas las obras de arte de Brasilia, construidas para que duraran siglos…
Un poco más y será el turno de Montevideo.
Después, Buenos Aires…

Impulsado por el supermotor, Saturno navega cada vez más velozmente por el espacio.
Los desesperados esfuerzos de los “cigarros” saturninos por apagar el supermotor son inútiles, la resistencia de los chicos capitaneados por Bocha no cede.
Ya casi no quedan “cigarros” en el cielo de Saturno, todos han sido sacrificados en la vana defensa.
Allá a lo lejos se detecta un punto luminoso…
Que crece y crece…
¡Es Plutón!
Ya Saturno se acerca a Plutón, el choque es inevitable.
El pánico enloquece a la población, es aterrador ver crecer en el cielo aquella bola de fuego que poco a poco va cubriendo el horizonte todo.
Uaur III, el Emperador, mira la escena con ojos dilatados por el pánico.
Ojos que de pronto no ven nada.
Uaur III, Emperador de Saturno, acaba de morir de terror.
El Supermotor continúa funcionando al máximo.

Un pequeño disco luminoso que poco a poco va aumentando de tamaño… con otro disco al lado, mucho más pequeño…
¡La Tierra!
Desde la cabina, Bocha y sus compañeros miran con el corazón estrangulado por la angustia.
¿Habrá llegado el anillo-topadora a Buenos Aires?
Pero…
¡No hay ni rastros del siniestro anillo!
¡Buenos Aires está intacta!
La cosmonave desciende en las afueras de Bahía Blanca. Una multitud delirante recibe a los vencedores de Saturno.

-Quise explicártelo antes, Bocha, pero bien sabes que no pude… -Mario Vélez, el maestro de escuela, vuelve a abrazar a Bocha, los dos ríen de alegría- ¡Lo que descubrimos sobre los Saturninos es que todos eran robots! ¡La energía que los sostenía emanaba del cerebro de Uaur, el Emperador y único verdadero habitante de Saturno! Al morir Uaur todos los robots dejaron de funcionar… una muerte súbita, todos los “cigarros” que andaban por el cielo se estrellaron contra el suelo…
-¿Y el anillo, Mario? ¿Qué pasó con el anillo?

-El anillo también dependía de la energía mental de Uaur…
Apenas la muerte apagó el cerebro del Emperador de Saturno, el anillo se desintegró, se hizo polvo.
-Quiere decir… ¡Que la victoria es completa! ¡Que se acabaron las amenazas contra la Tierra!
-¡Si, gracias a ustedes…! ¡Ahora hay que pensar en la reconstrucción! ¡Aprovechando los inventos de los Plutonios y de los Saturninos haremos una Tierra todavía más hermosa que antes!
Ya casi no lo escuchan los chicos, la multitud los está reclamando, todos quieren ver a los salvadores de la Tierra.


FIN

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