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viernes, 8 de agosto de 2014

LA INIQUIDAD DE LAS SOMBRAS (1) -Daniel Barragán

El texto que se encuentra a continuación es el primer capítulo de un relato de mi autoría, el cual fue publicado en una versión más reducida en la revista "Floresta y su Mundo". Debido a que el mismo es un poco largo, decidí publicar no más de dos por mes a fin de no aburrirlos e intentar despertar su interés. Si les gusta, no sean malos y háganme saberlo.


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“Ellos moran acá y allá, y en todos lados, aun en nuestros propios pensamientos”

Textos de L´tor


CAPITULO 1: REGRESO A CASA

-¡Mierda!- Murmuré, mientras apuraba la extracción de sangre.

El Edafosaurio, que hasta ese momento había permanecido inerte en el suelo, comenzó a temblar levemente, indicándome que ya estaba saliendo de la anestesia. Con rapidez profesional, examiné los reflejos pupilares en busca de las inequívocas señales del pronto despertar y finalmente desaté su boca.

Mientras me alejaba de allí, pude oír que el inmenso reptil de casi cinco metros de longitud comenzaba a emitir su berreo característico, evidenciando su furia ante la imposibilidad de moverse y poder huir de quien lo sometiera a tantos vejámenes, a los que pomposamente llamábamos estudios científicos.

Ya a salvo tras unos altos licopodios, pude observar con calma la inmensa aleta dorsal color rojo y amarillo del Pelicosáurido erguirse en toda su altura, mientras desaparecía con lentitud entre unos frondosos helechos arborescentes. Asustada por la conmoción, una libélula Meganeura, quizá una de las últimas de su especie que había logrado evitar la extinción de la era anterior, extendió sus inmensas alas membranosas y se elevó con una extraña gracia en el cálido aire de la magnífica mañana prehistórica que estaba dando inicio.

-Este trabajo no lo cambio por nada del mundo- Me dije en voz alta y llena de una innegable satisfacción.

Mientras echaba una última mirada a esa increíble visión de un tiempo ya perdido, ajusté nuevamente la máscara de oxigeno, pues la atmósfera pérmica no era precisamente la ideal para un ser humano debido a su alta carga de dióxido de carbono, y me dirigí con paso apresurado hacia la cobijadora protección de la esfera espacio temporal.

-Doc... no se olvide que partimos en tan solo una hora- Me dijo el teniente Gorg Rotera, el segundo de abordo, en cuanto me vio llegar. En sus musculosos brazos cargaba una de las barras de contención energética que nos protegía del hostil ambiente exterior- Espero que haya terminado con todas sus investigaciones. La capitana no debe estar nada contenta con esta última escapada que se hizo.

-Por fin logré atrapar a ese macho alfa que se me venía escapando- Respondí, golpeando cariñosamente la valija que llevaba en bandolera- Tan solo me queda acondicionar las muestras para el viaje... a lo sumo veinte minutos.

Respondiéndome con una silenciosa sonrisa, el joven militar, imagen misma del aventurero de una película de acción, con sus cortos cabellos rubios, su firme mirada y su envidiable cuerpo atlético, volvió a sumergirse en sus tareas  de revisión de los sistemas de telemetría y sondeo espacio-temporal... o lo que fuera que estuviera haciendo.

Luego de desechar mis ropas para trabajo exterior en el incinerador molecular, no fuera que contuvieran alguna bacteria o virus indeseable, entré en el fresco interior de la nave, en donde mis compañeros de viaje se hallaban inmersos en la ajetreada tarea de preparar el retorno a casa. Durante unos instantes me detuve en el vano de la puerta y observé, con cierto orgullo de mi parte, a cada uno de ellos.

-“¡Mis compañeros y amigos de la esfera espacio temporal Juan Salvo!”

Arthus Cedis, ingeniero electrónico y mi amigo personal, se hallaba observando una de las pantallas plásmicas del reloj atómico. Era una persona de gran altura y anchas espaldas, que reflejaban un pasado deportivo, en el que se incluía el record de natación durante las Olimpiadas. En su rostro franco podían observarse las claras evidencias de lo contento que estaba por terminar de una vez por todas con la misión, que había durado más de un mes.

Serkis Dakaris, el lingüista y encargado de las comunicaciones, estaba pasando en limpio el informe oficial que sería grabado en el cuaderno de bitácora de la nave. Su gesto y su accionar cansino evidenciaban un gran aburrimiento por la tarea que estaba realizando. Su origen griego se podían adivinar en los ángulos de su singular rostro. Era un notable conversador, versado en historia antigua, y habían sido muchas las veces que había disfrutado con sus relatos de un pasado en donde parecía que todas las cosas eran más inocentes y sencillas.

Helmutt Andersen, el físico relativista especializado en la mecánica de los viajes temporales, se hallaba inmerso en una serie de cálculos de matemática quántica que nos permitirían volver a nuestro tiempo con relativa seguridad. Era un individuo de complexión delgada, casi frágil, pero dueño de una determinación inflexible a la hora de defender sus creencias. Para el la ciencia era la palabra divina y no admitía discusiones al respecto.

Y finalmente, la Capitana Shannia Molina, indiscutida líder de la expedición cronal número 9. Una bella mujer de ondeantes cabellos rubios, escultural figura y un genio que asustaba con solo darse cuenta de la furia que brillaba en sus ojos.

-¡Le dije más de una vez que no tiene que salir solo al exterior!- Me increpó duramente-  ¡Me extraña mucho de usted doc... Dewan!

-Únicamente me quedaba por catalogar algunos genotipos de la manada de Edafosaurios que vimos hace unos días- Respondí a la defensiva, algo avergonzado por el reto recibido- No eran para nada peligrosos... son bestias herbívoras.

