miércoles, 20 de julio de 2011
domingo, 3 de julio de 2011
CONTRA-TIEMPOS (8)
Por Daniel Barragán (Alias Terraman)
Taris y Brönte eran dos hermanos que se disputaban el poder al trono de Ammthis, la última ciudad sobreviviente de su otrora poderosa civilización.
Tras la muerte de su padre, el rey Ögost II, acaecida un par de años atrás, los dos príncipes, que siempre habían sido rivales irreconciliables, prontamente se vieron enfrentados entre si cuando el trono quedó vacante.
La súbita e inesperada muerte de Ögost II, impidió a los herederos, nacidos al mismo tiempo y bendecidos por la sagrada luz del astro azul, el poder saber cual de ellos sería el futuro monarca de la poderosa ciudad de Ammthis. Fue debido a estas confusas circunstancias que ambos reclamaron el poder para si, enzarzándose en una agria discusión que de los gritos e insultos, pasó a los puños y, de no mediar algunos integrantes de la corte, hubiera terminado en el uso de las armas dentro de las paredes del palacio real.
La enemistad entre los hermanos tuvo eco en el resto de sus súbditos. Nobles, plebeyos y guerreros fueron uniéndose, según sus pareceres, a alguna de las dos causas. Primero fueron algunas traiciones palaciegas que, más tarde, se transformaron en sangrientas escaramuzas callejeras. Las mismas fueron extendiéndose por toda la grandiosa urbe, otrora baluarte cultural y remanso de paz de una poderosa civilización que se había reinado por sobre todo el planeta. Esas luchas callejeras degeneraron prontamente en una cruenta guerra civil.
Una guerra de magnitudes apocalípticas devastó totalmente a la bella y bienamada Ammthis.
Una guerra de magnitudes apocalípticas devastó totalmente a la bella y bienamada Ammthis.
Carros de combate accionados por energía criónica descargaron sus cañones sobre las altas torres de cristal lupino. Mortales bestias de guerra fueron creadas en las enormes fábricas genéticas que se escondían tras los muros de los castillos que ambos hermanos habían construido para si. Las brillantes espadas de acero tecnorgánico chocaron contra los impenetrables campos de fuerza psíquica.
Pistolas de aguijón explosivo, granadas transfásicas, cohetes multigénicos, cuchillos de finísimo metal kregnor, escudos espejo dimensionales o simplemente con las manos desnudas y dientes apretados. Todo tipo de armas y formas de lucha fueron usadas entre ambas facciones, a fin de prevalecer una sobre la otra. Miles de personas murieron en la gran guerra fratricida. Actos innombrables fueron cometidos en aras de un modo de vida que creían que era el correcto.
Luego de dos terribles años de lucha, en donde ninguna de las partes pudo prevalecer sobre la otra, lo que quedaba de los ejércitos de Taris y Brönte se enfrentaron en último y mortal combate en las cercanías de lo que había sido el parque de la paz de la ciudad de Ammthis, el sitio que había sido erigido orgullosamente 4 siglos atrás cuando la civilización se hallaba en su máximo esplendor.
Taris, con un cyberbrazo y un respirador artificial que suplía sus pulmones perdidos en un anterior combate, miró hacia el otro lado del parque y blandió furioso su poderosa Hacha de la Justicia, heredada de su abuelo.
-¡Por la gloria de la poderosa Ammthis y la muerte de los rebeldes!- Gritó a plena voz, mientras se lanzaba hacia lo que sería la última batalla por el codiciado trono- ¡Morirás maldito hermano!
Brönte, quien debía movilizarse en una tecnoaraña luego de haber perdido sus piernas, observó a su contrincante y levantó la imbatible Espada de la Verdad, que él mismo había forjado en sus herrerías subterráneas.
-¡Por el futuro de la heroica Ammthis y la muerte de los sediciosos!- Clamó a su vez, espoleando su vehículo, el cual emitió un sonoro chillido de furia- ¡Pagarás con tu vida odiado hermano!
