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jueves, 10 de julio de 2014

EL CAZADOR DE MITOS (1)

AULLIDOS A LA LUZ DE LA LUNA
-Bueno Don Otero, ¿Cuál es el motivo por el que ha solicitado mis servicios?- Preguntó Chávez, luego de haberse realizado las presentaciones de rigor- No todos los días un gran terrateniente me llama personalmente por teléfono, cuando lo normal es que lo haga una secretaria, secretario o chupa medias de turno... y usted no se parece a ninguno de esos.

-No se impaciente señor Chávez... y por favor llámeme Don Isidoro, aunque aun no sepa cual es su nombre de pila...- Respondió sonriendo el interpelado, al tiempo que le ofrecía un generoso vaso de whisky.

-Todos me llaman Chávez... sean amigos o enemigos.

-Entonces espero ser parte del primer grupo- Otero rió con ganas ante la dura franqueza de Chávez, mientras se servía para sí un vaso y volvía a sentarse en su sillón. Por unos instantes lo estudió detenidamente, evaluando al singular personaje que tenia delante suyo. 

El llamado Chávez, famoso cazador e investigador de casos asociados con peligrosos animales salvajes, no poseía la típica apostura de alguien que era poco menos que una leyenda entre la gente de campo. De algo más de cincuenta años de edad, tez oscura como la de un indio, generoso bigote, algo gordo y de apenas un metro setenta de altura, era la antítesis de lo que podía ser llamado un famoso cazador… o, como algunos lo habían apodado, “el cazador de mitos”. 

Pero, al reparar en los ojos, se dio cuenta que en su interior anidaba una inflexible determinación que lo colocaba muy lejos de parecer un hombre débil de carácter o un cobarde. En esos ojos oscuros podía adivinarse la fiereza de un animal salvaje, la cual se hallaba apenas cubierta por una leve capa de civilización. Era la mirada propia de un criatura depredadora, siempre lista para entrar en acción. 

Don Otero no pudo evitar que un inquietante estremecimiento recorriera su cuerpo. Tratando de no manifestar ese tipo de sentimientos, que particularmente consideraba como síntomas de debilidad, tomó un largo trago de su bebida.

Chávez no se dejó intimidar por la imponente presencia del estanciero. En sus muchos años de cazador (ya fueran bestias o seres humanos) se había plantado cara a cara con la muerte en situaciones mucho más terribles y amenazantes que las que le podría ofrecer un multimillonario, quien probablemente solo sabía contar cabezas de ganado. 

Mientras agitaba su propio vaso de (“¡Muy buen!”) whisky a la espera de las explicaciones pertinentes, trató de recordar todo lo que sabía respecto al insigne Don Isidoro Nemesio Otero Araoz. 

Hijo único de una familia de alta alcurnia (de la que incluso se decía que había tenido antepasados que habían formado parte de la corona española mucho antes del descubrimiento de América) Don Isidoro se había destacado desde temprana edad por su ambición y deseos por superar a sus ya poderosos progenitores, lamentablemente fallecidos unos 40 años atrás. 

Una vez al mando de las empresas que le fueran heredadas, había usado gran parte de su inmensa fortuna en la compra de campos en varias de las mejores zonas ganaderas que se encontraban a lo largo de todo el país. Un verdadero y auténtico potentado que, a sus setenta años, aun dirigía con mano de hierro los destinos de miles de empleados que trabajaban bajo su servicio, sin la necesidad de la ayuda de nadie.

Pero, de una manera harto extraña, Don Isidoro lo había llamado de manera personal para que realizara un trabajo en una de sus muchas estancias. La misma, que había comenzado a explotar no mucho tiempo atrás, se hallaba en una localidad poco conocida llamada Pueblo Chico. A pesar de las muchas preguntas que le hiciera al estanciero, pues odiaba trabajar a ciegas sin saber de que se trataba la cosa, este último había evitado hacer algún comentario al respecto, aunque si había prometido una interesante suma de dinero para que el cazador se hiciera presente en el lugar lo antes posible.

Intrigado y a la vez deseoso por ganar dinero fácil, pues a pesar de su fama no era precisamente millonario, había cargado sus armas en la camioneta (entre ellas un Winchester de fabricación especial con mira infrarroja y una enorme pistola Colt Python 357 Magnum con cacha de marfil, que le fuera regalada por un ya olvidado mandatario africano en una de sus tantas excursiones al exterior del país) y, tras un viaje de no mas de un día, arribó por fin a la estancia El Rivereño, una extensión de unas 10000 hectáreas, cercana a Pueblo Chico.

