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lunes, 25 de noviembre de 2013

HISTORIAS DEL BUENOS AIRES SECRETO (IX)

MODERNOS DIOSES PORTEÑOS (3)
La única respuesta que puedo ofrecer a una cuestión tan ajena a mis conocimientos, es que tal vez estos mundos sean como haces de espacios y de tiempos paralelos
La Trama Celeste -Adolfo Bioy Casares

Los párrafos que podrán leer a continuación corresponden al libro del licenciado Juan José Giselli  llamado “Mitografías Contemporáneas”, editado en España en el año1991 por Ediciones Mandrágora, un concienzudo tratado sobre las diferentes mitologías modernas que aun persisten a lo largo de todo el mundo y, en este caso en especial, sobre la ciudad de Buenos Aires.


***

Desde tiempos inmemoriales, los mitos y las leyendas han conformado un todo indisoluble con las realidades cotidianas de la humanidad.

Dioses. Héroes. Monstruos. Trasgos. Dragones. Vampiros. Hadas. Duendes. Elfos. Greenlins. El Chupacabras. Candyman. El Runa Ututuruncü.

Todos ellos, y muchos otros más, son integrantes de un nutrido ejercito de bizarras criaturas fantásticas que nos han venido acompañando a lo largo de nuestras ajetreadas existencias, transformándose en representaciones de nuestros miedos, nuestras ignorancias y también, aunque a veces no lo parezca, de nuestros mejores valores.

Mujeres u hombres. Sabios o ignorantes. Buenos o malos. Ricos o pobres. Creyentes o no. Jovenes o ancianos. Todos presentimos en mayor o menor medida, según nuestras capacidades perceptivas, que hay un mundo que se encuentra más allá de nuestro mundo. 

Lamentablemente, debido a que nos hallamos abrumados por las realidades de una anodina existencia, nuestros sentidos se han ido embotando y ya nos resulta casi imposible el poder escuchar las palabras secretas. Los sonidos crepitantes. El andar subrepticio de aquellos que queremos creer que no existen más que en el mundo crepuscular que puebla nuestros sueños.

Quizá los niños más pequeños, con ese agudo sentido que los caracteriza, puedan darnos a conocer las verdaderas respuestas. Pero, desgraciadamente, para los adultos son tan solo niños… criaturas tan misteriosas como el universo que palpita alrededor de ellos y cuyas reglas son muy difíciles de ser comprendidas por nuestro entendimiento supino.

Afortunadamente todavía hay gente que no ha perdido esa infantil fascinación por lo maravilloso. Son seres humanos que aun buscan, en los rincones de la cotidianeidad, cualquier señal que los alerte sobre los universos y los reinos escondidos. Muchos de estos exploradores, alejados del concepto de creer que son únicamente invenciones de una mente febril o de una imaginación desbocada, se han preguntado una y mil veces sobre los orígenes de los mitos.

Y todavía siguen inmersos en una total oscuridad.

Algunos piensan que son interpretaciones dadas por la gente primitiva sobre aquellos fenómenos que resultaban inexplicables para sus limitados conocimientos sobre los hechos de la naturaleza. 

Otros, quizá los menos, han replicado que si bien esos tiempos de oscurantismo ya han quedado atrás y que muchos de esos misterios han sido explicados por el racionalismo científico, los mitos, lejos de desaparecer, se han mantenido e incluso se han visto potenciados por la llegada de nuevas y más misteriosas creencias.

¿Es que nos hallamos realmente ante una oscura y olvidada realidad?

¿Será cierto que tras nuestra tan fanfarroneada creencia de sentirnos los dueños de la creación se esconden otras verdades aun más increíbles?

¿Es que acaso extraños dioses primigenios todavía habitan en las oscuras tramas del universo mismo?

Hay muchas veces que creo que es así… solo es cuestión de mirar con atención hacia los lugares indicados. Solo debemos tener la paciencia necesaria para poder vislumbrar los signos y señales adecuadas. Estar atentos a los movimientos. A los rostros de quienes nos rodean.

A las sombras, que son tantas.

La ciudad de Buenos Aires no se halla exenta de todo este misterio. La multiplicidad racial presente en estas tierras ha traído consigo, a lo largo de los años transcurridos, extraños mitos y leyendas que, analizados muy de cerca, no parecen tales.

… y extraños nuevos dioses campan a sus anchas por sus callejuelas y barrios olvidados. Sus deíficos rostros nos observan desde las sombras, analizando con avidez nuestras grandezas y nuestras miserias.

Algunos, fríamente, estudian nuestro existir como si únicamente fuéramos parte de un intrincado experimento que ni ellos mismos recuerdan haber comenzado.

Otros, llenos de una furiosa lujuria, sorben de manera salvaje nuestras fuerzas vitales y nuestras alegrías.

También los hay que nos piensan producto de sus sueños o de un murmullo esbozado en la proterva oscuridad.

Y, afortunadamente, hay sustancias, formas y colores, cuyo poder excede el entendimiento y el racionalismo más analítico, que permanecen ignorantes de los pasos del hombre sobre este planeta y del devenir que nos espera en el futuro del universo.

Las sombras que pueblan la ciudad parecen siniestramente mayores, aun en horas del día. Más de algun transeúnte ocasional echa una mira subrepticia sobre su hombro, al sentir la oscura sensación de ser observado por extraños ojos que parecen no parpadear nunca.

Buenos Aires, como si se tratara de una entidad viviente, tiene sus propias vivencias. Leyendas secretas que son contadas, de boca en boca, entre los vecinos de los diferentes barrios alrededor de esa nueva fogata conocida como televisión.

