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viernes, 28 de noviembre de 2014

LA INIQUIDAD DE LAS SOMBRAS (7) por Daniel Barragán

CAPITULO VI
INQUIETANTES PRESENCIAS

Luego de un lapso de tiempo que me pareció insoportablemente largo, el descenso por la solitaria calle llegó a su fin cuando llegamos a la primera dificultad de nuestra expedición punitiva. Me sentí ganado por la desazón, cuando pude comprobar que habíamos llegado a una encrucijada de la cual partían una serie de calles estrechas e invadidas por una penumbra que me resultó muy inquietante.

Acá y allá, iluminando el fungoso empedrado con las que habían sido construidas dichas calles, antiquísimos faroles de gas ardían tenuemente con una insidiosa llama espectral. La niebla reinante, que había ido creciendo a medida que habíamos avanzado, no nos permitía ver más allá de unos pocos metros. Pero más hubiera valido que la misma hubiera sido mucho más densa y nos hubiera impedido ser testigos del terrible espectáculo que se encontraba ante nosotros. Porque, lejos de estar solitaria, en esa encrucijada había vida.

Una vida terrible.

Extraños animales, que remotamente parecían haber sido gatos, paseaban sus deformados cuerpos en la semioscuridad, lanzando plañideros maullidos a la luz de la luna mortecina. Cuando pude observarlos con mayor detenimiento, me di cuenta que se hallaban infectados por algún tipo de espantosa enfermedad que había corrompido sus carnes. Sus ojos ciegos y carentes de la vitalidad otorgada por la vida, se centraron ominosamente sobre nosotros, como si esas monstruosidades se sintieran molestas por nuestra irrupción en su reino de sombras.

Todo el grupo se quedó paralizado ante el anormal espectáculo, como si de buenas a primera nos hubiéramos sumergido en una espantosa pesadilla. Mi razonamiento, y creo que el de todos los demás, se debatió duramente entre el deber por continuar con la misión y el profundo terror que poco a poco iba ganando nuestras almas.

-¡Esto es asqueroso!- Musitó Andersen, apartándose ostensiblemente de uno de los felinos que se había acercado a observarnos con los ojos velados por una profunda e incomprensible oscuridad- ¿Qué es lo que tienen estas cosas?

-Estas cosas son gatos, doctor- Contesté mecánicamente, sin dejar de observar fascinado la espantosa fauna del lugar. A mi lado Arthus permanecía envuelto en total silencio, aunque me pareció que estaba temblando- Sin exámenes no puedo determinar con exactitud que tipo de enfermedad es la que tienen... por las dudas no los toquen.

-Ni soñando toco a esas “cosas” que usted, en forma benévola, llama gatos- Me respondió el físico, mientras pegaba una patada al aire. El súbito movimiento del pie hizo alejar al monstruoso engendro a una distancia segura.

Recompuesta de la infernal visión, la capitana Molina miró una vez más el detector que se encontraba en su muñeca.

-Avanzaremos por allí- Señaló una de las calles que se encontraban a su izquierda, la cual doblaba en un cerrado recodo que impedía ver hacia donde conducía.

A pesar de la firmeza presente en su voz, pude notar que en la misma había un tono de premura y un casi intangible halo de terror. El viento se alzó nuevamente, como si intentara impulsarnos a seguir con nuestro avance, trayendo consigo el apagado murmullo de unas voces lejanas. Unas voces que parecían estar entonando algún cántico olvidado por la humanidad mucho tiempo atrás. Mi mano, inconsciente, se dirigió a la cartuchera en donde guardaba mi arma.

-¿También podés escucharlas?- Preguntó Arthus tras de mí, haciéndome sobresaltar. Su rostro me pareció el de un desconocido, muy alejado del frío ingeniero electrónico que creía haber conocido hasta hacía apenas unos pocos instantes- El viento nos está hablando con murmullos del pasado. Ellos están esperando en algún lugar de esta corrupta ciudad... y dudo que se traten de Tempoterroristas.

-¿Ellos? ¿De qué carajo estás hablando?

-Me estoy refiriendo a Los que Acechan... Los que Acechan- Fue la críptica respuesta. Envalentonado por mi silencio inquisitivo, continuó- Nuestro siglo 21 está caracterizado por la omnipresente tecnología. Con las computadoras, Overnet, la bioingeniería genética, los viajes sublumínicos a los planetas del sistema, los satélites climatológicos, las exploraciones a nuestro pasado y muchas maravillas más, no tenemos tiempo para que la imaginación pueda jugar con la realidad cotidiana.

