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domingo, 13 de enero de 2013

HISTORIAS DEL BUENOS AIRES SECRETO (V)


EL SECRETO DE LA CRUZ DE THORME (2º 
Parte)

Existen extrañas coincidencias en este mundo que nos rodea. Invisibles cadenas de causalidades se eslabonan entre si, en una apretada trama que afecta las vidas de aquellos que se ponen en su camino.

-EL VIAJE DE COLÓN (1492)-
La relación que se había forjado entre el mal llamado descubrimiento de América y la Cruz Daga de Thorme fue justamente una de ellas.

En el año 1492, aproximadamente por las mismas fechas en que Cristobal Colón arribara al nuevo continente, el maléfico instrumento de Satanás volvió a cobrar existencia en las mazmorras de la Iglesia de la Cruz, en la que había sido guardada casi 172 años atrás.

Los sacerdotes, temerosos de llamar la atención de la Inquisición, que únicamente los castigaría por supuestos pecados cometidos, cerraron a cal y canto las mazmorras, a fin de evitar que la cruz pudiera continuar con su perversa labor.

Pero todo eso resultó una defensa muy pobre ante un poder que poco entendían los religiosos.
Una perversa oscuridad comenzó a hacerse presente en los rincones de la inmensa iglesia, como si se tratara de una peligrosa fiera al acecho. En los días subsiguientes a la decisión de sus integrantes, las paredes se vieron invadidas por inmundas excrecencias purulentas, haciéndolas parecerse a una piel afectada por una corrupta gangrena.

Varios de los clérigos, por lo general los más débiles en sus convicciones cristianas, se vieron afectados por una dolorosa y terrible enfermedad, una infección putrescente, que destruía no solo los cuerpos sino que también lo hacía con sus almas. Mucho más tarde llegaba la locura y la muerte, luego de una ignominiosa agonía y renegando del dios en el que habían creído toda su existencia.

-ALEJANDRO VI (RODRIGO DE BORGIA)-
En ese mismo año también ocurriría otro evento que se hallaría íntimamente relacionado con las malas nuevas de Valladolid y que marcaría el destino final de la cruz.

El Papa Inocencio VIII fue sucedido por Rodrigo de Borgia al trono de Roma, tomando para sí el nombre de Alejandro VI, dando inicio a un periodo de decadencia moral y espiritual del papado.

Amparándose en todo eso, un grupo de altos cardenales de la Santa Sede, deseosos de obtener poder más allá de lo terreno y temerosos de su corta vida mortal, encontraron los viejos informes que la Inquisición había redactado en referencia al Papa Oscuro y a la existencia de la poderosa Cruz Daga.

Ansiosos por obtener un instrumento que aseguraría sus negros fines, se formó un selecto grupo secreto llamado Orden de la Cruz Oscura. Como es de suponer, su principal objetivo fue el tratar de descubrir el ya olvidado paradero del instrumento creado por Tormesolle y apoderarse del mismo. En muy poco tiempo esta siniestra hermandad comenzó a ganar adeptos entre aquellos que ambicionaban algo más que las promesas de un supuesto paraíso celestial.

Mientras tanto, los integrantes de la Iglesia De la Cruz continuaban con su silenciosa y heroica disputa contra el mal que yacía en sus entrañas. Esta lucha espiritual se extendería por casi 50 años y el hecho de que durara tanto se debió a la férrea voluntad del padre Guillermo Eduardo Real.
Olvidados del Vaticano y del mundo, emprendieron una tarea que superaba con creces a su más profunda fe. Muchas fueron las ignoradas víctimas de este olvidado enfrentamiento contra las fuerzas del mal, entre los que estuvo el mismísimo padre Guillermo.

Con la muerte de este último, la cruz volvió a cobrar nuevos bríos, por lo que los desesperados sobrevivientes se vieron obligados a pedir a sus superiores un inmediato traslado del nefasto objeto que estaban custodiando.
-SAN IGNACIO DE LOYOLA-

Esa ímproba tarea pasaría a manos de la recientemente nacida Compañía de Jesús o, como eran mejor conocidos, los Jesuitas. Esta progresiva congregación, creada en 1540 por San Ignacio de Loyola (1491-1556), se había encomendado a la misión de evangelizar y dictar enseñanza en Europa, Oriente y, más tarde, en la conquistada América.

