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jueves, 17 de septiembre de 2015

LA INIQUIDAD DE LAS SOMBRAS (20) por Daniel Barragán

CAPITULO XV
EL MENSAJERO

Me había preparado mentalmente para no encontrarme precisamente con la persona que había conocido desde mis tiempos de estudiante. Sabía que el estado mental de Arthus distaba mucho del frío y analítico ingeniero electrónico que alguna vez había sido. Lo había imaginado víctima de las privaciones otorgadas por una prolongada enfermedad. Esperaba ver una persona devastada...

Pero ninguna de esas ideas preconcebidas me había preparado para lo que se hallaba en esos momentos frente a mí.

Una figura desgarbada y gibosa. Un rostro inhumanamente ancho, de ojos prominentes y profundas ojeras, surcado por oscuras venas que pulsaban como entidades vivientes. Una boca grande, con dientes deformados por una insidiosa putrefacción que también había carcomido parte de los tumescentes labios.

Ese remedo de humanidad era Arthus… mi amigo más querido.

Pero allí no terminaba el horror pues, al estar totalmente desnudo, podía observar con todo detalle su cuerpo deforme.

Afectado por el mismo estigma que había entrevisto en la piel del sacerdote del pueblo maldito, cada parte de su contrahecha anatomía se hallaba cubierta de espantosas pústulas y extrañas tumoraciones de las que salía un icor pestilente, que hería mis sentidos con una indescriptible repugnancia.

Debido a la semioscuridad que reinaba en la celda, no pude verle las piernas con claridad. Eso me inquietó de sobremanera y me estremecí al recordar el apagado sonido que escuchara pocos instantes atrás.

¡Arthus ya no es el amigo que conociste!- Chillaba mi subconciente- ¡Arthus es ahora otra cosa! ¡Una cosa aterradoramente maligna!

Esa criatura informe, que más parecía tener cualidades protoplasmáticas que algo remotamente humano, se balanceaba al compás de una música inexistente. Mientras murmuraba con voz grave:-

-¡Ia Ia Thoy kansara Meight kansara thoy Mhalyoght!... ¡Ia Ia Thoy kansara Meight kansara thoy Mhalyoght!... ¡Ia Ia Thoy kansara Meight kansara thoy Mhalyoght!

Cayó sobre mí una inquietante sensación de vacío, como si los ojos de un sombrío y perverso dios estuvieran posados sobre mi frágil humanidad. 

Instintivamente, dirigí mi atención hacia las otras puertas que se hallaban distribuidas a lo largo del pasillo. Las mismas me respondieron con apagados movimientos de figuras apenas entrevistas, que tampoco se me antojaron humanas. 

Me sentí muy solo en ese terrible sitio, como si me hubiera convertido de buenas a primeras en el último hombre sobre la Tierra, y el incontenible deseo por largarme de allí lo más rápido posible se hizo aún más poderoso.

-Dewan- Dijo una profunda voz muy cerca de mí, como si alguien me estuviera hablando al oído- Las puertas fueron abiertas. Tan solo un milagro podrá salvarnos (salvarlos) y es muy probable que nadie tenga el poder suficiente para lograrlo...

Me sobresalté, al darme cuenta que era la voz de Arthus la que me había hablado. Por unos instantes, al sentir ese sonido tan cercano, creí que de alguna manera mi amigo había logrado traspasar la invulnerable barrera de polimetal que nos separaba y se hallaba parado a mi lado.

Pero, al fijar mi vista sobre él, pude darme cuenta que el mismo aún permanecía en el mismo sitio en el cual había hecho su aparición.

-“Estoy muy nervioso- Me dije, con una poco convencida voz interior- Solo estoy imaginándome cosas sin el más mínimo sentido.”

-Dewan- Volvió a requerir la informe criatura. Su podrida boca parecía moverse de forma incongruente con lo que estaba diciendo- Corran a esconderse vos y tu Annah, pues los tiempos (sus tiempos) están llegando. El cielo se llenará de colores que no son nuestros, pues no serán nuestros, sino de cosas que llegarán desde los cielos. ¡Ia Ia Thoy kansara Meight kansara thoy Mhalyoght tha´gh loktor niktara Thy R´angherloth!