“Pero, a pesar de todo ese progreso, no hemos avanzado ni un paso en la confrontación de nuestros temores más primitivos. En esos terrenos todavía somos como el hombre de las cavernas que se reunía con sus congéneres alrededor del fuego para tratar de olvidar, aunque fuera por un momento, los terrores nocturnos que lo rodeaban. Así fue como fueron gestados los dioses, los demonios y toda la parafernalia de criaturas imaginarias que pueblan nuestros recuerdos atávicos y nuestras pesadillas.

“Las hogueras fueron cambiadas por las pantallas plásmicas, pero los mismos monstruos aún se agazapan en las sombras que se encuentran más allá de la luz. No me preguntés como es que lo sé... no podría darte la respuesta. Pero te puedo asegurar que Ellos aún nos acechan en los rincones oscuros, esperando un error de nuestra parte para abalanzarse sobre nosotros- Sus ojos se nublaron y su voz adquirió un tono extraño, dándome la loca idea que no fuera precisamente él quien estaba hablando- Podremos escuchar su música imposible, cuando Ellos sean nuevamente los señores de todas las realidades.

-¿Te das cuenta lo que me estás diciendo? No tiene el más mínimo sentido...

-Por eso siempre estoy discutiendo con Sarkis, rebatiendo sus teorías- Continuó, sin prestar atención a mis palabras- Todo lo que él cree probablemente sea la única verdad- Sus ojos se encendieron con una cólera mal disimulada- ¡Deberían destruir todos los libros, incluso las colecciones privadas! ¡Tendrían que pulverizar cada hoja de esos malditos recuerdos de un pasado que debería permanecer muerto y olvidado!

-Creo que sería mejor continuar avanzando. La capitana y Andersen se están alejando mucho... – Atiné a decir en voz baja, ya que no deseaba que los otros pudieran escuchar semejante conversación- la misión...

Arthus me miró y sonrió con una mueca aterradora. Sin decir más, comenzó a andar con inusitada rapidez hacia donde ya se encontraban nuestros compañeros de expedición, dejándome a solas con mis confusos pensamientos. 

Mientras comenzaba a caminar traté, inútilmente, de analizar todo lo que mi amigo había dicho. Lo había notado sumamente nervioso desde nuestro arribo a la biblioteca y temí, por unos instantes, que estuviera perdiendo la cordura, víctima quizá de la abrupta reentrada al tiempo normal.

-“Demencia Temporal Degenerativa - Esas palabras vinieron a mi mente como un afilado estilete- ¡Locura temporal!”

En varias oportunidades había escuchado algunas historias, nunca comprobadas del todo, sobre algunas personas que no habían podido resistir el estrés provocado por los viajes temporales. Un desbalance neuroquímico de las células nerviosas, provocado por las disrupciones ocasionadas en el espacio tiempo al ingresar al continnun, que producía una rápida degeneración de las mismas. Por lo que también sabía, dichos individuos habían terminado sus días en institutos neuropsiquiátricos pertenecientes al Gobierno Central, totalmente aislados del común de la gente. 

Temblé, al pensar que solo una persona que estuviera mal de la cabeza podría hablar de la forma en que lo había hecho Arthus. Nadie en su sano juicio diría esas cosas de forma tal que parecieran reales y coherentes.

Algo rozó mis piernas.

Lancé un grito estrangulado, al comprobar que entre las mismas se estaba restregando, lujuriosamente, un enorme gato leproso. Sus ojos parecían pozos oscuros. Un profundo abismo que amenazaba con devorarme. Su boca, deforme por la enfermedad que lo estaba carcomiendo, se abrió y reveló una interminable fila de dientes amarillentos. Una baba, insanamente verdosa, cayó por sus comisuras hacia mis botas.

A pesar de, en mi carácter de biólogo, estar acostumbrado a ver muchos animales afectados por diferentes males, sentí que una inmensa repugnancia iba ganando todo mi ser. Dándole una furiosa patada a la corrupta bestia, que bufó de forma siniestra, corrí agitadamente al encuentro de mis compañeros.

-“¡Tenés que calmarte!- Dijo una voz asustada en mi interior- No tenés que dejarte llevar por el pánico. Es solo una misión de rutina... solo eso”

Pensé en Sarkis e imaginé al lingüista tratando de desentrañar los misterios que se escondían en la biblioteca. Temí que hallara las respuestas a sus interrogantes y deseé, tal como había dicho Arthus, que todos los libros del mundo hubieran sido destruidos en su totalidad.

También volví a pensar en los motivos de nuestra búsqueda por las oscuras calles de esa ciudad silenciosa y en lo que nos podría estar esperando más adelante, si llegábamos a encontrarnos con la fuente de todos nuestros problemas.

-“¿Volveremos?”- Preguntó mi voz interior.

Tranquilicé mis temores con palabras de aliento y éxito, que estaban muy lejos de lo que realmente sentía.

Pues esa voz interior aun sonaba espantosamente aterrada.

CONTINUA...

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