-El motivo por el que lo llamé personalmente se debe a la extraña situación en que, sin desearlo, me he visto envuelto- Dijo Otero, interrumpiendo la línea de pensamiento de Chávez- Pero antes de contarle todo el asunto… ¿Le puedo hacer una pregunta?- Ante el silencioso asentimiento del cazador continuó- ¿Qué sabe usted sobre la leyenda del Lobizón?

Chávez miró sorprendido a su contratista, pensando que le estaba tomando el pelo. Pero al mirarlo fijamente, comprendió que no había ningún rasgo de humor en el rostro del mismo. Aun más, se lo notaba bastante preocupado.

-Desde ya le digo que no creo en leyendas- Contestó finalmente con cautela, al tiempo que dejaba el vaso sobre el escritorio- Las leyendas son solo cosas para los viejos que les gusta que les presten atención o para asustar a los chicos que se portan mal. Yo hace rato que deje de ser un chico asustado y tampoco tengo interés de que me presten mas atención de lo debido- Al ver que el gesto de preocupación de Otero comenzaba a desaparecer, prosiguió- Pero volviendo a lo que me preguntó, le puedo informar lo que sabe casi todo el mundo... que el séptimo hijo varón todas las noches de luna llena se “emperra”, mata al ganado… y, según dicen otras historias mas truculentas, asesina cristianos. Lo único que puede detenerlo es una bala de plata consagrada y de día es una persona común y corriente. Nada que no se haya visto en una película sobre los hombres lobo... ¡Nada más que un montón de tonterías!

Don Isidoro sonrió satisfecho ante la respuesta del cazador y se tomó de un trago lo que quedaba de su bebida.

-¡Bien, muy bien!... ¡Me alegro que no crea en todas esas pavadas propias de ignorantes!- Levantó su mano en un gesto apaciguador, al observar la creciente impaciencia de Chávez- Mi pregunta tiene mucho que ver con el motivo de su contratación... 

“Desde hace un par de meses ha venido apareciendo por mis tierras una gran cantidad de ganado muerto y severamente mutilado. Las marcas que encontramos en ellos eran similares a las mordeduras de uno o más animales de gran tamaño. Los peones, por supuesto, se asustaron mucho al pensar que podría tratarse de un Lobizón que se estaba cebando con el ganado del lugar.

-Seguro que es una manada de perros cimarrones.

-Eso es lo que me imaginé, pero es muy difícil convencer a la gente del lugar. El mayor de mis problemas es que adquirí estas tierras hace apenas un año y todavía me resulta muy difícil lograr una buena producción ganadera. La semana pasada, uno de los baqueanos pudo ver hacia el anochecer un grupo de perros salvajes corriendo por uno de los campos del norte, en dirección al pueblo. Inmediatamente armé un grupo de caza y salí en su persecución. Pero fue en vano. Por supuesto, muy a mi pesar, la leyenda de Lobizón volvió a hacerse presente. Esos perros son muy taimados y se esconden con rapidez de la vista de mis hombres.

“Fue entonces que escuché algunas historias sobre sus hazañas, especialmente esa en la que debió enfrentar a un chancho salvaje gigante en el norte que era bastante peligroso. De inmediato me puse en contacto con usted, apelando a la mayor discreción posible- Sonrió avergonzado- ¿Se imagina que dirían mis pares y mis competidores si supieran que no puedo contra una simple banda de perros sarnosos?

-Concretando el asunto –Interrumpió con brusquedad Chávez, mientras se levantaba de su asiento y se dirigía hacia el gran mapa de la zona, que se hallaba en una de las paredes de la habitación- Usted quiere que haga desaparecer definitivamente la amenaza de esos chuchos de la manera menos conspicua posible, así puede seguir contando cabezas de ganado... ¿En que lugares fueron encontrados?

-Casi todos los avistamientos se produjeron en las cercanías de Pueblo Chico. El límite norte de mis campos está a menos de media legua del mismo, por lo que supongo que ingresan por este lado- Señaló un punto en el mapa, correspondiente al vado de un río- Desde ya le digo que tiene a su disposición todos los medios y hombres que le hagan falta...
-Le agradezco, pero no necesito nada... ni a nadie para realizar este trabajito. Me las puedo arreglar perfectamente con lo que traje en mi camioneta- Miró a Otero y esbozó una dura sonrisa- Únicamente vaya preparando el cheque por mis servicios para cuando esté de regreso.