Ambos ejércitos avanzaron sin dudar, a fin de entablar el último y definitivo combate sobre la faz de su planeta.
Lamentablemente, nunca podremos llegar a enterarnos de como concluiría la extensa guerra civil por el trono de Ammthis, pues uno de los trenes de aterrizaje del módulo de descenso de la misión Apolo 11 se encargó de borrar de la faz del satélite de la Tierra a la última ciudad sobreviviente de la otrora civilización selenita.
domingo, 26 de junio de 2011
¡¡EXTRA!! ¡¡EXTRA!! ¡YA SALIÓ EL ARGENZOMBI!
Por Daniel Barragán (alias Terramán)
¡Olvidate de las ridículas rencillas políticas de nuestros gobernantes de turno!
¡Olvidate de la sensación térmica que hay en el Monumental!
¡Olvidate del terremoto del Japón y de las radiaciones de la central del supuesto país de gran avanzada tecnológica!
¡Olvidate de la inseguridad de cada día!
¡Ya está aquí el diario que te vas a morir por tenerlo!
Este número también podés encontrarlo en Archivo de Comics (http://archivo-de-comics.blogspot.com/)
¡Olvidate de las ridículas rencillas políticas de nuestros gobernantes de turno!
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¡Olvidate de la inseguridad de cada día!
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domingo, 19 de junio de 2011
domingo, 22 de mayo de 2011
HISTORIAS del BUENOS AIRES SECRETO
Por Daniel Barragán (alias Terraman)
LOS QUE ACECHAN
“… y se abrirán portales donde antes moraba la nada para que las sombras se apoderen de la luz.
“Y se alzarán desde sus oscuros rincones aquellos a quienes nunca deberías de encontrarte, para devorarte con dientes”
Textos de L´tor
Tal como reza este antiguo texto herético, extrañas puertas pueden ser abiertas en las protervas oscuridades de las callejuelas que pueblan nuestra ciudad de Buenos Aires. Extrañas presencias, que acechan ansiosas nuestra realidad, deseando nuestra carne, nuestra sangre y nuestros pensamientos, se esconden en los laberínticos vericuetos de la ciudad que nos alberga y se amparan tras la ignorancia y la desidia de nuestras autoridades, a las que poco les importamos.
Tal es el caso de Los Acechantes, Seth-Ballath en el idioma secreto de la dinastía Ghunti, seres tan antiguos como la existencia misma de la humanidad. Criaturas ciegas que pueden oler tus miedos… tus alegrías… toda la realidad que representas, y devorarla.
Los Acechantes han aparecido en diferentes oportunidades a lo largo de la historia, asociados a la magia arcana y a la demonología. Adorados y temidos por muchos pueblos, han sabido sobrevivir al olvido, aun en nuestro siglo 21.
Los sumerios, los asirios y los egipcios ya hablaban de los Seth-Ballath con terror y respeto. En su tratado sobre las maldades del mundo antiguo, el filosofo griego Praximenes de Samos (340-299 A. C.) los asoció equivocadamente con las Lamias, los demonios devoradores de sangre, pero destacó con acierto su extrema voracidad por aquellos incautos que se aventuraban durante la noche en los páramos y pueblos abandonados.
Durante la edad media, la sola mención de Los Acechantes (que por esos tiempos proliferaban con total impunidad) era castigada por la Santa Inquisición, pues consideraban al testigo como poseído por la malignidad de diablo. Es por eso que han sido encontradas muy pocas referencias durante esos tiempos, afianzando la creencia de que nunca existieron. Según algunos estudiosos, la única prueba de esta realidad yace en una biblioteca secreta de la sede vaticana en donde se encontraría un minucioso registro de estas actividades demoníacas.