-Arthus, amigo mío- Murmuré con un graznido, que poco se parecía al normal tono de mi voz- Que bueno es verte de nuevo... ¿Te acordás de mí?... soy yo, viejo... ¿Te acordás cuando me presentaste a mi primera novia?... se llamaba Liselle y era realmente hermosa ¿Te acordás Arthus? ¿Te acordás por favor?

Me sentí estúpido ante la extraña situación en la que estaba envuelto. Frente a mí una auténtica abominación, producto de la peor de las pesadillas, y yo comentando tonterías sin sentido.

-“Habiendo tantas cosas por decir… tantos recuerdos sobre los que hablar… tantos secretos por develar”.

Me volví nuevamente hacia las otras puertas. Las presencias escondidas tras las mismas parecían más nítidas y me pregunté si ese poderoso aislamiento sería suficiente defensa, si lo que allí había decidiera salir. 

Cerré los ojos, tratando de sustraerme de la confusión y el miedo que anegaban todos mis sentidos. Uno a uno mis recuerdos sobre esa nefasta noche de horrores fueron acomodándose en mi mente, cual si fueran las piezas de un desconocido rompecabezas imaginario. Pero en todo ese retrato sobre lo acontecido más de un año atrás seguía faltando la misma pieza.

El recuerdo final que aun negaba a hacerse presente.

-Dewan... –Volvió a clamar la voz- Muy pronto tu (nuestros) cuerpo podrá estar aquí, frente a lo que todavía crees que es tu amigo, pero realmente estarás atrapado en los ángulos que se encuentran fuera de la realidad que tu mente ha construido. Estás solo, aunque estés acompañado. Estás muerto, aun cuando estés respirando- Acercó su espantoso rostro a la puerta y se señaló la frente- La verdad se halla escondida acá adentro.

-¡Después que el sacerdote levantó sobre la capitana y Andersen esa daga, no  puedo recordar absolutamente nada de lo que sucedió!- Exclamé furioso. Gruesas lágrimas corrieron por mi congestionado rostro- ¡No puedo recordar nada, carajo! ¡¡Nada!!

-Dewan... - La voz de Arthus se hizo más profunda y ominosa. Cuando dirigí mi atención hacia él, noté que su boca apenas se movía, como si ese cuerpo deforme fuera una suerte de receptáculo vacío, un títere, manejado por otra entidad que probablemente se escondía en las sombras de la habitación- No importa si los recuerdos alguna vez se hagan presentes en tu memoria. Eso poco importa, pues las realidades irán en tu busca, cuando tu (nuestro) tiempo sea.

“Pues Ellos, Los que acechan, andan con pies ligeros al compás de los vientos que soplan por fuera de esta realidad. Ellos retuercen las dimensiones por puro placer y ninguna invención de la humanidad será suficiente para contenerlos. No llegamos (llegaron) por casualidad a ese pueblo. Nos pusieron allí solo por diversión, para hacernos partícipes de su magnificencia y para que trajéramos su palabra a este siglo de incredulidades. Nosotros fuimos sus primeras víctimas- Su risa hirió mis oídos- ¡Oh si!... nosotros fuimos las primeras víctimas (conversos) de su deífica potestad, pero no seremos los últimos.

“¡Ia Ia Thoy kansara Meight kansara thoy Mhalyoght!... ¡Ia Ia Thoy kansara Meight kansara thoy Mhalyoght!...

-¡Ia Ia Thoy kansara Meight kansara thoy Mhalyoght!...- Cantaron innumerables voces invisibles desde las otras habitaciones- ¡Ia Ia Thoy kansara Meight kansara thoy Mhalyoght!...- Me tapé los oídos, en un vano intento por no escucharlas- ¡Ia Ia Thoy kansara Meight kansara thoy Mhalyoght!...

Intenté dirigir nuevamente mi vista hacia Arthus, el cual me estaba observando con lacerante fijeza. Su deforme figura había crecido hasta dimensiones increíbles.

Y sus pies... sus pies apenas vislumbrados en las sombras.

-Dewan- Sus labios ya no se movían en lo absoluto, dándome a entender que ya no era él quien estaba hablando- Donde estoy (estamos) ahora no necesitamos (necesito) de pies para caminar. Pues la gloria de su luz imperecedera (nos) me ha transformado en algo más que yo mismo. El dolor y la luz son uno. Los ángulos son muchos y las puertas se han abierto para que sus (terribles) magnificencias por fin sean (existan)- Volvió a tocarse la frente, mientras volvía a esbozar su inhumana sonrisa- ¡La verdad está acá adentro y nada podrás hacer para que Ellos, Los que acechan, salgan de donde nunca (siempre) deberían haber salido!