*****

Chávez se acomodó lo mejor que pudo en la depresión de terreno, en donde se venia escondiendo desde hacía tres noches. Dicho lugar se encontraba a no más de veinte metros del vado, al que Otero se había referido como el paso obligado de los perros salvajes. La espera había sido muy larga, fría y, sobre todo, muy tediosa.

-¡Lobisones!- Murmuró despectivamente para si, mientras miraba por enésima vez a través de la mira de su rifle- Parece mentira que en estos tiempos todavía se hablen semejantes cosas.

La noche había caído hacia dos horas y ya la fauna nocturna se había hecho presente con su característica cacofonía. Ranas, sapos y multitud de chirriantes insectos saludaron a la luminosa luna llena que había hecho su aparición en el horizonte. Chávez sonrió agradecido, pues la gran brillantez otorgada por la señora de la noche iluminaba con una claridad espectral el lugar que se hallaba bajo su vigilancia.

Crac. El súbito sonido de una rama rota se dejó escuchar al otro lado del río. Los ruidos que eran típicos de la noche se acallaron en su totalidad. Chávez apretó con firmeza el rifle que estaba en sus manos e intentó identificar la fuente del mismo. 

No tenía duda alguna que algo muy grande se estaba acercando al vado y no era precisamente humano. 

Chávez se sumergió con rapidez en el espíritu del cazador. El olor de la adrenalina inundó sus sentidos, transformando al simple ser humano en algo poderoso e invencible. Por unos instantes se sintió como un omnipotente señor de la vida y de la muerte.

Envuelto en un silencio total quitó el seguro del rifle. Su vista, increíblemente aguzada a pesar de su edad, captó una presencia emergiendo de la espesura y no se sorprendió en lo absoluto, cuando pudo reconocer lo que veía a través de la mira telescópica.

Un perro cimarrón de gran tamaño, pero inequívocamente un perro, se hallaba parado a orillas del río mirando con atención hacia la zona correspondiente a los campos de Otero. El animal, de color azabache brillante, se mantuvo esa posición durante un lapso que pareció una eternidad, como si estuviera analizando los pasos a seguir. El cazador también permaneció extremadamente quieto, esperando la aparición del resto de la manada.

-“Si se escapa el resto, no voy a solucionar mucho el problema"- Pensó con acierto. Si bien podía matar al jefe, el resto lograría escapar y nunca podría volver a cazarlos.

Los ojos del perro parecieron brillar con fiereza, al reflejarse la luz de la luna sobre ellos. Finalmente, levantó su cabeza hacia la pálida Febe y soltó una serie de cortos ladridos. Como si fueran duendes nocturnos, unos 10 perros mestizos, de variados tamaños y formas, se pusieron al lado de su jefe de manada.

Con lentitud Chávez apuntó a la cabeza del mastín. Su dedo se amartilló sobre el gatillo, esperando el momento oportuno. Debía disparar con rapidez y precisión, a fin de poder eliminar la mayor cantidad posible de animales antes que estos se dispersaran.

La mira poco a poco fue centrándose en el perro negro, que en esos momentos examinaba con cautela la orilla opuesta del poco profundo vado. De manera súbita, como si hubiera tomado conciencia de la presencia del cazador, giró su cabeza hacia donde el cazador se hallaba emboscado. 

En los refulgentes ojos de la bestia, Chávez creyó vislumbrar una inteligencia mucho mayor que la normal en un simple perro. Sorprendido por la penetrante mirada detuvo su acción. Por unos instantes tuvo la sensación de que su mente y la del can eran una. 

Cazador y presa parecieron fundirse en uno, dando la sensación que el mastín podía leerle la mente y la inminencia de su muerte. Aun así permaneció parado en toda su salvaje magnificencia, desafiando al fatal destino que caía sobre el. Chávez se sintió liberado del misterioso embrujo. Su dedo se cerró finalmente sobre el gatillo.

El estampido del Winchester se dejó escuchar en la quietud de la noche.


*****
Al día siguiente Chávez estuvo muy atareado recorriendo el pueblo. Por la tarde se dirigió a su hotel, a la espera de un llamado proveniente de la Capital. Cuando estaba anocheciendo se dirigió por fin hacia la estancia El Ribereño.

-Don Otero lo está esperando en su oficina- Le informó una suerte de secretario-guardaespaldas, de anchos hombros y cara de pocos amigos.