En 1850, Sir Francis Connelly, famoso antropólogo cultural y paleontólogo de la Real Sociedad de Ciencias Naturales de Londres, describe en sus diarios de viaje la presencia de estos seres en algunas regiones del este europeo. En los mismos, comenta los extraños fenómenos acontecidos en los pueblos de Bröntsky y Zarbat, en Hungría, donde desaparecieron misteriosamente todos sus habitantes, luego de haberse recibido numerosas denuncias sobre la presencia de extraños seres que parecían salir de las paredes. La casa real húngara se encargó de que la noticia no viera la luz, debido a las consecuencias implicadas en la desaparición de tanta gente. La única prueba que queda sobre este acontecimiento fueron los comentarios realizados por Connelly en sus escritos.
Los informes sobre la presencia de los Seth-Ballath a lo largo de todo el mundo son muchos y la ciudad de Buenos Aires no ha sido la excepción.
En 1932, el periodista y escritor Rodrigo Vivar Araoz (1889-1945) tuvo la oportunidad de poder observar a una de estas bestias, la cual había sido cazada en la quinta Los Perales, que se hallaba situada en la zona de Mataderos.
Según lo narrado por el quintero Robustiano Sosa, la criatura había aparecido de manera súbita, emitiendo una serie de gorgoteantes sonidos. Sin perder el aplomo ante la espeluznante visión, el quintero disparó dos certeros disparos de escopeta en la boca abierta del monstruo, el cual se desplomó pesadamente a pocos pasos de quien iba a ser su víctima.
Aun no repuesto del susto, Sosa llamó a las autoridades y al periodismo, siendo únicos testigos algunos vecinos de la zona, el sargento Gonzalo Pedraza y el mismísimo Araoz. Los malos métodos de conservación y el horror generado entre los presentes, hicieron que el quintero decidiera su inmediata eliminación.
“Su terrible presencia impregnaba de horror las mentes de los testigos, yo incluido –Escribiría el periodista en sus memorias- Su cuerpo globoso, de casi 3 metros de altura, estaba lleno de una serie de excrecencias tentaculares y se hallaba sustentado por un par de poderosas patas de 3 dedos, armadas con afiladas garras corneas. Poseía una fuerte cola, similar a la de los reptiles prehistóricos descritos por los paleontólogos. No tenía una cabeza visible, ni siquiera ojos o fosas nasales. Tan solo había una enorme boca en la parte delantera, que se abría en una suerte de diabólica sonrisa.
“Pero lo más atemorizante de la misma eran los enormes dientes correosos, que parecían un grotesco remedo de los humanos”
El conocido profesor de antropología cultural José Gizelli hace mención en uno de sus escritos sobre una aparición de Los Acechantes que databa de los tiempos de la fundación de la ciudad. En 1536, el cronista Ulrico Schmidl nos describe la presencia de feroces tigres en los alrededores del asentamiento en donde desarrollaban sus penosas vidas. Al amparo de la noche, dichos animales traspasaban la empalizada para cebarse de sus habitantes.
Según el libro de Raúl L. Carman, “De la fauna bonaerense”, nos describe al mentado tigre como el felino conocido como Yaguar o tigre americano. Una muy coherente teoría, propia del racionalismo científico.
En una de las páginas de la primera edición del libro “Derrotero y viaje a España y Las Indias” de Ulrico Schmidl puede encontrarse una ilustración poco conocida, en donde puede observarse a una extraña criatura, que se halla apoyada sobre dos robustas patas traseras y que no se parecen a un tigre, la cual se encuentra acechando en la periferia de la naciente Buenos Aires. En posteriores ediciones, dicho grabado sería totalmente eliminado.
No existen en la actualidad pruebas concluyentes sobre la existencia de Los Acechantes. Los restos de la criatura de la quinta Los Perales fueron quemados y enterrados en un sitio solo conocido por Robustiano Sosa. Desgraciadamente, el desafortunado quintero fue encontrado muerto a los pocos días del acontecimiento, en una acequia del lugar.
… y su cuerpo exhibía extrañas y horrendas marcas de gigantescos dientes humanos.
