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domingo, 28 de septiembre de 2014

LA INIQUIDAD DE LAS SOMBRAS (4) por Daniel Barragán


CAPITULO IV
VISITA AL PASADO
 
La espesa niebla había dejado dejado de rodear a la Juan Salvo, para ceder su lugar a una oscuridad que resultaba ser aún más inquietante. El silencio, cual si fuera una pesada carga sobre nuestros hombros, se hizo entre todos los que nos encontrábamos parados frente a la ventana de observación.
 
Finalmente, en un intento por no perder el tiempo en inútiles y atemorizadas contemplaciones que no conducían a nada, la capitana Molina activó el sistema de apertura y la esclusa se deslizó con un apagado zumbido. La luz interior de la esfera hirió la negrura imperante y, por unos breves instantes, creí estar ingresando en una realidad que era totalmente diferente de la que habíamos conocido hasta el momento.

-“Una visita a nuestro pasado mediato- Pensé estremecido- Nada de dinosaurios ni mamuts… ¡Seres humanos como nosotros! ¡Nuestros antecesores!”

Con pasos lentos, avanzamos por la plataforma de descenso. A nuestros oídos llegó el reverbero de mil ecos apagados. Me pareció adivinar a cierta distancia unas inmensas estructuras, apenas perfiladas en la oscuridad.

-Evidentemente nos hallamos dentro de algún tipo de edificación de enormes dimensiones- Dijo la capitana sin detener su cauta marcha.

Por unos instantes me pareció que el tono presente en su voz revelaba cierto temor, algo muy inquietante en una persona tan adusta y severa como lo era ella. Lo descarté de inmediato, atribuyéndolo a mis propios miedos nacidos a expensas de la cerrada lobreguez en la que estábamos envueltos.

-Este lugar tiene el típico aroma de las cosas muy viejas- Murmuró Serkis, quien se hallaba a mi derecha- Puede tratarse de un museo... o una biblioteca- Husmeó el aire ruidosamente, evidenciando una gran emoción- ¡Huela Dewan!... ¡Es evidente que se trata del aroma de libros viejos!

Aspiré profundamente y un penetrante aroma a decadencia me hizo toser, hasta que gruesas lágrimas comenzaron a rodar por mi rostro. Miles de ecos volvieron a escucharse, como si unos fantasmas hubieran sido despertados por nuestra osada intromisión. No pude evitar que un nuevo estremecimiento recorriera mi cuerpo, al pensar en esa idea tan estrafalaria.

-¡Teniente Rotera, encienda las luces de posición! ¡Doctor Andersen, compruebe nuevamente el origen de la fuente de emisión y trate de obtener alguna información que nos pueda ser útil!- Ordenó la capitana por el intercomunicador- Es evidente que no hay nadie por aquí que pueda vernos.

Los faros direccionales se encendieron y lo que revelaron sobrecogió mi corazón.

Dispuestos en laberínticas e interminables hileras de estantes de oscura madera, los viejos lomos de miles de libros hacían relucir, furiosas, sus filigranas de oro y plata ante la luz que había osado perturbar su adormecida existencia.

-¡Lo sabía!- Exclamó alborozado el lingüista, sin reparar en los ruidosos ecos que estaba produciendo su aguda voz- ¡Llegamos a una biblioteca!

No pude evitar sonreír, cuando me di cuenta que Serkis se parecía a un sorprendido chiquillo que hubiera recibido de regalo algún juguete largamente esperado.

-¡Todo esto es tan solo basura acumulada ocupando un espacio innecesario!- Amonestó con desdén Arthus- Nuestra biblioteca virtual, allá en ciudad Helios, es la décima parte de todo esto. En ella podemos encontrar la sabiduría universal... y todo en económicos bits de información.

-Debidamente resumidos y expurgados de toda aquella información que no sea conveniente para el conocimiento público- Replicó Serkis, que no estaba dispuesto a dejarse intimidar por las críticas de mi amigo. Se acercó a uno de los enormes anaqueles y acarició el polvoriento lomo de uno de los libros- Nunca se va a poder comparar una computadora con un libro. En ellos se viven cada uno de los pasajes de una narración o una idea. Cuando tocamos sus páginas podemos sentir a la pluma del escritor rozándolas. Uno puede llegar a imaginarse sus horas de desvelos, sus alegrías, sus penas... y también sus temores.

-¡Estupideces!- Rió despectivo Cedis. Su exagerado desprecio por los gustos de Dakaris me sorprendieron enormemente- La poesía y la fantasía ya no tienen cabida en nuestro mundo. Lord Byron... Shakespeare… Cortazar… Borges… Cervantes… Asimov, son simples recuerdos de un pasado decadente y hoy tan solo son coloridos nombres para denominar avenidas, plazas y naves espaciales o temporales.

-Le recuerdo querido doctor que no estamos precisamente en nuestro bienamado mundo en donde todo está embalado y etiquetado. En estos momentos nos encontramos varados en ese pasado “decadente” que parece despreciar con tanta vehemencia.

Arthus ya iba a contestar de mala manera a su opositor, cuando la capitana, haciendo un ademán furibundo, les ordenó callarse.

-Un ruido... –Fue su único comentario.

Todos permanecimos tensos y agazapados, con nuestras manos apoyadas en las culatas de las pistolas que llevábamos, pero no pudimos captar nada. Solo había silencio y oscuridad.

-¿Qué escuchó capitana?- Aventuré a preguntar en voz baja.

-No sé... me pareció escuchar un sonido muy tenue, como si algo estuviera arrastrándose entre los anaqueles que se encuentran más allá de donde llegan nuestras luces- Permaneció durante unos instantes en silencio, intentando volver a captar el sonido que había llamado su atención- Por un momento tuve la sensación de que algo nos estaba acechando.