Acompañado por el gigantón, se encamino hacia la oficina en la que fuera recibido unos días atrás. Al ingresar se encontró con el estanciero sentado detrás del escritorio. En su delgado rostro podía verse una gran sonrisa de satisfacción. 
-¡Bienvenido amigo Chávez!  ¡No sabe cuánto me alegra el que haya podido cumplir con su misión!... Anoche pude oír los disparos desde aquí. ¡Me imagino que fue un gran espectáculo la matanza!

Asintiendo calladamente, Chávez se sentó en el sillón frente a Otero y esbozó la mejor de sus sonrisas. No le caía nada bien su interlocutor pero, tratándose de quien lo había contratado por una buena suma de dinero, valía la pena dejar de lado sus sentimientos.

-González- dijo Otero Araoz, dirigiéndose al secretario- tráigame el cheque que esta en la gaveta... en el cajón de la derecha.

Mientras esperaban a que el guardaespaldas cumpliera con la orden, Otero llenó dos vasos de whisky y le ofreció uno a Chávez. Este permaneció sentado sin tocar la bebida.

-Debo decirle Chávez que estoy muy impresionado con su trabajo. Cuando me contaron sus hazañas, casi no las creí. – Dijo, mientras entregaba el cheque que había traído su empleado- Afortunadamente me equivoqué y estoy tan contento que me permití otorgarle una bonificación extra.

Chávez guardó el pago en un bolsillo de su chaqueta, pero permaneció sentado y en silencio, como si estuviera esperando algo más de parte del estanciero.

-¿Me permite preguntarle porque no vino anoche apenas hubo terminado su trabajo?- Preguntó Otero, con el fin de romper el incomodo silencio que reinaba en la habitación- Me enteré que estuvo todo el día dando vueltas por Pueblo Chico...  y no creo que sea un hito turístico demasiado interesante.

-A eso quería llegar... Don Isidoro- Contestó el cazador- Hay algunas cosas en este trabajo que no me terminan de cerrar del todo...

El hacendado lo miró con un gesto de burlona afabilidad (“Esos ojos no transmiten lo mismo que ese cordial rostro”) y dijo:-

-Había que matar a unos perros salvajes que atacaban al ganado. Usted lo hizo, muy bien por cierto, y fin de la historia. ¿A que se está refiriendo?

-Justamente lo primero que me llamó la atención fue el asunto de los perros. Siempre que cazo, hago un relevamiento del terreno con el fin de buscar señales dejadas por los animales de la zona., lo cual siempre me ha resultado muy útil. Cuando llegué al vado encontré muchas huellas de perros...

-¿Y no era eso lo que estábamos buscando?- Preguntó burlón Otero, mientras su mirada iba tornándose más y más fría.

-Así es, pero ninguna de esas huellas atravesaba el vado. El terreno, a ambos lados del río, es sumamente blando y tendría que haberlas por todos lados, pero no era así... ninguna atravesaba el río. ¿No le parece un tanto raro?

-Eran perros muy astutos, nadie pudo atraparlos.

-Puede ser... pero cuando comprobé la presencia de los perros, me surgieron otros interrogantes- Miró  fijo al ahora inquieto millonario- Después de mucho reflexionar sobre ese asunto, a primera hora de la mañana me dirigí al pueblo para realizar algunas averiguaciones. Hablé con Don Sosa, el alcalde, y me dijo que usted había ofrecido una gran fortuna por la adquisición de las tierras en las cuales se asienta Pueblo Chico y todos sus alrededores, debido a la gran riqueza de pasturas y agua que poseen. También me contó sobre su enojo, cuando se le negó tal venta y de cómo había amenazado con apoderarse de ellas como fuera...

-Soy un hombre de negocios, Chávez... muchas veces hay que usar palabras duras para lograr lo que se quiere- Los ojos de Otero brillaban feroces- Pero le puedo asegurar que me muevo con total legalidad...

Chávez rió con ganas:-

-No conozco a ningún millonario que haya  hecho su fortuna haciendo buenas acciones... pero déjeme recordarle, antes de que se siga “ofendiendo”, que la leyenda del Lobizón apareció pocos días después que usted hiciera esa oferta. Si no eran los perros la causa del problema, tal como parecían probarlo las huellas del vado, el supuesto agresor debía estar escondiendose en su propiedad.