Material consultado
- Todo es Historia Año 4 Vol. 11
- Mitografías Contemporáneas –José Gizelli -1991- Ed. Mandrágora, España
- Bestiario Mitológico de Iberoamérica –Juan Alfonso Echearri -1956- Ed. Ramón Sopena, Argentina
- Derrotero y Viaje a España y Las Indias –Ulrico Schmidl
- Anales de la Real Sociedad de Ciencias Naturales de Londres Tomo XXXIV
domingo, 24 de abril de 2011
lunes, 18 de abril de 2011
ENRIQUE PINTOS TREJO, EL ESCRITOR OLVIDADO
Por Daniel Barragán (Alias Terraman)
“Con mis palabras entretejo las realidades de este universo”
El Viajero Persistente (1937)
La literatura argentina ha sabido darnos grandes autores que han trascendido el tiempo y el gusto de los lectores. Nombres como Jorge L. Borges, Ernesto Sábato, Julio Cortazar y Horacio Quiroga han logrado plasmar en sus escritos todas las cosas que pesan sobre la humanidad, con tal maestría que los ha encumbrado en lo más alto de este quehacer artístico.
Pero hubo un privilegiado, quizá el más grande, cuya pasión por la escritura lo llevaría a la injusta condena del olvido. Su nombre, Enrique Pintos Trejo.
En la actualidad, muy pocos pueden hablar con cierta autoridad sobre el mismo, pues su vida y obra permanece en el más absoluto misterio, transformándose en un personaje apócrifo muy difícil de ser confirmado.
Por mera casualidad, gracias al ingeniero Juan Carlos Morón, un bibliófilo que posee una vasta colección de libros muy apreciada entre los entendidos, cayó en mis manos un viejo libro de dicho escritor que se hallaba en muy mal estado de conservación. En su tapa de tela podía leerse, en letras que alguna habían sido doradas, su título: “El Viajero Persistente”.
Apenas leídas las primeras páginas, comprendí de inmediato que me encontraba ante un escritor fuera de lo común. La atracción que esa historia ejerció sobre mí, hizo que no pudiera dejar de leerla hasta muy entrada la madrugada. Inmediatamente, busqué alguna información que me permitiera saber algo sobre un autor que me era totalmente desconocido. Con estupor, comprobé que no había ninguna referencia del mismo en Internet.
¿Quién era este notable escritor del cual no sabía nada?
Averiguar sobre esa vida fue como tratar de armar un rompecabezas del cual faltaban varias piezas. Gracias a mi amigo, viejos diarios y revistas literarias y algunas colecciones privadas a las que pude tener acceso, poco a poco pude desentrañar buena parte de ese misterio. Lo que halle fue mucho más de lo que esperaba, sobre todo de alguien que prácticamente no era recordado por casi nadie.
Enrique Pintos Trejo nació en el barrio de Floresta el 25 de Diciembre de 1900, en una noche marcada por un inesperado eclipse lunar. Hijo de Roque Pintos Trejo, un rico empresario de extracción protestante, y Lucía Miraflores Araoz, una fina dama de creencias católicas, este joven creció en medio de una fuerte dicotomía religiosa que forjó su carácter y sus creencias. Esto lo llevó a leer temas tan disímiles como la filosofía, teosofía, matemáticas y las ciencias sociales, naturales y físicas. Pero sin ninguna duda, su mayor afición se centró en el terreno de la escritura.
Prueba de ello fueron sus “Poemas de Buenos Aires”, publicados en la revista “Alas Porteñas” durante 1916, fueron muy elogiados por importantes críticos de la época, los cuales vieron en el novel autor un gran potencial. Durante casi 20 años, Enrique Pintos Trejo se encargó de ofrecer a los lectores una gran variedad de obras, abarcando temas tan diferentes como la novela policial (La Consistencia Humana -1921- y El Hombre Vacio -1930-), el romanticismo (Bahía de Abril -1919- y La Eva de nuestras Vidas – 1925-), el terror (La Iniquidad de las Sombras -1927- y El Esquema Siniestro -1928-) y la fantasía (La Ciudadela Entrevista -1922-), sin olvidarnos de sus cuentos cortos (Antología de lo Imposible -1928-) y Cuentos de Buenos Aires -1934-) y poemas (La Sensación de Existir -1931-/32). También fue un destacado periodista para los diarios Crítica y La Razón.