-¡Unos dinosaurios herbívoros que pesan unas cuantas toneladas y que si uno se descuida lo pueden aplastar! ¡Lo que menos quiero en mi curriculum es un muerto antes de que este haya nacido!- Su rostro se suavizó un poco, como si estuviera ya perdonando mi pequeña escapada al exterior- Está bien Dewan... creo que es mejor que vaya preparándose. El reingreso al espacio-tiempo es en 50 minutos.

Todavía avergonzado, me dirigí a mi sitio de trabajo y comencé a acondicionar las muestras que había obtenido.

-¡Te cagó a pedos la rubia!- Dijo una voz a mi derecha- Ni siquiera te atreviste a corregirla con el tema de que esos monstruos de ahí afuera no eran dinosaurios.

-¡Andate a la mierda “querido amigo”!- Contesté furioso, cuando advertí que se trataba de Arthus, el cual me miraba socarrón desde su puesto- Ayer te pedí que me acompañaras para tomar esas muestras y no me diste ni pelota.

-Es el último día acá y todavía tenía muchas cosas que hacer. Aparte, vos sos un obseso con el trabajo ¿Era tan necesario tomar esas últimas muestras, con todo lo que estás llevándote?

No le contesté y continué sacando de mi valija los tubos de las muestras obtenidas. Aunque me molestara su tono burlón, sabía que Arthus tenía toda la razón del mundo. Muchas veces, en mi entusiasmo por hacer las cosas bien, corría riesgos innecesarios y muchas veces peligrosos para mi integridad física.

-Si no tenés nada mejor que hacer, cuando volvamos a Megabaires, tengo un par de chicas que me gustaría presentarte- Me dijo Arthusde súbito Arthus, sin darle importancia a mi ofendido gesto- Podríamos llevarlas al Tibi Dabo.

-¿Sigue existiendo ese boliche de mala muerte?

-¡Aja!

-Ni me quiero imaginar lo que deben ser esas “chicas”- Comenté con tono burlón, mientras volvía a mi trabajo- ¿Estás seguro que no se tratan de un par de desechos de clonación?

-¡Vos te lo perdés, salame!

Arthus, divorciado en dos oportunidades, era poco menos que un caso perdido en lo que se refería a cuestiones amorosas. No dejaba pasar ni la menor oportunidad de poder transformar a alguna mujer en su tercera esposa y, la mayoría de las veces, las compañías que traía consigo no eran precisamente las más recomendables. No pude evitar sonreírme al recordar el día que me había presentado a una supuesta condesa, descendiente directa de la corona de Inglaterra. 

-"¡Esa demente era condesa... como yo soy el príncipe de Asturias"-Con esos graciosos recuerdos rondando por mi mente, volví a enfrascarme en la delicada tarea de acondicionar mis muestras de sangre para el viaje.

-Capitana, ya terminé de hacer los cálculos necesarios- Dijo Andersen a mis espaldas. El agudo tono de su voz tuvo la virtud de sacarme de mi trabajo, el cual parecía haber durado apenas unos instantes- Podemos partir cuando usted lo ordene.

-Molina a Rotera- Dijo la mujer, mientras pulsaba su pad de comunicación- ¿Cuánto falta para terminar con los ajustes de telemetría?

-rrrzzzz ya acabé, estoy guardando las herramientas... en un par de minutos estoy por ahí.

-¿Sector de paleobiología?- Me preguntó la capitana, pulsando una serie de comandos táctiles de la pantalla plásmica de su consola.

-Ya terminé con el procesamiento de las muestras que quedaban y está todo acondicionado en la cámara de éxtasis- Respondí con rapidez.

-¿Comunicaciones, Doctor Serkis?

-Todo correcto... ya está encendida la boya direccional quántica. Telemetría está en orden.

-¿Motores plasma-ión?

-Comienzo con la secuencia de encendido- Respondió Arthus- Tiempo estimado menos cinco minutos.

Un ligero zumbido, que parecía escucharse más en la cabeza que en los oídos, comenzó a hacerse notar a medida que los motores iniciaban su ciclo de calentamiento.

Ajusté una vez más mi cinturón de seguridad y comprobé que las muestras obtenidas se hallaran en su lugar. Si bien el viaje por el tiempo era bastante tranquilo, la entrada y salida del espacio-tiempo resultaba ser bastante brusca. 

Sin nada mejor que hacer, me dispuse a disfrutar de la agitada conversación que se estaba desarrollando entre el resto de mis compañeros. Si bien la había escuchado muchas veces, nunca me cansaba del clima de tensión que  reinaba cuando una nave espacio-temporal estaba a punto de partir. 

-Reentrada en menos 45 segundos y contando- Anunció Rotera, mientras se sentaba en su sillón y comprobaba su pantalla de comando.

-Motores plasma-ión en 6.4 Megajoules... encendiendo sistemas secundarios de apoyo.

-Telemetría en 0.001- Dijo Rotera- Listo para reentrada en menos 15 segundos y contando.

-Señores pasajeros, ajústense los cinturones que comienza el despegue- Dijo un sonriente Serkis.

-Menos 6 segundos para reentrada en quantum espacio temporal- Interrumpió Rotera.

-Menos 5... –Comenzó a contar el sistema automático de despegue.

-Menos 4... –El zumbido comenzó a hacerse mucho más audible.

-Menos 3... –Las pantallas plásmicas titilaron, al ser afectadas por la creciente energía cronal.

-Menos 2... –Miré mi mano y noté el creciente desdoblamiento en la realidad que nos rodeaba.

-Menos 1...

Una tremenda sacudida hizo que mi cabeza se bamboleara dolorosamente de uno a otro lado. Se hizo el silencio.

Luego de una larga estadía en el periodo Pérmico, la esfera espacio temporal Juan Salvo regresaba a casa.



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