-“¿Algo? ¿Por qué no dijo alguien?- Pensé extrañado, sin poder quitar la vista de las sombras que nos rodeaban- ¿Por qué no alguien?

-Quizá haya sido una rata- Dijo Serkis, adelantándose unos pasos hacia la oscuridad. No se lo notaba en lo absoluto atemorizado- Era bastante frecuente encontrar este tipo de criaturas en estos sitios.

-Un punto más a favor de mis razonamientos- Recomenzó Arthus, evidenciando un gran fastidio por lo que estaba pasando. Me pregunté si no estaría tan asustado como yo lo estaba en ese momento- Los libros y bibliotecas solo traen suciedad y enfermedades.

La agria respuesta del lingüista quedó en las intenciones, pues en ese mismo momento Andersen y Rotera hicieron su aparición. Por unos instantes, ellos también se sintieron embarazados ante la magnificencia del lugar, pero finalmente el relativista rompió el cargado silencio que se había vuelto a adueñar entre nosotros:-

-Capitana, pude volver a comprobar la fuente de emisión y afortunadamente no se encuentra lejos de aquí. Ya cargué las especificaciones en los detectores personales. La misión no creo que pueda llevarnos mucho más de un par de horas.

Todos, menos la capitana, nos sentimos embargados por una gran desazón ante la idea de visitar un tiempo en el que el hombre ya existía. Si bien nuestras armas y trajes de biokevlar podían defendernos de cualquier agresión, temíamos más a las posibles consecuencias que la paradoja de Bradbury pudiera acarrear.

Según postulaba la misma, cualquier alteración en este periodo de tiempo (por pequeño que fuera) podía cambiar de manera exponencial nuestro futuro, encontrándonos al volver con un mundo totalmente diferente al que habíamos dejado a nuestra partida. Si bien muchos teóricos afirmaban que esas alteraciones ya se habrían producido y no éramos conscientes de ello, no me sentía precisamente con ganas de realizar ninguna comprobación personal sobre todas esas conjeturas.

Particularmente amaba muchas cosas de mi presente como para perderlas de una forma estúpida como, por ejemplo, matar por error a alguno de mis ancestros.

-Pongan las armas en modo aturdidor. No queremos muertos en esta excursión- Ordenó la capitana, ignorando los evidentes gestos de preocupación entre todos los presenes- El teniente Rotera y el doctor Dakaris se quedarán en la nave, para vigilar que nadie entre en la biblioteca. Resulta evidente que afuera es de noche, pero no vamos a correr riesgos innecesarios. El resto me va a acompañar como apoyo táctico- Volvió a mirarnos a todos con ojos centelleantes- ¡Y no disparen, a menos que su vida dependa de ello!

Con cierta torpeza de mi parte, producto quizá de mi ansiedad, ajusté mi Bart-Davidson multifunción en el modo Tasser, una descarga aturdidora cuyo único problema no pasaba de un desmayo y posterior dolor de cabeza.

-“¿No tendremos acaso una confrontación con Tempoterroristas, que no van a dudar en disparar a matar si nos ven?”- Se preguntó mi yo interior.

-No te preocupés porque tengamos algún enfrentamiento con los locales- Murmuró Arthus, mientras ajustaba su propia pistola. Si bien su conversación parecía casual e indolente, sus gestos evidenciaban el mismo tipo de preocupaciones que yo estaba sintiendo- Lo más probable es que no se den cuenta de nuestra presencia. Las ropas que llevamos no son tan raras y siendo de noche podemos incluso llegar a pasar desapercibidos...

-¡Está bien papá!- Respondí con tono burlón- Pero creo que ya estoy bastante grandecito como para que me cuides de esa manera.

Una vez realizados los ajustes, Arthus y yo nos reunimos con el resto de nuestros camaradas.

-Quédese tranquila capitana- Estaba diciendo en esos momentos el lingüista, que ya tenía un libro de gruesas tapas acunado entre sus brazos- Tengo mucho que investigar y escanear en esta biblioteca. Pude llegar a ver algunos libros que ya estaban desaparecidos desde antes de la crisis del papel...

La capitana se permitió esbozar una sonrisa ante el entusiasta comentario de Dakaris. Pero el gesto fue breve, volviendo a adoptar el porte militar que la caracterizaba.

-“¡Esta mujer si que sabe esconder sus sentimientos!- Pensé con cierta envidia, mientras la veía alejarse- Hay momentos que parece tener la sensualidad de una pared de ladrillos... ¡No me puedo imaginar su vida con esposo y, según me contaron, dos hijos!

Con paso firme, la capitana se dirigió hacia la puerta de entrada de la biblioteca, la cual se hallaba a unos veinte metros de donde nos encontrábamos. La misma era una inmensa mole de madera de roble, adornada por una multitud de figuras talladas que resultaban ser harto extrañas como para haber sido realizadas por manos humanas. Dichas tallas parecían representar a un amorfo ejército de bizarras criaturas de características indefectiblemente demoníacas. Me sentí agradecido por no poder observarlas con claridad, ya que sus poses y maléficos rostros me provocaron una gran inquietud.

Al prestar atención a mi alrededor me di cuenta que el resto de mis compañeros compartían, aunque intentaban no demostrarlo, los mismos sentimientos que anidaban en mi interior.

La temblorosa mano de la capitana se alzó hacia la puerta de manera muy lenta, como si temiera que esta pudiera llegar a producirle algún tipo de daño. A mi lado, Arthus se apoyaba alternativamente sobre un pie y sobre el otro con evidente nerviosismo.

-“Todos estamos muy lejos de sentirnos tranquilos- Pensé con amargura- Mal que nos pese, nuestra visita al pasado ha dado inicio".


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