Pero su mayor logro fue la novela conocida como El Viajero Persistente, que fuera escrita entre 1936 y 1937. En la misma, este autor reinventa magistralmente el mito del Judío Errante, ofreciéndonos una profunda reflexión sobre la condición humana y las realidades que se van entretejiendo a su alrededor. Es la triste historia de un hombre simple que se halla atrapado en un eterno viaje entre universos e ideas que le son ajenos, los cuales terminan conduciéndolo hacia la locura. Su oscuro y opresivo final, que nos remite a las ominosas tragedias shakesperianas, nos habla sobre la soledad que todos llevamos a cuestas en este mundo que nos tocó en suerte.
¿Cómo era posible que un autor tan valioso haya sido olvidado?
La explicación quizá está dada por su propia vida, la cual estuvo signada por la infelicidad y la fatalidad.
De hábitos solitarios, incluso durante su niñez, Enrique Pintos Trejo vivió una existencia plagada de amigos imaginarios. Sus padres intentaron socializarlo pero fue totalmente inútil. Su rostro poco agraciado y su desbordante imaginación, poco comprendida por otros chicos de su edad, lo transformaron en alguien impopular y, muchas veces, temido.
Llegada la mayoría de edad, el joven Enrique se enamoró de Emilia Sánchez, una joven de 17 años, y para su fortuna se casó con ella al poco tiempo de haberla conocido. El matrimonio fue afianzándose con el correr del tiempo y, gracias a la fresca simpatía de su esposa y a su propia fama como escritor, era común verlos juntos en muchas reuniones sociales y literarios.
Lamentablemente, esa felicidad duraría muy poco. En una noche de 1936, Emilia Sánchez fue atropellada por un carro conducido por un hombre borracho y, luego de una semana de agonía, la joven falleció, devastando el espíritu de su amante esposo.
Enrique volvió a ser la persona hosca de su juventud. Si bien participaba en importantes eventos literarios, hacía lo posible por permanecer apartado de la cháchara de alta sociedad y de los pomposos intelectuales que creían conocer su obra.
La muerte de sus padres, víctimas de una misteriosa e incurable enfermedad, un mortificado Enrique trató de encontrar respuestas que explicaran su mal hado. Renegando de sus creencias, se volcó al estudio de las antiguas religiones, hecho que le permitió ingresar en la Iglesia Crepuscular del Gran Advenimiento, un herético grupo ocultista dedicado al estudio y la práctica de ciertas artes oscuras emparentadas con la demonología.
En 1937, Enrique Pintos Trejo viajó a Europa con el fin de contactarse con la infaustamente célebre Thule Gessellschaft, una orden esotérica que había prosperado en la por entonces floreciente Alemania nazi. No se sabe con certeza que fue a buscar allí, se habla de la averiguación del paradero de un poderoso instrumento utilizado en sacrificios rituales durante los siglos XII y XIII, pero lo que encontró cambió totalmente su forma de ser.
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| Grabado que aparece en la primera
página de "El Viajero Persistente"
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Esta fue la etapa más oscura de su quehacer literario. Sus escritos se volvieron incomprensibles e inquietantes, estremeciendo a aquellos que los llegaban a leer. Todo eso hizo que fuera perdiendo el favor del público y el alejamiento de los pocos amigos que le quedaban.
Sintiéndose incomprendido y repudiado, Enrique Pintos Trejo se refugió en su hogar paterno, transformándose en un ermitaño de carácter amargado y resentido. No volvió a saberse más sobre este extraño personaje. Su torturada existencia fue diluyéndose, como si fuera un fantasma, hasta ser devorado por la feroz ciudad de Buenos Aires que tanto había llegado a conocer.
¿Un mito? ¿Una realidad? ¿Realmente existió este escritor tan particular? Nadie esta muy seguro. Tan solo queda como prueba de su existencia un nombre…
Artículo originalmente aparecido en la revista "Floresta y su Mundo"
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