“Intrigado, decidí averiguar un poco más sobre su vida y llamé a un amigo, capo de la policía de la Capital, para que averiguara sus antecedentes. Costó trabajo, pero mi compadre se encontró con una inesperada sorpresa... su partida de nacimiento y otros documentos habían sido fraguados para aparecer como hijo único, cuando en realidad sus padres tuvieron otros seis niños, además de usted... todos ellos desaparecidos en circunstancias harto misteriosas- Dirigió una mirada inquisitiva- todos eran varones y usted era el séptimo en orden de nacimiento... no sé si capta el asunto.

Ante la increíble acusación emitida por Chávez, Otero se levantó enfurecido de su sillón. La figura del mismo pareció agrandarse, sobrepasando incluso a la de su sorprendido guardaespaldas. 

-¡Mis padres no comprendían mis ansias por ser alguien en la vida!- Casi gritó, mientras apoyaba unas pesadas manos sobre el escritorio, al cual hizo crujir- ¡Mis hermanos mayores eran un auténtico estorbo para mis metas! ¡Yo era el único capacitado para lograr que los Otero Araoz fueran una familia verdaderamente poderosa! ¡Los perros en el vado también eran un estorbo que me impedían devorar al pueblo y así obtener esas tierras! ¡Ese maldito perro negro era su ángel guardián! - Los ojos de Otero brillaron con un furioso y brillante fulgor - Pero gracias a usted ya no es ninguna amenaza, aunque lamentablemente deberá morir por meterse en lo que no le importa...

González, el guardaespaldas, gritó aterrorizado. Chávez permaneció impasible, como si estuviera esperando los increíbles sucesos que estaban aconteciendo ante su persona. Pues el cuerpo de Don Otero seguía creciendo a ojos vista, hasta una altura cercana a los dos metros. El rostro del mismo, antes un afable millonario, se llenó de dientes filosos e hirsutos pelos negro-grisáceos. Sus manos callosas se transformaron en filosas garras. Su cuerpo cambio a la figura de una gigantesca fiera...

¡El Lobizón!

-No siempre las leyendas son ciertas- Dijo el monstruo con una feroz e inhumana voz, mientras avanzaba hacia el cazador- Los Lobisones no necesitamos de la luna llena para poder transformarnos...

Un gran estampido se dejó escuchar, cual si fuera un poderoso trueno, y la inmensa criatura lobuna cayó hacia atrás con una fea herida en su hombro derecho. En la mano de Chávez aun humeaba el enorme cañón de la pistola Colt Python.

-Como usted ya sabía Don Otero, soy una persona bastante escéptica. Pero no me gusta dejar las cosas libradas al azar y, ante la duda, hice bendecir con el cura del pueblo esa bala que ahora tiene alojada en su peludo cuerpo. No solo el mito de la luna llena es falso, ya que tampoco  se necesita una bala de plata para poder causar graves daños a un lobizón...

-¡Estúpido! ¡Tan solo estoy herido!- Susurró el semitransformado Otero, esbozando una diabólica sonrisa, que dejó ver sus afilados dientes- Una vez que vuelva a convertirme en humano, podré curarme y González, si sabe lo que es bueno para él, atestiguará en mi favor.

-Como soy un hombre prevenido...- Respondió Chávez, mientras amartillaba su arma y sonreía fríamente- le encargué al padre Luis que bendijera dos balas.

BROOMMM. La cabeza del Lobizón explotó en una masa informe de huesos y sangre. El secretario gritó aterrado y se desmayó.

-Flojito el pibe- Comentó divertido, al tiempo que guardaba la pistola en su funda.

Mientras varios sirvientes ingresaban a la oficina y miraban horrorizados al monstruo, sin saber que era su ex jefe, Chávez salió de la mansión y se sentó en el capó de su camioneta a esperar el arribo de la policía. En el horizonte, una luna color sangre comenzaba su peregrinar nocturno. 

Chávez dirigió su atención hacia una cercana tranquera y vislumbró la imponente presencia del cimarrón negro. Por unos instantes su pensamiento fue uno con el animal. Y ya no fueron ni cazador ni presa...

-Camarada- Murmuró Chávez, con un ligero asentimiento. 

A modo de respuesta, el perro levantó su cabeza hacia la luna y aulló largamente. Y desapareció en la bruma de la noche. Chávez sonrió cínicamente.

-Es evidente que las leyendas no son cosas de viejos que quieren que les presten atención…

Y, lamentablemente, él ya no era ningún chico.  

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