Esta crónica de lo imposible, tan solo pretende ser un somero acercamiento a esta extraña realidad. Una pequeña mirada a esos sueños que poco a poco parecen ir cobrando sustancia entre aquellos que saben de su existencia.

Lo único que pido de tu parte, amable lector, es que abras tus sentidos y te sumerjas en este extraño periplo iniciático hacia el lado más oscuro de tus pesadillas... 

Y nunca dejes de mirar sobre tu hombro a las sombras que te rodean.

LAS CARÍSTIDES
Bajo la fría luminosidad de la pálida Febe, peligrosos predadores salen de cacería por entre las calles de la gran ciudad.

Sus aguzados olfatos, que pueden detectar la más mínima hebra de vida, los hacen avanzar presurosos entre los edificios, plazas, terrazas y, muchas veces, a través de las paredes, en busca de víctimas propicias que satisfagan sus malvados placeres.

Son seres bestiales, criaturas olvidadas por la razón humana, que aun pasean sus deformes presencias físicas por esta realidad que nos ha tocado en suerte.

Son Las Carístides, una escalofriante cohorte de entidades infernales, llenas de garras y dientes, que se hallan imbuidas de un solo pensamiento… 

El cebarse del hombre y su civilización.

Ninguna de ellas es igual a otra, tal es la diversidad de sus terribles y cambiantes anatomías. 

Algunas son criaturas descarnadas de múltiples miembros…

Otras, masas globulares con supurantes tentáculos espinosos…

También pueden ser duendes de rostros monstruosos… 

O formas lobunas de amplias sonrisas y dientes afilados… 

Terribles ángeles alados de rostros simiescos… 

Funestas criaturas reptantes, con muchos ojos o ninguno...

Diferentes formas para una misma entidad, que a su vez son muchas.

Sus voces, siniestramente ardientes y profundas, hablan sobre temas prohibidos y conceptos que el tiempo mismo ha tratado de olvidar, debido al significado que llevan implícitas las palabras emitidas por esas bocas sobrenaturales.

Pero ni siquiera Las Carístides mismas con conscientes de lo que dicen, mientras se desplazan, sedientas, en busca de sus presas. Ello nos hace pensar que dichas palabras son realmente obra de una conciencia superior, que ha dotado de vida a esas salvajes presencias, cuyos primitivos instintos solo viven para la caza, una tarea que vienen realizando desde tiempos inmemoriales.

La Diana cazadora, Artemis para la civilización griega, supo tenerlos a su lado en sus cinegéticas correrías bajo la luz de la luna. Pero las mismas eran fieras crueles y sádicas que muchas veces se cebaban de los inocentes que tenían la mala fortuna de ponerse en su camino, por lo que la furiosa diosa los condenó a morar en los mundos subterráneos que se hallan más allá del mundo de la vigilia.

Allí vivieron sus existencias, en el tártaro infernal, acechando al incauto que se atrevía a desafiarlos, viviendo mucho más allá de los viejos dioses pre cristianos que supieron condenarlos a su ostracismo de sombras.

... y aun hoy habitan en esos sitiales, en los nuevos y oscuros infiernos que la humanidad ha sabido construir por debajo de las enormes ciudades en las que habitan. Allí todavía persisten sus agudos dientes, sus garras poderosas, sus secreciones y humores pestilentes.

Acechando en una eterna cacería sin tiempo.

El Ghurín
¿Qué espantoso horror malevolente pudo engendrar tamaña blasfemia? 

¿Cómo es posible que un alma inocente pague de tal forma su razón de haber venido a este mundo?

La única respuesta a estos interrogantes se halla escondida en el putrescente alcantarillado de la misteriosa Buenos Aires, en donde una monstruosa abominación arrastra su inhumanidad en una búsqueda incesante y sin sentido aparente.

Eso es El Ghurín. Una pavorosa aberración gestada únicamente en las terribles pesadillas que un ser vivo pudiera tener. Es el horror andante. La Némesis de toda la humanidad. Su dios devorador.

Solo algunos pocos, aquellos que lograron sobrevivir a su presencia, han visto su verdadera esencia avanzando entre la semipenumbra de los sitios en los que habita.

El cuerpo sobredimensionado de una criatura nonata, apenas arribada a este mundo, que se halla habitada por una oscura entidad que se ha posesionado salvajemente de su aterrada alma. Unos largos brazos llenos de duras excrecencias espinosas. El rostro de un niño asustado, impregnado de un llanto inexplicable y terrible. Unos ojos ciegos y vacuos, como si estuvieran mirando más allá de la realidad que te rodea. Una boca espantosa e imposible atravesando su pecho, la cual babea deseosa por algún desconocido nutrimento, que viene buscando desde su ignota concepción. 


Una deforme esencia, enjaezada con los restos de las criaturas que habitan lejos de la luz, de la que emanan fétidos aromas, producto de los putrescentes icores que exuda su piel amarillenta.

Tal es la presencia de El Ghurín. Tal es su horror andante. Vagando... siempre vagando sin sentido desde mucho tiempo atrás, cuando la ciudad era una simple y rústica aldea a orillas del río.

Casi nadie logra escapar a su mortal encuentro, no sabiéndose a ciencia cierta cual es el destino de esas pobres víctimas. Los pocos que lo hacen jamás vuelven a ser lo que antes fueron, alimentando de una forma terrible a esa entidad que camina sin pausa en las profundidades, ya que portan consigo el estigma de su existencia.

El terrible recuerdo de unos ojos ciegos y vacuos que parecen mirar mucho más allá de la realidad que rodea esta espantosa e inimaginable ciudad.

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