-¡Los que acechan! –Repitió el oscuro coro tras las veladas puertas- ¡Los que acechan!

El miedo primitivo prevaleció sobre la mente racional y me vi transformado en un animal asustado. Tiré la silla y corrí por el pasillo, ahogando un grito que pugnaba por salir desde el fondo de mi alma.

Envuelto en la desesperación, creí estar nuevamente en las apretadas callejuelas del pueblo maldito. Sus vetustos caseríos, con ventanas de intrincadas tracerías, y sus terribles secretos volvieron a hacerse presentes en toda su crudeza. En vez de los pacientes del nosocomio, creí ver a las abominables criaturas primigenias de rostros nonatos, que tocaban con salvaje frenesí sus tambores. A mis oídos llegó una casi inaudible melodía...

La puerta de salida se me antojó increíblemente lejana.

-Doctor Bars... ¿Está usted bien?- Me preguntó el administrativo de la recepción, sorprendido por mi abrupta salida. En sus ojos y en el de los dos guardias creí leer un más que evidente gesto de temor- ¡Le está sangrando la nariz!

Aun no repuesto de la locura en la que estaba envuelto, me toqué el rostro. Mis manos enrojecidas se encargaron de confirmar lo observado por el empleado.

-No, nada... últimamente estuve algo enfermo y tengo una ligera fragilidad capilar, que aparece con las emociones fuertes- Mentí, mientras intentaba limpiarme con un pañuelo.

-Creo que comprendo lo que me está diciendo. Esta institución acepta los casos más extraños que uno pueda encontrar y es bastante truculento andar por acá cuando se está sano- Dirigió una inquieta mirada hacia la puerta que comunicaba con el sector 25- Hace más de diez años que trabajo aquí y uno termina acostumbrándose a todo... pero, en los últimos tiempos, este ala en especial me pone muy intranquilo. Esos ruidos...

-¿Qué ruidos? ¿A qué ruidos se refiere?

En los gestos presentes en su rostro supe leer cierto arrepentimiento por el desacertado comentario pero, al observar la urgencia que se pintaba en el mio, finalmente me respondió con tono sombrío:-

-Como de algo muy grande que se arrastra entre las habitaciones... también se puede escuchar el sonido de un succionar burbujeante- Se calló unos instante, como si estuviera meditando alguna revelación- Me parece que voy a pedir un traslado a otro sitio, muy lejos de estas paredes...

Se recompuso de inmediato y trató de sonreír, como si tratara de restar importancia a sus propios comentarios, pero la misma fue una mueca bastante inquietante para mis agotados nervios.

-Sería conveniente que se haga ver en la enfermería del primer piso... ese sangrado se veía bastante feo- Dijo finalmente.

Dirigiéndole apenas unos murmullos de agradecimiento, bajé por el ascensor hacia la salida. Ni por un segundo pensé en detenerme en el primer piso.

Cada una de las terribles palabras dichas por esa cosa que alguna vez había sido Arthus aún daban vueltas en mi cabeza. Cerré los ojos, tratando de olvidar la inútil visita que había realizado.


Los que acechan ya están aquí…


Murmuró una voz.

Por el rabillo del ojo creí entrever una presencia putrefacta, que no parecía ser del todo real. Anegado por un profundo terror me giré para enfrentar, aunque perdiera definitivamente la cordura, a la oscura blasfemia que me había dirigido la palabra.
Estaba totalmente solo en el ascensor.

Casi corriendo, salí por fin del gran edificio al frío otoñal de una ciudad que permanecía ajena a todo el horror que había vivido pocos instantes atrás. La helada lluvia, que en esos momentos estaba cayendo, disipó mi estado de total confusión y, sintiéndome más repuesto, comencé a encaminarme hacia el helipuerto cercano.


Los que acechan ya están aquí...


Clamó la oscuridad a mis espaldas.
Sin darme vuelta, apresuré el paso a fin de alejarme del espanto que moraba en el enorme edificio del neuropsiquiátrico. Sabía que de nada serviría buscar el origen de esa voz inhumana. Estaba seguro que detrás de mí no había absolutamente nada.

Solo una sombra escondida entre las sombras.

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