Los Jesuitas soportaron estoicamente la carga que significaba la posesión de la Cruz de Thorme para sus vidas y, sabiamente, decidieron ocultarla del conocimiento general. Para ello, la guardaron en un cofre forjado en oro que había sido bendecido por el mismísimo Papa Gregorio XII muchos años atrás. Para su mayor protección, dicho cofre poseía tres cerraduras con una clave especial de apertura, solo conocida por las altas esferas de la Compañía de Jesús.

Muy pronto descubrieron que sus previsiones no habían sido en vano, ya que a sus oídos les llegaron algunas menciones sobre la existencia de la enigmática Orden de la Cruz Oscura, el grupo herético formado a espaldas del Vaticano, y su enfermizo afán por saber sobre el probable paradero de la creación de Phillipus de Tormesolle.
-Uno de las primeras versiones del sello de la
Compañía de Jesus-

A fin de evitar que fuera encontrada, el susodicho cofre fue pasando de mano en mano por las diferentes congregaciones jesuíticas que se hallaban desperdigadas por toda España. Quizá debido a la gran fuerza de voluntad y el espíritu de sacrificio de los Jesuitas, la Cruz Daga poco a poco fue calmándose y pareció sumirse en una suerte de letargo que duraría hasta principios del siglo XVII.

Una sola cosa sigue llamándome la atención de todo esto y es que, a pesar del peligro que representaba esa maldita cruz, nadie habló o sugirió que se procediera a su inmediata destrucción. Era como si la misma poseyera un escondido poder que impidiera el siquiera pensar en realizar un acto tan simple.

En todos esos largos años, la Orden de la Cruz Oscura buscó al elusivo instrumento por toda Europa. Tal fue su tenacidad que, finalmente, le llegaron informes de la sacrificada empresa que habían emprendido los padres jesuitas.

Sin perder tiempo, fueron enviados agentes a España en busca de pistas que les permitieran descubrir el derrotero y destino de la mayor fuente del mal que existía en el mundo de los mortales.

Y la verdad no tardó en salir a la luz.

Invocando falsamente el nombre de la Santa Sede, los enviados ordenaron a los Jesuitas que la Cruz de Thorme fuera enviada de inmediato a Roma para un profundo estudio. Los interpelados desconfiaron del súbito interés por un instrumento casi olvidado por el mundo cristiano y se negaron con presteza.

Fue así como dio inicio una dura confrontación entre la Compañía de Jesús y la demoníaca orden, que sería conocida dentro de los círculos internos como la Guerra Secreta de la Cruz.

Este enfrentamiento, encubierto del común de la gente por la catastrófica guerra político-religiosa de los 30 años (1618-1648), llevó a ambos bandos a enfrentarse en una serie de luchas que iban desde las intrigas palaciegas y la tortura hasta la confrontación directa entre las partes involucradas.
-GUERRA DE LOS 30 AÑOS-
Fue una época dura y terrible para que la fe fuera puesta a prueba, pero aun así los Jesuitas no flaquearon en su intento para que la cruz no les fuera arrebatada. Sabía perfectamente que, si caía en malas manos, el mundo civilizado podría sumergirse en un caos al cual difícilmente sobreviviría.

Luego del Tratado de Paz de Westfalia, que puso fin al cruento conflicto europeo y permitió el ascenso de Francia como potencia, con la consecuente decadencia del imperio español y la casa de Habsburgo, la Compañía de Jesús se halló sorpresivamente en inferioridad de condiciones con respecto a la por entonces creciente y poderosa Orden de la Cruz Oscura.
En esos aciagos días, la cruz pareció ir camino a transformarse en el ominoso poder para el cual había sido creada. Pero una luz de esperanza pareció surgir en un ignoto poblado situado a orillas del Río de la Plata, allá en las lejanas tierras americanas.

Su nombre: Santa María de los Buenos Ayres.


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